Gobernar sin el templo: la Presidenta frente al mito
Por Gildardo López Hernández
Un año después de su llegada al poder, Claudia Sheinbaum gobierna frente a un espejo: el del movimiento que la hizo posible y el del Estado que ahora debe sostener.
Ya no basta con custodiar el templo del relato; tiene que administrar sus ruinas y construir sobre ellas una nueva legitimidad.
La historia mexicana es generosa con los fundadores y despiadada con los herederos.
Sheinbaum no llegó para inaugurar un proyecto, sino para preservarlo sin petrificarlo. Esa es, en realidad, su paradoja: continuar la épica sin repetir el dogma, mantener la fe sin el templo.
El relato y la fatiga
El discurso de la transformación fue suficiente para ganar, pero no lo será para gobernar.
México ya no busca redentores: exige resultados.
Reducir la corrupción, mejorar la educación, garantizar servicios básicos en las regiones más rezagadas, son hoy los verdaderos credos de la transformación.
Cada presidente desde 1988 ha intentado reescribir la historia desde la palabra: Salinas con la modernización, Fox con el cambio, Peña Nieto con la eficacia, López Obrador con la moral pública.
Todos descubrieron que el verbo, por sí solo, no construye instituciones.
Sheinbaum tiene, aún, la posibilidad de demostrar que el poder femenino también puede ser poder eficaz.
El Estado y la confianza
El capital no cree en ideologías, sino en certezas.
Zedillo lo entendió y reconstruyó la confianza; Peña Nieto la perdió entre escándalos; López Obrador la sustituyó por una moral de austeridad que asustó a la inversión.
Sheinbaum intenta conciliar esos mundos: mantener estabilidad macroeconómica y al mismo tiempo sostener un proyecto social expansivo.
Pero la confianza no se decreta ni se hereda; se construye con Estado de Derecho, reglas claras y respeto a la ley.
Sin ella, la economía se convierte en un acto de fe.
El poder frente a la ley
Zedillo fortaleció al Poder Judicial; López Obrador lo sometió a la sospecha.
Sheinbaum se mueve en ese filo: entre la tentación de controlar y la necesidad de institucionalizar.
La reforma judicial que impulsa será su verdadero examen de poder.
Si la independencia judicial sobrevive, consolidará una presidencia moderna; si la politiza, regresará al viejo ciclo de concentración y desgaste.
El poder que busca reemplazar la ley por voluntad termina devorado por sí mismo.
El que respeta límites, deja historia.
El mito y el liderazgo
Sheinbaum gobierna sin la figura carismática que unificaba al movimiento.
Eso puede ser debilidad o madurez.
El liderazgo técnico y racional que la caracteriza contrasta con la emotividad de su antecesor, pero el país necesita justamente eso: menos templo y más Estado.
La presidenta tiene la oportunidad, y el riesgo, de inaugurar una nueva forma de autoridad en México: la que no se impone por devoción, sino por eficacia.
Gobernar sin el templo implica romper el mito sin traicionarlo.
Significa entender que la historia no se repite, pero rima.
Claudia Sheinbaum gobierna en el punto exacto donde la transformación puede volverse Estado o nostalgia.
Si logra que su gestión supere al relato, no solo será la primera presidenta de México: será la primera en demostrar que el poder puede sostenerse sin fe, pero no sin resultados.
