El pasaporte que México aún no tiene

IRENE-MUNOZ

Por: Irene Muñoz.

 La confianza es uno de los activos estratégicos más valiosos de una nación. De ella depende la capacidad para atraer inversiones, impulsar el turismo, fortalecer el comercio, convocar talento y ampliar la influencia de un país en el mundo. También determina algo que pocas veces asociamos con el desarrollo económico, la fortaleza de un pasaporte.

Pocas personas piensan en un pasaporte como algo más que un documento para viajar. Lo guardamos en un cajón y sólo vuelve a nuestras manos cuando se acerca un vuelo internacional. Quizá por eso olvidamos que ese pequeño cuadernillo dice mucho más sobre un país de lo que imaginamos y más que acreditar la identidad de quien lo porta, refleja el grado de confianza que la comunidad internacional deposita en la nación que lo expide.

Cada vez que un Estado elimina el requisito de visa para los ciudadanos de otro, no está facilitando únicamente un trámite migratorio; está reconociendo la fortaleza de sus instituciones, la certeza de su marco jurídico y la credibilidad que ha sabido construir a lo largo del tiempo.

Esa reflexión conduce a una pregunta mucho más profunda, ¿cuál es el activo más valioso de una nación? Durante décadas pensamos que la respuesta estaba en sus recursos naturales, tamaño de su economía o en su capacidad militar. Todos siguen siendo factores esenciales para el desarrollo, pero la experiencia demuestra que ninguno de ellos alcanza su verdadero potencial sin un ingrediente previo, la confianza. Al final, toda decisión económica, desde la instalación de una planta hasta la compra de un boleto de avión, implica evaluar riesgos y la confianza es, precisamente, el activo que los reduce y permite atraer inversiones, fortalecer el turismo, impulsar el comercio y facilitar la construcción de relaciones duraderas entre los países.

La confianza, además, no es un concepto abstracto y puede medirse. El World Justice Project evalúa el Estado de derechoTransparency International analiza la percepción de la corrupción; el Global Peace Index mide los niveles de paz y seguridad; el World Competitiveness Ranking del IMD valora la capacidad de las economías para generar prosperidad, y el Henley Passport Index, elaborado con información oficial de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), refleja el grado de confianza que otras naciones depositan en los ciudadanos de un país al permitirles ingresar sin necesidad de visa. Aunque cada uno utiliza metodologías distintas, todos terminan describiendo una misma realidad, los países con instituciones más sólidas, mayor seguridad jurídica y mejor reputación internacional son también los que generan más confianza y más oportunidades para sus ciudadanos.

México ocupa actualmente el lugar 22 entre los 199 pasaportes evaluados por el Henley Passport Index y ofrece acceso a 157 destinos sin necesidad de tramitar una visa tradicional antes del viaje. Es una posición relevante que lo ubica como el segundo pasaporte más fuerte de América Latina, sólo detrás de Chile. No es un mal resultado pero invita a una reflexión inevitable para un país que figura entre las quince economías más grandes del mundo, es el principal socio comercial de Estados Unidos y permanece entre los diez destinos turísticos más visitados del planeta y deberíamos preguntarnos si Esa posición refleja realmente el potencial de México.

La respuesta no depende únicamente de la política exterior ni de la capacidad para negociar nuevos acuerdos migratorios. La fortaleza de un pasaporte comienza mucho antes de llegar a una embajada ya que se construye con un sistema de justicia que funciona, con seguridad pública, combate efectivo a la corrupción, estabilidad regulatoria, infraestructura moderna, educación de calidad, innovación, conectividad aérea y una diplomacia consistente. Los países que hoy encabezan los índices de movilidad internacional no llegaron ahí por casualidad. Singapur, Corea del Sur y Emiratos Árabes Unidos entendieron hace años que la confianza es un activo estratégico y decidieron convertirla en una política de Estado.

Los beneficios de esa decisión son tangibles. La confianza reduce el costo del financiamiento, facilita el comercio internacional, atrae inversión extranjera, impulsa el turismo, fortalece las exportaciones y favorece la instalación de empresas globales. Basta observar el fenómeno del nearshoring, las empresas que hoy reconfiguran sus cadenas de suministro no buscan únicamente cercanía geográfica con Estados Unidosbuscan países donde existan reglas claras, tribunales confiables, infraestructura eficiente y estabilidad para invertir durante las próximas décadas. En esa competencia, la confianza pesa tanto como la ubicación geográfica.

México cuenta con ventajas que pocos países reúnen simultáneamente, una posición geográfica privilegiada, una amplia red de tratados comerciales, riqueza cultural, liderazgo manufacturero, biodiversidad, talento humano y una de las industrias turísticas más importantes del mundo. Sin embargo, esas fortalezas sólo alcanzarán todo su potencial cuando estén respaldadas por instituciones capaces de generar certeza y una visión de largo plazo que coloque al Estado de derecho en el centro de la estrategia nacional. No existe campaña de promoción turística, estrategia de marca país o incentivo económico capaz de sustituir la confianza que generan instituciones sólidas.

En ese desafío, el turismo desempeña un papel mucho más estratégico de lo que solemos reconocer. No sólo genera divisas y empleo; también construye reputación. Cada visitante que regresa con una experiencia positiva fortalece la imagen de México; cada evento internacional organizado con éxito incrementa nuestra credibilidad; cada nueva ruta aérea amplía nuestra conectividad y cada destino seguro proyecta un mensaje de confianza. La marca país deja de ser un concepto de mercadotecnia para convertirse en un activo económico, diplomático y geopolítico.

Quizá, entonces, la discusión no debería limitarse a cuántos países podemos visitar sin visa. La verdadera pregunta es qué tipo de nación estamos construyendo para que el mundo quiera abrirnos más puertas. México ya cuenta con un pasaporte que permite a sus ciudadanos recorrer buena parte del planeta, pero el pasaporte que realmente definirá nuestro futuro no se imprime ni se renueva cada uno, cinco o diez años, se construye todos los días con instituciones confiables, Estado de derecho, seguridad, innovación y una visión compartida de país. Ese es el pasaporte que México aún no tiene plenamente, y lo deberíamos tener pues es el más valioso.

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