Culiacán, reconstrucción desde la ciudadanía

IRENE-MUNOZ

20 DE NOVIEMBRE DE 2023. CIUDAD DE MEXICO. RETRATOS DE IRENE MUÑOZ PARA SU COLUMNA EN EL UNIVERSAL. FOTO: GERMAN ESPINOSA

Por: Irene Múñoz.

Las ciudades, como las personas, atraviesan momentos en los que deben decidir si se detienen… o se reconstruyen. La Marca de Recuperación Social, Económica y Turística de Culiacán no nació el día de su presentación pública ni con el diseño de su identidad visual. Su origen es previo y responde a un proceso estructurado orientado a comprender qué es hoy la ciudad, cómo la experimentan sus habitantes y qué futuro aspiran a construir colectivamente.

Ese proceso inició formalmente en septiembre de 2024, cuando se planteó la necesidad de desarrollar un instrumento de identidad territorial que no respondiera únicamente a fines promocionales, sino a un propósito analítico más profundo: entender cómo se percibe Culiacán, cómo se vive en su realidad cotidiana y cómo desea proyectarse hacia el futuro.

La decisión metodológica fue clara desde el inicio, antes de nombrar a Culiacán, había que escucharla.

Durante los meses siguientes se desarrolló un trabajo que combinó investigación social, diálogo multisectorial y construcción conceptual progresiva. Entre el 25 de febrero y el 7 de marzo de 2025, se llevó a cabo una investigación escalonada de percepción que inició en la ciudad de Culiacán, se amplió al ámbito estatal, y se extendió después a niveles nacional e internacional mediante encuestas presenciales y consultas telefónicas.

Este proceso permitió identificar atributos asociados al territorio, niveles de identificación simbólica, expectativas de futuro y tensiones entre la forma en que Culiacán se percibe a sí misma y cómo es percibida desde fuera.

El componente central, sin embargo, fue el diálogo directo con la sociedad. Se convocaron mesas ciudadanas abiertas con participación de la ciudadanía, estudiantes universitarios, representantes de cámaras empresariales, asociaciones civiles, sectores productivos y actores culturales. Estos espacios no se diseñaron para validar decisiones previas, sino para generar insumos reales que orientaran el desarrollo conceptual.

De ese proceso surgió un acuerdo fundamental: la identidad de Culiacán no podía definirse desde la repetición del pasado ni desde la negación del presente, sino desde la reinterpretación de su origen para construír su futuro.

Así se consolidó y derivó el eje simbólico de la propuesta, sus tres ríos como punto fundacional de la ciudad. No solo como referencia geográfica, sino como metáfora de nacimiento, movimiento, transformación y proyección. La confluencia que da origen a Culiacán se interpretó como imagen de un territorio que fluye, cambia y se reconstruye sin perder su raíz.

La propuesta visual derivada de estos insumos fue nuevamente evaluada en mesa ciudadana. La lectura fue consistente, se reconoció un alto sentido de pertenencia al reinterpretar el origen de la ciudad, así como la percepción de cambio real y proyección hacia el futuro.

El sistema visual fue valorado por su solidez, flexibilidad y capacidad de evolución. Su lenguaje gráfico fue percibido como contemporáneo, dinámico y capaz de dialogar con nuevas generaciones sin desvincularse de la memoria histórica. Además, se contempló la incorporación del cero en la interpretación de su letra C, como punto de inicio y el comienzo de una nueva etapa. No una ruptura con la historia, sino la apertura de un nuevo ciclo.

En conjunto, la marca fue entendida como la representación del Culiacán que se busca construir, más que del que simplemente se ha heredado. Ese matiz es especialmente relevante en el momento que vive la ciudad.

Culiacán atraviesa un tiempo complejo que no se resolverá únicamente por decisión ciudadana ni por la acción directa de su población. Sin embargo, lo que sí está en manos de la sociedad es evitar la parálisis. Congelarse como comunidad no es una opción. Cuando el entorno se vuelve incierto, los mecanismos internos de cohesión social se vuelven indispensables para evitar que el tejido colectivo se fragmente.

Las ciudades que logran atravesar periodos difíciles no lo hacen porque niegan su realidad, sino porque generan formas de reunificación simbólica y social que les permitan sostenerse mientras las condiciones cambian.

La marca debe entenderse también en esa dimensión, como un instrumento de articulación, como un punto de encuentro, como un lenguaje común que permita mantener viva la idea de futuro cuando el presente es inestable. No resuelve por sí misma los problemas estructurales que enfrenta la ciudad, pero sí puede contribuir a que la sociedad no renuncie a sí misma ni permita que todo se desmorone.

Como en toda iniciativa pública vinculada a la identidad colectiva, han surgido opiniones críticas, es natural; pero la conversación social no puede entenderse únicamente desde la reacción inmediata, sino desde el proceso acumulado que permitió su desarrollo.

La marca visible hoy es el resultado de meses de investigación, diálogo social y validación colectiva. Su presentación, llevada a cabo en un taller para medios de comunicación y no en un evento como tal, no marca el final del camino, sino el inicio de su fase pública.

La identidad de una ciudad no se decreta ni se adopta de forma instantánea. Se construye con el tiempo, en la experiencia y en la medida en que logra convertirse en un lenguaje útil para expresar lo que la sociedad vive y lo que decide proyectar.

El proceso iniciado en septiembre de 2024 partió de una decisión poco frecuente, escuchar antes de definir. La marca es, en esencia, la forma visible de ese proceso, y su significado real dependerá no de su diseño, sino de la capacidad de la ciudad para sostenerse, reunificarse y seguir adelante.


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