El machismo como alimento de la derecha

Antonio López

Antonio López

Estamos a días de la conmemoración del 8M, una fecha que cada año cobra mayor relevancia en el debate público. Esta semana escuché varios mensajes de legisladoras en el Estado de México en donde se evidenciaban las deudas que tiene el Estado mexicano con las mujeres; esta semana también se presentaron, discutieron y dictaminaron iniciativas que tienen como objetivo hacer frente a las violencias a las que se enfrentan las mujeres y seguramente se presentarán más conforme avance el mes.

Es decir, las mujeres legisladoras, al igual que otras mujeres, desde sus respectivos espacios de acción, están haciendo lo que les corresponde para cambiar las condiciones estructurales de violencias a las que se enfrentan cada día. Sin embargo, del otro lado crece un fenómeno reaccionario que busca restar importancia a la lucha de las mujeres y, al mismo tiempo, está alimentando a la derecha: la manósfera o machosfera.

La machosfera es, a grandes rasgos, ese grupo de comunidades en redes sociales, blogs, sitios web, entre otros, que tienen como objetivo promover una masculinidad hegemónica, tendiente a la misoginia y que se posiciona en la mayoría de las ocasiones desde la violencia en contra del feminismo, otra de su características importantes es que señalan a los hombres como víctimas del sistema político actual, como bien ha reconocido ONU Mujeres.

En nuestro país, uno de los ejemplos más conocidos es “el Temach”, no sólo por la cantidad de seguidores que tiene, sino porque las protestas para evitar sus “conferencias” han sido noticia nacional, este personaje se ha convertido en una especie de gurú para muchos hombres porque se dedica a promover la familia tradicional, la violencia como única forma de “protección” de la familia y la pareja, entre otras ideas, pero no es el único, el universo de la machosfera es vasto.

Pero ese antifeminismo disfrazado de coaching está teniendo implicaciones más allá de las pantallas donde se expresa y está llegando a las urnas. Un estudio financiado por el Financial Times señala que los jóvenes varones son más de derecha, mientras que las mujeres jóvenes tienden más hacia un pensamiento de izquierda. Según ese estudio, los datos son claros: en Estados Unidos, Reino Unido o Alemania, los varones son entre 20 y 30 puntos porcentuales más conservadores que ellas. Además, hay evidencia, por ejemplo en España, de que los votantes jóvenes que consideran que las mujeres tienen más privilegios que ellos tienen por votar a la derecha de VOX, o en Estados Unidos, en donde los hombres blancos, heterosexuales y jóvenes votaron por Trump a pesar de sus mensajes misóginos.

De esta forma, el antifeminismo se está convirtiendo en una identidad pólítica que alimenta el discurso de la derecha. Lo peligros son muchos, como atentar contra los derechos ganados por las mujeres, ya lo vimos en los Estados Unidos durante el primer periodo de gobierno de Donald Trump, en donde se convirtió en un enemigo de la interrupción legal del embarazo, lo mismo sucede con el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, que ha sido un enemigo del aborto y durante su campaña prometió defender la vida desde la concepción. Ejemplos sobran, pero en todos los casos se está difundiendo un discurso peligroso contra las mujeres, un discurso que fomenta el miedo por la supuesta pérdida de derechos de los hombres y, como bien dice la filósofa Martha Nussbaum: “el miedo está conectado con el deseo monárquico de controlar a otros en vez de confiar en ellos”. Siguiendo con esa idea, tampoco resulta difícil entender por qué esta derecha se está alineando con principios neofascistas.

En el marco de este 8M, bien valdría la pena reflexionar sobre cómo los hombres estamos alimentando ideologías políticas de derecha sólo porque alguien nos dice que ellas se convirtieron en un peligro.


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