Futbol y resiliencia: el respiro emocional de niñas y niños migrantes
Futbol alivia la vida migrante
¿Cómo encuentran refugio los niños en la cancha?
El futbol se convirtió en un espacio de respiro emocional para niñas y niños migrantes que viven en México. Mateo, un niño venezolano de 11 años, encontró en el balón una forma de enfrentar la incertidumbre que acompaña su condición. Mientras corre tras la pelota, dice, logra olvidar por un momento las dificultades, la discriminación y el miedo que marcan su día a día.
Mateo llegó a México hace casi un año junto con su madre, su padrastro y sus hermanos. Desde entonces, forma parte de los más de 9 mil menores en situación de movilidad, según datos del Instituto Nacional de Migración. Aunque su realidad presenta obstáculos constantes, el niño mantiene un sueño claro: convertirse en futbolista profesional. Para él, la posibilidad sigue abierta “mientras tenga un balón y una cancha”.
¿Qué papel juega el centro Pilares en esta historia?
El punto de encuentro se ubica en un centro Pilares de la colonia Vallejo, construido cerca de las vías del tren. Ahí, el ruido del convoy acompaña los gritos, los pases y las caídas propias del juego. En ese espacio, niñas y niños de distintos países conviven con menores mexicanos sin distinción de origen.
Jorge Rivero, entrenador comunitario, notó desde el inicio la diversidad del grupo. Al observar que los asistentes provenían de Venezuela, Colombia, Honduras, Cuba, Perú, entre otros lugares, decidió integrar a todos en la misma dinámica. Así, la cancha se transformó en un lugar donde las etiquetas desaparecen y el juego une.
Rivero explica que su labor va más allá de enseñar técnica. En el proceso, se encontró con historias de carencias, miedo y desarraigo. Algunos niños llegan sin tenis o sin calcetas, pero eso no impide que participen. Para el entrenador, abrir la cancha significa ofrecer un acceso libre, donde todos juegan en igualdad de condiciones.
¿Por qué el deporte impacta en la integración social?
El futbol permite que, durante tres o cuatro horas, los menores se concentren en algo distinto a la supervivencia diaria. En esa rutina sencilla surge un alivio colectivo. Los niños corren, se levantan y comparten sin importar el país de nacimiento. De esta manera, el deporte fortalece el tejido social y construye confianza poco a poco.
Integrar a niños migrantes y mexicanos no resulta sencillo. Rivero reconoce que la confianza es frágil, por lo que insiste en la convivencia diaria, el diálogo y pequeños gestos que generan cercanía. En esos encuentros también se abordan temas como la prevención de adicciones y la importancia de elegir caminos distintos.
Recientemente, Mateo y su entrenador acudieron a un evento donde autoridades capitalinas anunciaron la construcción y rehabilitación de 500 canchas rumbo al Mundial 2026. Para Rivero, estos espacios representan seguridad, dignidad y oportunidades reales. Una cancha adecuada, afirma, permite que los niños jueguen sin miedo, sin persecuciones y con la posibilidad de imaginar un futuro distinto.
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