Antes, entrar a un banco embozado disparaba las alertas de la institución; ahora, no se permite el acceso si no se lleva cubierto el rostro. Antes, llegar a casa oliendo a alcohol generaba problemas con padres o cónyuges; ahora, es requisito para entrar. Antes, no saludar de mano era considerado una grosería; ahora, hacerlo se considera una agresión. Vueltas que da la vida…

 

La noticia sobre la aprobación de ciertas vacunas contra el Covid y su inminente aplicación llegó como una bocanada de aire fresco a las economías y mercados financieros internacionales. Todo dependerá de la velocidad en la disponibilidad y aplicación de las dosis, así como en la confirmación de su efectividad. Al parecer, para mediados del próximo año ya podremos estar normalizando nuestras vidas.

 

Y “normalizar” es un decir, porque hay cambios que llegaron para quedarse. La propia inercia de la vida impide ver oportunidades de mejora. Es sumamente difícil hacer cambios al status quo en condiciones regulares, tienen que llegar factores externos a golpear las instituciones para sacudirlas y propiciar las modificaciones convenientes.

 

El trabajo en casa, por ejemplo, llegó para quedarse. Las empresas se han dado cuenta que no necesitan rentar onerosas oficinas, asociadas con altos gastos de mantenimiento, para realizar sus labores; que las reuniones virtuales son a veces más efectivas que las presenciales; que se pueden obtener mejores resultados adelgazando estructuras y procesos; y que pueden contratar talento en cualquier parte del mundo sin erogar costos en traslados ni los engorrosos trámites migratorios.

 

Muchos empleados, por su parte, han mejorado su calidad de vida al eliminar el tiempo perdido en traslados, incrementando en consecuencia los momentos de convivencia con sus familias o habilitando espacios para la realización de proyectos personales.

 

Los incipientes proyectos relacionados con programas a distancia realizados por universidades visionarias ahora están teniendo un tremendo auge. Un reto añejo del sector educativo en nuestro país ha sido la creación de espacios suficientes para atender la demanda. Con la consolidación de las plataformas educativas remotas es posible diseñar un esquema híbrido que quite presión a la necesidad de construir infraestructura física.

 

La desaceleración del ritmo con el que veníamos viviendo la vida está haciendo pensar a mucha gente sobre la conveniencia de vivir en ciudades muy pobladas, en estrés permanente, contaminación acentuada, congestión vial constante y riesgos crecientes a la seguridad.

 

Tengo fe en que el próximo año la ciencia le comience a ganar la partida al extraño virus que vino a cobrar tantas vidas y a poner al mundo de cabeza. Sin embargo, habrá muchos cambios que quedarán como permanentes y otros más que se posicionarán en un punto intermedio.

 

En esta, su recta final de amenaza, la pandemia está cerrando fuerte. No echemos a perder lo ganado. Seamos conscientes y cuidémonos más que nunca.