“Todos, de alguna manera, quedamos bajo los escombros.”

Edgar Mereles Ortíz.
Una de las fascinaciones del terremoto de 1985 es que cada sobreviviente es una historia, una percepción de lo vívido, una sensación distinta y única. Yo corrí, Sergio asistió a nuestra abuela, Mario y Omar quedaron atrapados por el miedo en las escaleras y mi hermana vio el movimiento telúrico en calzada de Tlalpan esquina con Romero a la altura del metro Villa de Cortés.
Millones de historias existen sobre esos escasos dos minutos que nos cambiaron la vida. La ciudad ya no es la misma. La solidaridad de los capitalinos se quedó como huella eterna, insignia única, cicatriz permanente de nuestra forma de reaccionar ante un desastre.
Ese día de 1985, yo tenía 18 años, estudiaba la preparatoria, trabajaba en la vulcanizadora “La Flechita”, vivían mi abuela Aurora, mi madre Nohemí, mis hermanos Sergio, Mario, Omar e Ingrid. Todos en la unidad habitacional Villa Coapa.
Escasos minutos después de las 10 de la mañana, sonó el timbre del teléfono, me levanté de la mesa para contestar, mi madre me decía que algunos edificios se habían caído, uno de ellos, en la calle de Ahorro Postal casi esquina con calzada de Tlalpan, donde vivía mi excompañero de primaria Michel. Él, junto con sus siete hermanos, sus padres y un tío murieron en el pasillo del edificio a unos metros de la puerta de salida. Diez días nos llevamos en levantar escombros, rescatar a dos personas con vida, sacar a decenas de fallecidos, dormir en las banquetas, alimentarnos en el jardín de niños, llorar por los caídos y llorar por los rescatados.
La solidaridad es una fuerza humana poderosa, insólita, imparable. Éramos cientos de voluntarios los que rascábamos los escombros, rompíamos las lozas de concreto, cerrábamos el puño como señal de silencio, silencio total, las máquinas se apagaban, los picos dejaban de romper concreto, las palas dejaban de arrastrar tierra y polvo. Silencio. Todos queríamos escuchar un latido que naciera bajo toneladas de varilla, cemento y ladrillos.
Solidaridad para con los voluntarios, cientos de alimentos diarios llegaban al improvisado comedor, los locatarios del mercado de la colonia Ahorro Postal enviaban menudo, caldos diversos, arroz, guisados. Los vecinos nos proveían de agua, suero, café, atole, pan, pan, pan.
Las dos primeras noches la tensión de los temblores y su dosis de adrenalina nos quitaron el sueño, pero a la tercera noche descubrimos unas cobijas que nos quitaban el frío, dormimos en una aula por espacio de dos horas, no más, no se podía más.
Los militares cuidaban el acceso, los bomberos se hacían pendejos, los socorristas de la Cruz Roja no se daban abasto. Los funcionarios de la delegación Benito Juárez se dejaron asistir y coordinaban las labores de rescate, los tiempos de descanso, alimentación y organización de víveres, medicinas y ropa que llegaba.
El sábado 21 de septiembre llegaron los cascos de fibra de vidrio, guantes de carnaza, cubre bocas con dispositivos aromatizantes, palas, picos, carretillas, alimentos enviados por la FAO, casas de campaña de la extinta Unión Soviética y vacunas contra el tétanos.
Vi la muerte sorprendiendo a familias enteras, padres cubriendo con sus cuerpos a sus hijos. Vi la capacidad de sobrevivencia de una niña de dos años y una anciana de más de setenta que ocho días después del terremoto nos esperaban en silencio. Su rescate fue posible gracias a los caninos suizos que detectaron sus latidos y respiración, un día antes los aparatos de ultrasonido de los bomberos franceses dirían que bajo esa montaña no había más vidas.
Y la esperanza nos mantuvo en pie hasta rescatar al último fallecido, hasta llegar a los sótanos de esa construcción, hasta que los brazos y piernas hinchadas de cansancio y esfuerzo se dieron por vencidos.
Regresé a mi casa la mañana del 30 de septiembre. Dormí hasta el primero de octubre.
Ahora veo una versión en Netflix de confabulaciones, perversidades, complots y demás estupideces. Bebo mi café y llego a la conclusión de que la serie de televisión es una versión que los agoreros de la fatalidad hubieran deseado que sucediera, no lo que en realidad pasó. El gobierno fue rebasado, sí, es cierto pero en momentos como ese, gobierno somos todos y no hubo alguien que se quedara cruzado de brazos.
“Las opiniones expresadas en este artículo son exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura editorial de Cadena Politica. El contenido ha sido publicado con fines informativos y en ejercicio de la libertad de expresión”
