El Amazonas es el bosque húmedo más extenso de la Tierra. Su inigualable diversidad biológica incluye en Colombia 674 especies de aves, 158 de anfibios, 195 de reptiles, 212 de mamíferos, de 753 peces y más de 6300 plantas diferentes de flora. Se calcula que en todo el Amazonas hay más de 390.000 millones de árboles y 10% de la biodiversidad mundial. En esta macroregión, que reúne nueve países diferentes (Brasil, Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela, Guyana, Surinam y la Guyana francesa) viven 35 millones de personas viven en la macroregión, entre ellos más de 2,6 millones de indígenas.

El Amazonas cubre casi un tercio de Colombia, pero la selva enfrenta amenazas muy serias como la deforestación, la minería, la cacería ilegal, la sobrepesca, la urbanización y la expansión de la frontera agrícola.

La deforestación en los últimos 50 años la selva ha perdido 17% de su cubierta forestal por la explotación maderera, el avance de la agricultura, la explotación petrolera y la ganadería. Esto no solo significa una pérdida de riqueza natural, sino que libera toneladas de CO2 y reduce la capacidad del Amazonas para absorber gases de efecto invernadero.

Árbol tras árbol, hectárea tras hectárea, la deforestación de la Amazonia sigue su curso y en el último año computado ha batido sus peores marcas de la última década: 626 millones de árboles perdidos, 11.088 km² deforestados, solo entre agosto de 2019 y julio de 2020. Las cifras de PRODES, el proyecto que monitorea por satélite la deforestación de la Amazonia brasileña, indica un aumento del 9.5% en la deforestación, la tasa más alta desde 2008. Para que te hagas una idea, el área talada o quemada supera en tamaño la superficie de comunidades autónomas como Asturias o Navarra y equivale a 1.58 millones de campos de fútbol. ¡4.340 campos de fútbol por día, o 3 campos por minuto!

Este escenario ya era conocido y, sin embargo, la respuesta del gobierno federal al aumento de la deforestación ha sido militarizar cada vez más la protección ambiental y trabajar para frenar la acción de la sociedad civil, dañando la democracia.

Con la administración de Jair Bolsonaro, las políticas antiambientales han llevado a una tasa casi tres veces superior a la meta de reducción de la deforestación que determina la ley brasileña para 2020, según la Política Nacional de Cambio Climático (PNMC). Esta política, aprobada en 2009, tenía como objetivo reducir la tasa de deforestación anual en la Amazonía en un 80% (en relación al promedio entre 1996 y 2005), es decir, 3.925 km².

Sin embargo, existen cada vez más recortes en protección del medio ambiente. Que, en lugar de concentrar esfuerzos para reducir la destrucción, las agencias ambientales podrían sufrir un nuevo recorte presupuestario, hasta del 35% para 2021, si prospera la propuesta del gobierno de Bolsonaro en el Congreso Nacional. Este es un escenario inaceptable y va en contra de lo que quiere la ciudadanía local y nosotros como ciudadanos del mundo.

Como es bien sabido el amazonas es el más grande pulmón de nuestro planeta y nos afecta directamente a todas las naciones su vulneración, lamentablemente la visión de desarrollo del gobierno de Bolsonaro para la Amazonía nos remonta al pasado, con tasas de deforestación no vistas desde 2008. Es una visión hacia atrás, que no coincide con los esfuerzos necesarios para enfrentar la crisis climática y de biodiversidad.

Finalmente, la destrucción del bosque es una amenaza no solo para el bioma, sino también para la vida y el futuro de la humanidad. La Amazonia es fundamental para regular el sistema climático global y para la distribución del régimen de lluvias en otras regiones, además de un reservorio único de biodiversidad y de culturas indígenas únicas en el planeta. Si no presionamos para frenar la destrucción, esta factura, que ya ha comenzado a llegar, se agudizara cada día más.