No llegamos todas. Y ella tampoco llegó sola: El límite real del poder presidencial en el México del “segundo piso”

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Por Yessica De Lamadrid

El poder no se hereda con el cargo.
Se administra con quienes lo sostienen.

Las consignas políticas envejecen rápido cuando se enfrentan con la aritmética del poder. “Llegamos todas” fue la frase que acompañó la llegada de la primera mujer a la presidencia de México. La consigna buscaba condensar una victoria histórica: la idea de que el acceso de una mujer al cargo más alto del país representaba no solo un cambio de liderazgo, sino un punto de inflexión en la estructura del poder político mexicano.
Pero el poder tiene una característica incómoda: revela su verdadera naturaleza cuando comienza a ejercerse.
Y lo que estamos viendo ahora es menos épico y mucho más revelador.
La reforma política impulsada por la presidenta —presentada como parte del “segundo piso” de la Cuarta Transformación— comenzó a diluirse no frente a la oposición, sino frente a sus propios aliados. El Partido del Trabajo y el Partido Verde ya dejaron claro que existen líneas que no están dispuestos a cruzar: ni los plurinominales, ni el financiamiento a los partidos políticos, ni las piezas del sistema que garantizan su supervivencia dentro del tablero electoral.

No es ideología. Es supervivencia.

Y en política, cuando la supervivencia entra en juego, las lealtades se vuelven negociables.
Morena tampoco ha sido exactamente un ejército disciplinado. De manera silenciosa, los operadores parlamentarios más experimentados del movimiento —Ricardo Monreal desde la Cámara de Diputados y Nacho Mier en el Senado— recordaron algo que la política nunca olvida: ningún presidente gobierna solo. Mucho menos dentro de un movimiento que nunca fue un partido tradicional, sino una coalición compleja de liderazgos territoriales, operadores políticos y acuerdos pragmáticos que aprendieron a convivir bajo una figura dominante. Cuando esa figura cambia, el equilibrio también cambia.
Lo que en apariencia parece un ajuste técnico en una reforma política es, en realidad, un fenómeno mucho más profundo: el sistema político recordándole a la presidencia cuáles son los límites reales del poder. Y esos límites no están en la oposición. Están dentro del propio sistema que sostiene al gobierno.
Mientras tanto, otras piezas del tablero comienzan a moverse con menos visibilidad. La agenda digital impulsada por José Merino —uno de los arquitectos de las reformas que buscaban reorganizar el espacio digital mexicano— queda atrapada en el mismo proceso de reacomodo político. Las prioridades del poder cambian cuando las alianzas comienzan a redefinirse y su margen de influencia depende exclusivamente del respaldo presidencial. En un momento de reacomodo interno del poder, eso lo vuelve políticamente prescindible.

En este momento, el problema del gobierno ya no es convencer a la oposición. Es administrar a sus propios aliados.
Aquí aparece la paradoja más incómoda del momento político mexicano.
México eligió a su primera presidenta bajo una narrativa profundamente feminista. Pero el sistema político que sostiene su gobierno sigue siendo exactamente el mismo que ha operado durante décadas: un entramado de negociaciones internas, operadores territoriales, cuotas partidistas y equilibrios de poder que no responden a consignas simbólicas, sino a cálculos estratégicos.
Por eso el problema nunca fue que una mujer llegara al poder. El problema es cómo funciona el poder cuando llega. Las mujeres celebraron una victoria histórica. El sistema político simplemente incorporó una nueva figura al mismo tablero. Y ese tablero no se reorganiza por género. Se reorganiza por poder.
El “segundo piso de la Cuarta Transformación” fue presentado como una etapa de consolidación histórica. Sin embargo, lo que estamos observando comienza a parecer algo distinto: un proceso de negociación permanente en el que incluso el aliado más pequeño puede alterar la arquitectura del proyecto presidencial. La presidenta propone.

Los aliados corrigen.Y el sistema vuelve a recordar una regla que la política latinoamericana conoce demasiado bien: el poder presidencial nunca es absoluto; siempre es el resultado de un equilibrio entre quienes lo sostienen.
Por eso el 8 de marzo llega este año con una carga simbólica inesperada. Mientras las calles vuelven a llenarse de consignas, de banderas moradas y de discursos sobre igualdad, el sistema político mexicano está enviando un mensaje mucho más antiguo y mucho más realista: las estructuras de poder no cambian porque cambie quien ocupa el cargo.
Cambian cuando cambian las reglas que sostienen al sistema. Y esas reglas, hasta ahora, siguen intactas.
La esperanza de muchas mujeres fue que la llegada de una presidenta transformara las reglas del juego. Pero el juego sigue siendo el mismo.
Las alianzas pesan más que las consignas. Los operadores pesan más que las narrativas. Y los partidos pequeños —esos que en campaña parecían satélites— hoy tienen la capacidad de definir hasta dónde puede llegar el proyecto presidencial.{

No es una traición. Es la política funcionando como siempre ha funcionado.

El 8 de marzo volverá a llenar las plazas de consignas, de banderas moradas y de discursos sobre ruptura histórica. Habrá celebraciones legítimas y expectativas que siguen vivas. Pero la política —esa maquinaria mucho menos simbólica y mucho más cruda— ya empezó a enviar otra señal. Las reformas se negocian, los aliados fijan límites y el sistema vuelve a mostrar su resiliencia. Porque en política las victorias simbólicas son importantes, pero las estructuras de poder no se transforman por símbolos; se transforman cuando cambian las reglas que sostienen al sistema.
En este panorama, esta es la pregunta incómoda que empieza a aparecer en el fondo del tablero político mexicano: ¿qué ocurre cuando el sistema que llevó al poder a una presidenta también empieza a marcarle sus límites?

La historia dirá que México eligió a su primera presidenta.
La política recordará que el poder nunca cambió.

 

 

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