La trampa del crecimiento a la mexicana: Desigualdad, informalidad y violencia como sistema económico

Enrique Jacob Rocha

Enrique Jacob Rocha

México no enfrenta tres crisis separadas —desigualdad, informalidad y violencia— sino un mismo sistema económico que se retroalimenta. Mientras el debate público fragmenta los problemas, la realidad muestra una arquitectura estructural perversa, donde: la exclusión productiva genera informalidad; la informalidad debilita al Estado; la debilidad institucional facilita el control territorial del crimen organizado; la violencia inhibe la inversión y perpetúa la baja productividad. El resultado es un país atrapado en crecimiento mediocre con alta desigualdad y alta letalidad, claramente una trampa de desarrollo.

1. Desigualdad: concentración sin transformación productiva

México es uno de los países más desiguales del mundo. El 1% más rico concentra alrededor del 35% del ingreso nacional y posee cerca del 40% de la riqueza privada. Al mismo tiempo, más de 38 millones de personas presentan carencias sociales o ingresos por debajo de la línea de bienestar. Pero el problema no es sólo distributivo, es estructural.

Entre 1996 y 2025, la riqueza de los más ricos empresarios de México se multiplicó varias veces, mientras que la economía apenas logró duplicarse. La acumulación privada no se tradujo proporcionalmente en inversión productiva. Datos recientes muestran que la riqueza privada supera los 90 billones de pesos, mientras que la inversión privada ronda los 7 billones anuales. Es decir, menos de 8 de cada 100 pesos acumulados regresan como inversión en la economía real.

Desde la teoría del crecimiento, esto es crítico. El desarrollo sostenido requiere inversión en capital físico, humano e infraestructura. Cuando la acumulación no encaja con la inversión productiva, se produce concentración patrimonial sin transformación estructural. Como bien lo recuerda OXFAM, Thomas Piketty lo formuló con claridad: cuando el rendimiento del capital supera el crecimiento de la economía, la desigualdad se amplifica, tal como sucede en México.

2. Informalidad: desigualdad convertida en estructura productiva

En el arranque del año, el 54.9% de la población ocupada trabaja en condiciones de informalidad. Esto no es una anomalía cultural, es una consecuencia de baja productividad estructural, costos regulatorios elevados para pequeñas unidades productivas, acceso limitado a financiamiento y débil protección social.

La informalidad genera un círculo vicioso:

  • Baja productividad.
  • Escasa innovación.
  • Limitado acceso a crédito.
  • Base fiscal reducida.
  • Débil capacidad del Estado para invertir en bienes públicos.

Estudios del Banco Mundial y de la OCDE han mostrado que la informalidad reduce significativamente la productividad agregada y la capacidad de escalamiento empresarial. En México, la productividad laboral lleva más de dos décadas prácticamente estancada.

La desigualdad inicial condiciona trayectorias laborales. Jóvenes con bajo capital humano, sin redes formales y sin acceso a financiamiento, terminan en ocupaciones informales de baja escala. Claramente la economía no integra; fragmenta.

3. El reclutamiento criminal como mecanismo de movilidad perversa

En territorios con débil intervención estatal y en consecuencia pocas o nulas oportunidades, la delincuencia organizada no sólo opera como actor ilegal, funciona como estructura económica alternativa.

El crimen organizado ofrece:

  • Ingresos inmediatos superiores al salario mínimo.
  • Sentido de pertenencia.
  • Protección.
  • Acceso a armas y poder local.

Investigaciones del Banco Interamericano de Desarrollo y estudios académicos sobre violencia en América Latina muestran que la combinación de alta desigualdad, baja movilidad social y debilidad institucional aumenta la probabilidad de expansión criminal. La evidencia comparada indica que los países con mayor desigualdad tienen mayor incidencia de homicidios y más vulnerabilidad a economías ilícitas.

En México, el acceso ilegal a armamento proveniente de Estados Unidos ha amplificado la letalidad. Pero las armas no generan reclutamiento por sí solas. El reclutamiento ocurre donde la economía formal no ofrece trayectorias reales de movilidad. La violencia no es un fenómeno aislado; es una consecuencia de exclusión productiva.

4. Violencia y bajo crecimiento: el costo macroeconómico

La violencia tiene efectos económicos medibles:

  • Reduce inversión extranjera directa.
  • Aumenta costos de seguridad privada.
  • Eleva primas de riesgo crediticio.
  • Provoca migración interna y fuga de talento.
  • Distorsiona decisiones de localización empresarial.

El Instituto para la Economía y la Paz (Institute for economics & peace) estima que el costo económico de la violencia en México equivale a más del 15% del PIB. Esa cifra incluye gastos en seguridad, pérdidas de productividad, daños materiales y costos asociados al sistema de justicia.

Además, la violencia genera incertidumbre institucional, y si sumamos el impacto de la reforma del sistema judicial, tenemos el peor de los mundos, pues la inversión de largo plazo requiere estabilidad jurídica y previsibilidad. En entornos donde grupos criminales controlan territorios, imponen extorsiones o influyen en autoridades locales, el horizonte de inversión se acorta. El resultado es un reducido potencial de crecimiento.

5. La dimensión fiscal: Estado débil

La informalidad limita recaudación. La concentración de riqueza con baja progresividad fiscal restringe espacio presupuestal. El Estado invierte menos en infraestructura, educación técnica y seguridad territorial efectiva.

En los años ochenta, el Estado mexicano invertía una proporción significativamente mayor de su riqueza en infraestructura. Hoy esa proporción es menos de la mitad. La inversión pública se ha estancado como porcentaje del PIB.

Aquí el círculo perverso, sin inversión pública estratégica no hay transformación productiva. Sin transformación productiva no hay formalización masiva. Sin formalización no crece la base fiscal. Sin base fiscal no hay Estado fuerte. Sin Estado fuerte no hay seguridad.

Es un sistema coherente, pero perverso.

6. La trampa del crecimiento bajo con alta violencia

México ha logrado avances importantes en reducción de pobreza en años recientes, impulsados en parte por incrementos al salario mínimo y transferencias sociales. Más de 13 millones de personas salieron de la pobreza multidimensional entre 2018 y 2024.

Sin embargo, reducir pobreza no es lo mismo que transformar estructura productiva.

El crecimiento promedio sigue siendo bajo, la productividad se mantiene estancada la informalidad permanece elevada y la violencia no cede estructuralmente.

El país opera en una trampa donde:

  • La desigualdad limita demanda interna sofisticada.
  • La informalidad reduce productividad agregada.
  • La violencia inhibe inversión.
  • La inversión insuficiente perpetúa desigualdad.

No es un problema moral. Es un problema de eficiencia sistémica.

7. ¿Cómo romper el sistema?

No basta con política policial ni con programas sociales aislados. Se requiere una estrategia integrada de desarrollo:

  1. Inversión pública territorial en infraestructura logística, educativa y digital en zonas de expulsión juvenil.
  2. Formalización inteligente: simplificación regulatoria, crédito productivo masivo y transitar hacia un sistema de protección social universal desacoplado del empleo formal.
  3. Política industrial moderna orientada a integración de pequeñas y medianas empresas en cadenas de valor.
  4. Reforma fiscal progresiva que amplíe espacio para inversión estratégica.
  5. Estrategia binacional sostenida contra tráfico ilegal de armas.
  6. Fortalecimiento institucional con inteligencia contra estructuras criminales.

La seguridad debe entenderse como política económica. La igualdad como política de productividad. La formalización como política de crecimiento.

Conclusión

México no está condenado a la violencia ni al bajo crecimiento, pero mientras la desigualdad estructural siga produciendo informalidad masiva y territorios sin Estado efectivo, el crimen organizado seguirá encontrando cantera humana, y la inversión productiva seguirá operando bajo riesgo elevado.

No enfrentamos tres crisis separadas. Enfrentamos una sola: un modelo económico que concentra riqueza sin transformar estructura productiva, que tolera informalidad masiva y que deja vacíos institucionales donde prospera la violencia. Romper esa trampa no es una agenda ideológica. Es una condición necesaria para que México crezca más, mejor y con estabilidad duradera. ¿Podremos reformar el modelo? Por el bien de México, debemos hacerlo.

 

 

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