No son los adversarios, es la realidad.

Yessica De Lamadrid

La verdad que el régimen ya no puede contener.

 

Por Yessica De Lamadrid

Hay momentos en que la política deja de ser relato y vuelve a ser realidad. No por voluntad, sino por desgaste. Porque la verdad, esa que se intentó domesticar a base de una narrativa repetida mil veces, termina por filtrarse en los bordes más mundanos, desde una imagen fuera de lugar, una escena que no encaja, una grieta mínima que revela el tamaño de la ficción.

No fue el gran escándalo lo que incomodó, no, fue lo cotidiano. Una funcionaria tomando el sol en el lugar más simbólico del poder. No por la acción en sí, sino por lo que representa. La distancia entre la narrativa y la conducta. Una conducta que fluctúa entre el discurso de austeridad moral y la relajación privada del poder. Entre lo que se predica y lo que inevitablemente se exhibe.

Y como si la realidad insistiera en dejar de ser anecdótica para volverse estructural, los propios datos comienzan a contradecir el relato. El reciente informe de la comisión especial de la ONU sobre desapariciones en México no proviene de la oposición ni de una filtración interesada, sino de un ejercicio institucional que recoge cifras acumuladas, incluyendo las de los sexenios de Andrés Manuel López Obrador y de la actual administración. Sin embargo, lejos de abrir una discusión de fondo, la reacción oficial ha sido desestimar el documento, relativizar sus hallazgos, y diluir su impacto. Se ha dicho que los datos son heredados, que la metodología ha cambiado, que visibilizar no es lo mismo que generar. Todo esto puede ser cierto hasta cierto punto, y aun así, no alcanza para resolver la contradicción. Y ahí radica el problema, cuando la realidad documentada se vuelve incómoda, el sistema ya no solo administra percepciones, intenta administrar la evidencia. Pero los números tienen una cualidad que la narrativa no puede controlar del todo, no apelan a la fe, sino a la constatación. Y cuando incluso los datos oficiales empiezan a contradecir el discurso, la grieta deja de ser simbólica y se convierte en insostenible.

Y ahí está el punto de quiebre.

Durante años, el proyecto de la Cuarta Transformación logró algo extraordinario, convertir una narrativa en una forma de vida. No era solo un gobierno; era una causa, una explicación del mundo. Para millones de mexicanos, no se trataba de evaluar resultados, sino de sostener el sentido de la cuarta transformación como la voluntad de “el pueblo”.

Creer no era una opción política, era una necesidad emocional, casi existencial.

Pero toda narrativa tiene un límite, la experiencia. El ciudadano puede defender un proyecto en abstracto, pero convive con su alcalde, con su policía, con su burócrata. Y ahí no hay relato que alcance. Porque el poder, cuando se vuelve cercano, pierde épica y gana evidencia. Es en esa proximidad donde el sistema empieza a resquebrajarse, no por la oposición, sino por la conducta de los propios.

El corrupto distante se combate con discurso. El corrupto cercano se padece a diario, y ese desgaste ya comenzó.

Lo que estamos viendo no es una ruptura abrupta, sino algo más peligroso, una lenta descomposición por contradicción interna. Porque para que ese movimiento llegara al poder, tuvo que aglutinar intereses que no necesariamente eran compatibles. Lo que los unió fue la posibilidad de ganar. Lo que hoy los separa es la necesidad de gobernar, y gobernar, siempre cobra factura.

Hay algo aún más delicado en juego, el relevo. La presidenta no es su antecesor. Y esa obviedad es, en realidad, el centro del problema. Porque el mecanismo sigue siendo el mismo, la narrativa, la estructura, el aparato, la lógica de comunicación, pero el personaje cambió. Y en política, el personaje no es un accesorio, es el sistema operativo completo.

A Andrés Manuel López Obrador se le podía creer, incluso en la contradicción. Tenía algo que pocos líderes poseen, una coherencia emocional con su base. Podía decir una cosa y hacer otra, y aun así sostener su credibilidad. No por los hechos, sino por la fe que generaba.

La presidenta, en cambio, no tiene ese margen. A Claudia Sheinbaum se le exige consistencia, no mística. Se le mide en ejecución, no en intención. Y ahí es donde el mismo libreto comienza a fallar. Porque cuando la narrativa se mantiene intacta frente a los hechos que la contradicen, ya sea en materia de seguridad, desapariciones, una fotografía del AIFA modificada con inteligencia artificial, o un video de una mujer asoleándose en palacio nacional, lo que revela no es liderazgo, sino la dependencia de una narrativa fabricada. Lo que antes era interpretado como convicción, hoy se percibe como un montaje. Lo que antes era liderazgo, hoy parece un guion. Y gobernar desde el guion tiene un problema estructural, te obliga a sostener versiones, incluso cuando la realidad ya no las respalda.

Ahí aparece la mentira. No necesariamente como acto deliberado, sino como consecuencia del sistema que generó la narrativa. Se repite por inercia, como una obligación de mantener intacta la narrativa, aun cuando los hechos la erosionan todos los días.

El entorno protege, filtra, y administra la información. Construye una burbuja donde todo parece funcionar, hasta que deja de hacerlo. Y cuando eso ocurre, la caída no es inmediata, es gradual, silenciosa, acumulativa.

La pregunta de fondo ya no es si el proyecto es correcto o no. La pregunta es otra, más incómoda, ¿De qué movimiento estamos hablando?, ¿Del que prometía transformar el país o del que administra el poder que logró conquistar?, ¿Del que denunciaba la corrupción o del que la normaliza en su escala más cercana?, ¿Del que representaba una ruptura histórica, o del que hoy reproduce las mismas prácticas con otros nombres?

La respuesta no está en los discursos, está en la vida cotidiana. Y ahí, la verdad, esa que ya no necesitábamos, empieza a volverse inevitable.

Hay algo que el poder olvida con demasiada frecuencia, no se puede gobernar indefinidamente contra la realidad. Se puede posponer, maquillar, y reinterpretar. Pero no desaparecer.

Durante años, la narrativa fue suficiente para contener la contradicción. Hoy ya no. Porque la realidad no solo se percibe, se documenta. No solo se intuye, se mide. Y cuando los datos, la experiencia cotidiana y la evidencia comienzan a coincidir, el margen de maniobra se reduce hasta volverse asfixiante.

Ningún régimen se sostiene solo desde el poder, sino desde la necesidad que existe de mantenerlo en quienes creen en él. Cuando la realidad los contradice no solo se tambalea el gobierno, también se tambalea la identidad de quienes lo sostienen en el día a día.  Por eso la realidad incomoda tanto, no solo desmiente a un proyecto de gobierno, también obliga a pensar en lo que se ha creído, y ese es un costo que no todos están dispuestos a asumir.

El problema ya no es de comunicación. Es de contraste entre la narrativa y la realidad.Cuando la narrativa deja de ser discutible y empieza a ser verificable, el relato pierde su última defensa.

Y entonces ocurre lo inevitable, quien fractura al régimen es la realidad frente a su propia narrativa. No porque alguien la confronte, sino porque ya no alcanza para soportarla.

El pasado siempre nos alcanza.


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