Yessica De Lamadrid

De la realidad verificable a la verdad construida, y cómo dejamos de buscar lo cierto para habitar lo conveniente.
Por Yessica De Lamadrid

La verdad no murió, solo dejamos de necesitarla. Y en ese momento, todo cambió.

Durante siglos, la verdad fue un contrapeso, un referente, un límite incómodo frente al poder. Podía ocultarse, manipularse, distorsionarse, pero nunca era irrelevante.

Hoy lo es. Porque el poder entendió algo que nosotros aún no terminamos de asumir; no necesita que creas la verdad, solo necesita que creas en algo.

La libertad solía implicar acceso a la verdad. Hoy implica tener acceso a versiones verificables de los hechos. Estamos inmersos en una confusión entre una cosa con la otra. Creemos que somos libres porque podemos elegir qué consumir, a quién escuchar, qué narrativa adoptar. Pero eso no es libertad, es curaduría.

El ciudadano dejó de ser un buscador de verdad y se convirtió en un consumidor de sentido. Y como todo consumidor, elige lo que le gusta, no lo que es cierto.

El poder no necesita imponerse cuando puede ser elegido. Y para ser elegido, no necesita decir la verdad, necesita construir una narrativa suficientemente coherente, emocional y compartible.

Aquí está la mutación silenciosa del poder, antes controlaba la información, hoy controla la percepción. Y la percepción es infinitamente más poderosa, porque no se discute, se siente.
El poder más eficiente no impone la verdad, administra realidades.

En este nuevo orden, la libertad es una paradoja. Nunca habíamos tenido tantas voces, tantas plataformas, tanta información disponible y a la mano. Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil encerrar a millones de personas en versiones distintas de la misma realidad.

No hay censura, hay saturación. No hay imposición, hay seducción. No hay silencio, hay ruido. Y en medio de tanto ruido, la verdad se pierde. Basta con observar la conversación sobre la persona asoleándose en una ventana en palacio nacional. La disputa no fue por la verdad, sino por quién generaba la narrativa dominante.

El poder ya no necesita callarte. Necesita que hables, dentro de los límites de tu propia burbuja. Porque una sociedad fragmentada en múltiples verdades es una sociedad incapaz de organizarse, de cuestionar, de cambiar.

La polarización no es un accidente, es una arquitectura de poder. Dividir la realidad en versiones incompatibles no debilita al poder, lo fortalece. Porque mientras discutimos qué es verdad, el poder deja de necesitar rendir cuentas a todos, y se dedica a distribuir fragmentos verificables a quienes ya controla.

Y aquí está el giro más incómodo de todos, creemos que somos más libres que nunca. Pero en realidad, estamos manipulados. Nunca habíamos sido tan funcionales al poder. Porque la verdadera libertad no es elegir qué creer, es tener la capacidad de distinguir lo que es cierto, incluso cuando no nos gusta. Y esa capacidad está en crisis.

Hoy, el poder no necesita imponer una mentira. Le basta con permitir múltiples versiones de la realidad hasta que la verdad se diluya entre ellas. Cuando todo puede ser cierto, nada tiene que ser verdad. Y en ese vacío, el poder opera sin límites. No necesita convencer a todos, solo necesita fragmentarnos lo suficiente para que nunca coincidamos en lo esencial.

No vivimos en un mundo donde nos quitaron la libertad, vivimos en un mundo donde nos dejaron elegir dentro de realidades diseñadas. Hoy vivimos en un mundo donde nos enseñaron a ejercer la libertad dentro de los límites que no vemos, y eso es mucho más eficaz para someternos.

En ese sentido, la libertad no desapareció, fue rediseñada para que no tengamos que preguntarnos si somos libres. Ese es el verdadero triunfo del poder, no imponer una verdad, no controlar lo que pensamos, sino construir una realidad en la que nunca nos cuestionemos si es verdad. Y cuando la verdad deja de ser necesaria, la libertad deja de ser posible.