Han pasado muchas cosas en estos dos años de gobierno. Para los detractores de Andrés Manuel López Obrador la gestión ha sido poco menos que desastrosa y decepcionante; para sus simpatizantes todo va viento en popa; para unos cuantos -muy pocos- hay claro oscuros en una administración que, si bien no la ha tenido fácil, principalmente por la pandemia, ha cometido errores y aciertos.

Se podrán tener o no consensos con respecto al rumbo que está tomando el país bajo la dirección de AMLO, lo que es cierto es que el primer mandatario ha logrado mantener casi intacta su popularidad y un amplio sector de la población lo sigue respaldando. Al parecer, gran parte de su base se mantiene fiel al proyecto de la 4T y a su líder moral e intelectual. La pregunta es, ¿por qué?

López Obrador no se ha movido un ápice del discurso y argumentos que lo llevaron al poder. Ha cumplido, al menos en su narrativa, todo cuanto prometió en su campaña: separar el poder político del poder económico, destinar recursos a los menos favorecidos y adultos mayores, y desmantelar la estructura de gobierno que estaba manchada de corrupción de acuerdo con su visión de gobierno, entre algunas otras propuestas. 

Pese a las circunstancias extraordinarias por las que está atravesando el mundo este año, sus políticas públicas y su programa de gobierno, se mantuvieron casi intactos. Como si todavía fuera candidato y pese a las recomendaciones de distanciamiento social, el presidente ha estado de gira y desde la mañanera le ha seguido hablando al sector que le favoreció con el voto en 2018.

Ese sector que, harto de gobiernos anteriores depositó en él sus más profundos deseos de cambio y renovación; López Obrador ha acudido a ese llamado. En ese sentido, la 4T ha iniciado una campaña en contra de funcionarios y políticos que a su juicio actuaron equivocadamente y promete acabar con el pacto de impunidad que tanto dañó nuestra vida política en los últimos 40 años. 

Aún no sabemos si esta cruzada anticorrupción terminará en casos sólidos, bien armados y en sentencias firmes para los culpables o si solo se trata de una suerte de simulación similar a las del pasado. La administración de López Obrador ha sido tajante, por lo menos en el discurso, en aquello que los hace distintos, y si bien la austeridad republicana, la ausencia de excesos y la parcial eliminación de vicios del pasado han sido la norma, aún falta por ver qué ocupará el lugar de aquello que han borrado.

Así, pese a las luces y sombras de estos primeros dos años, el optimismo del primer mandatario y de su base permanece casi intacto. Pese a la pandemia y sus desastrosas consecuencias económicas y sanitarias, el Presidente se ha mantenido firme y pendiente de su índice de popularidad, ya que es perfectamente consciente de que esa es una sus principales armas para llevar a buen puerto su proyecto; el apoyo de la gente, del pueblo, ese ente poderoso que justifica cada una de sus acciones.

El 2021 será la prueba de fuego para AMLO y su partido. Será en los siguientes comicios cuando demuestre a sus adversarios que, pese a todo, su proyecto sigue siendo la mejor opción; será ahí cuando quedé claro si la oposición seguirá relegada a un rol meramente testimonial o si podrá servir de contra peso. El 2021 es el referéndum a la 4T y veremos si ese 64 por ciento de aprobación tiene efecto.

Por lo pronto, no hay a la vista un proyecto, líder o propuesta opositora que le haga frente al gigante llamado López Obrador, y si bien existe un sector de la población que o le repele todo lo que huela a lopezobradorismo o simplemente no comulga con toda su agenda, no parece, por ahora, que agriete el firme suelo de respaldo popular que tiene el presidente. Está por verse si en los próximos meses la optimista popularidad de AMLO sigue gozando de buena salud.