El Inquilino y el Dueño: Por qué Milei tiene el gobierno, pero Macri se quedó con la llave
Por Lorena Zandomeni
A veces, la política argentina se parece demasiado a una de esas cenas familiares
incómodas donde nadie dice lo que realmente piensa, pero todos saben quién corta
el bacalao. Desde que Javier Milei llegó a la Casa Rosada, nos vendieron la historia
de una “fusión”, de un nuevo orden donde el León se comía a los viejos halcones
del PRO. Parecía que Milei había absorbido a la derecha argentina de un bocado.
Pero si miras con lupa lo que pasó en las elecciones de 2025, te das cuenta de que
la digestión se le cortó a mitad de camino. Lo que estamos viendo es lo que los
politólogos, en su jerga, llaman una “absorción obstruida”. O, para decirlo en criollo:
Milei se llevó a los generales, pero Macri se quedó con los soldados.
1. La ilusión óptica: Generales sin ejército
Piénsalo un segundo. La foto era perfecta. Milei logró seducir a las figuras más
visibles del macrismo. Patricia Bullrich, Santilli, los “halcones” que corrían a los
canales de televisión… todos terminaron con un despacho en el gobierno libertario o
sacándose la selfie de rigor con el Presidente. Viendo eso desde afuera, cualquiera
diría: “Listo, jaque mate. El PRO ya no existe, ahora todo es violeta”.
Pero la política no es un álbum de figuritas; es gente de carne y hueso. Y ahí es
donde la estrategia de Milei encontró su techo de hormigón. Se llevó a los dirigentes
—esos que necesitan el cargo para vivir— pero no pudo llevarse el alma del partido:
sus votantes.
El votante histórico del PRO, ese que marchó en el “Sí, se puede”, no es una oveja
que sigue al pastor ciegamente. Tiene una lealtad de origen, una memoria emotiva
que sigue atada a Mauricio Macri. Cuando Bullrich se pasó a las filas libertarias, esevotante se quedó quieto, mirando de reojo, esperando una señal del “jefe” original.
Milei compró la marca, pero la clientela no venía incluida en el contrato.
2. Crónica de un pánico: Los 49 días que desnudaron al Rey
Para entender la fragilidad real de este gobierno, no mires el Congreso, mira lo que
pasó en la Provincia de Buenos Aires hace poco. Fue un experimento de laboratorio
involuntario y brutal que duró apenas 49 días.
Primero tuvimos el septiembre negro. Fuimos a votar cargos provinciales con la
vieja boleta de papel. ¿El resultado? Un baño de realidad. La gente, confundida o
directamente enojada con la gestión local libertaria, decidió no acompañar. Ganó el
peronismo y en la Casa Rosada se activaron todas las alarmas. Se olió sangre.
Quedó claro que, sin la estructura y la bendición explícita del aparato macrista en el
territorio, la “ola violeta” se convertía en un charquito.
Pero luego vino el milagro de octubre. Apenas siete semanas después, con el
miedo en el cuerpo de que el kirchnerismo recuperara fuerza, se votó para
diputados nacionales. Y ahí cambió todo. La gente volvió. Ganaron.
¿Qué pasó en el medio? ¿Milei se volvió un estadista en un mes? No. Lo que pasó
fue que el miedo disciplinó a la tropa y, lo más importante, “Papá Macri” dio el visto
bueno. Al nacionalizarse la elección, el votante del PRO entendió que Macri
validaba esa alianza para frenar al peronismo. Fue un voto prestado, un voto de
emergencia activado por el pánico, no un voto de amor incondicional a la libertad.
3. El inquilino de la Casa Rosada y el dueño de la llave
Esto nos deja en una situación fascinante y peligrosa. Javier Milei es el Presidente,
tiene la lapicera, grita, viaja y tiene la mística del “héroe” que pelea contra la casta.
Pero gobierna en una casa alquilada.
Mauricio Macri, desde su silencio estratégico —a veces jugando al bridge, a veces
tuiteando lo justo y necesario—, retiene el activo más valioso de la política argentina
actual: la llave de la gobernabilidad de la derecha. Él decide si la puerta se abre
para dejar pasar los votos o si se cierra y deja al gobierno a la intemperie.
Es un matrimonio por conveniencia, de esos que duermen en camas separadas. Se
necesitan: Milei necesita los votos para que no se lo coman los tiburones del
peronismo, y Macri necesita que al gobierno le vaya “más o menos bien” para no
quedar pegado a un fracaso. Pero no te equivoques: no hay fusión. Hay una tregua
armada.
Mientras Milei celebra en el balcón, Macri revisa las escrituras de la propiedad. Y
esa, querido lector, es la verdadera tensión que va a definir si este gobierno llega a
buen puerto en 2027 o si, en algún momento, el dueño decide que es hora de cambiar la cerradura.
