El motor oculto. Cómo los mexicanos sostienen la economía de Estados Unidos

Daniel Lee

Por: Daniel Lee

Hay una realidad que vale mucho la pena destacar: mientras el discurso político insiste en muros, deportaciones y sospechas, lo verdaderamente revelador en la dinámica económica de Estados Unidos es que, se construyó un país compartido que funciona todos los días. No es una metáfora. Es una cifra: 2.27 billones de dólares. Ese es el tamaño de la economía generada por los mexicanos y  mexicoestadounidenses en el vecino país del Norte. Una economía que, si fuera nación, estaría entre las más poderosas del planeta.

El dato, documentado por Raúl Hinojosa Ojeda desde la Universidad de California en Los Ángeles, no sólo dimensiona el peso de esta comunidad: desmonta una de las narrativas más persistentes y políticamente útiles de las últimas décadas —la del migrante como carga. La evidencia apunta exactamente en sentido contrario: los migrantes mexicanos, documentados o no, son una de las palancas más dinámicas de la economía estadounidense.

Pero el hallazgo más incómodo no es el tamaño de esta riqueza, sino su potencial desperdiciado. Durante más de 30 años, desde la firma del TLCAN, ambos países apostaron por la integración comercial sin atreverse a integrar plenamente a las personas. Se liberalizaron bienes, capitales y cadenas de suministro, pero no se crearon mecanismos robustos para la movilidad laboral ni para el desarrollo conjunto del capital humano. El resultado es una integración incompleta, funcional pero profundamente desigual.

Lo cierto es que millones de trabajadores indocumentados, nuetros paisanos, sostienen sectores enteros de la economía estadounidense mientras contribuyen con miles de millones en impuestos a programas de los que no pueden beneficiarse. Regularizarlos no sería una concesión moral, sino una decisión económica racional. Formalizar su estatus elevaría salarios, ampliaría la base fiscal y reduciría los incentivos a la explotación laboral. Es, en términos simples, una política de crecimiento. Por qué no hacerlo? Dificil de entender.

Del lado mexicano, la ceguera no es menor. Las remesas —más de 60 mil millones de dólares anuales— han sido tratadas como un “salvavidas”,pero sólo eso.

Canalizar una fracción de ese flujo hacia inversión productiva, como han hecho países como India o Israel, podría transformar regiones enteras marcadas por la migración forzada. No se trata de frenar la movilidad, sino de convertirla en un círculo virtuoso de desarrollo.

Lo que este momento exige no es más retórica, sino imaginación política. Una nueva arquitectura binacional que reconozca lo evidente: México y Estados Unidos ya comparten una economía profundamente entrelazada por su gente. Ignorar ese hecho no lo desaparece; sólo lo vuelve más costoso.

La pregunta de fondo no es si ambos países pueden beneficiarse de una integración más inteligente. La evidencia dice que sí. La pregunta real es si están dispuestos a abandonar las narrativas del miedo para asumir, de una vez por todas, la lógica de los hechos.

Porque mientras la política discute fronteras, la economía —y millones de vidas— ya las cruzaron.

 

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