Desplazar el debate político: de la economía a la identidad

Antonio López

Por: Antonio López

 

En los últimos años, discursos políticos de izquierda y derecha han reconocido una crisis económica, ya sea en sus países o una crisis global generada por el agotamiento del modelo neoliberal, ejemplos sobran, pero señalemos algunos muy claros: en Estados Unidos, Donald Trump construyó sus dos candidaturas a partir del reconocimiento de que la pérdida de empleos, el bajo crecimiento económico y otros factores eran consecuencia de la corrupción de las élites gobernantes, pero él haría de la economía y de su país, un lugar “grande de nuevo”; en Argentina, Javier Milei también reconoció una crisis económica, no sólo la inflación estaba golpeando a los argentinos, sino también el desempleo y el aumento de deuda contraída con organizaciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Inernacional; en México no fuimos ajenos a ello, Andrés Manuel López Obrador construyó su tercera capaña sobre la corrupción, sin embargo, reconoció que esa corrupción de la que participaban y se beneficiaban las élites gobernantes había tenido consecuencias en materia económica, como el aumento en la pobreza, mayor desigualdad, falta de empleo bien remunerado, entre otras cosas.

Es decir, directa o indirectamente se ha reconocido que estamos frente a una crisis del capitalismo, sin embargo, en los últimos años el debate público no está centrado en la economía, sino en las identidades políticas. Esto de ninguna manera es nuevo, ya el filósofo esloveno Slavoj Zizek lo había advertido, uno de los grades logros del capitalismo en su etapa neoliberal es que había conseguido que la izquierda en general y la socialdemocracia en particular dejaran de debatir el modelo económico y se conformaran sólo con presentarse frente a los electores para discutir derechos humanos, como el matrimonio igualitario, la adopción homoparental, la interrupción legal del embarazo, edad  de jubilación, derecho universal a la salud, etcétera.

Hoy, la derecha ya entendió que la crisis económica a la que se enfrenta es más fuerte de lo que pensaban, Milei no sólo no ha podido detener la inflación sino que están cerrando empresas argentinas porque no puden competir con los precios de los productos chinos que están llegando al país, Trump no ha podido devolver los empleos perdidos y es que esos empleos se fueron a causa de la tecnificación y no como consecuencia de una migración desmedida; en tanto que la izquierda ha logrado tímidos avances, por ejemplo, México y Colombia han logrado aumentar el salario mínimo, mejorando la capacidad adquisitiva de la población, pero no mucho más que ello, nosotros tenemos todavía una alta concentración de la riqueza y un sector informal que no ha podido disminuir.

La respuesta de uno y otro bando ha sido diametralmente opuesta, mientras la izquierda reconoce, como último recurso, que los esfuerzos no han sido suficientes, la derecha ha logrado desplazar el debate hacia una condición identitaria. Es decir, ya no ponen en el centro de debate público las crisis que no han podido paliar, sino que la están llevando hacia las grandes identidades, como son la identidad nacional en el caso de los Estados Unidos o de la derecha frente a un socialismo inexistente.

La narrativa es peligrosa por varias razones, la derecha no concibe al otro como un adversario político, sino como un enemigo al que hay que destruir. De esta forma, cuando la identidad nacional se echa a andar, los que sufren, mayoritariamente, son los migrantes, cuando es la identidad conservadora “patria, familia y libertad”, los que padecen los embates son los jóvenes que no tienen pareja, los homosexuales, los que no profesan la religión mayoritaria en su respectivo país, los que creen en la redistribución de la riqueza, quienes creen que la función del Estado debe ser mantener a raya al mercado, todos aquellos que buscan que los derechos humanos sean respetados.

La forma en la que se ha echado a andar esa narrativa también debe ser analizada, porque los argumentos no les alcanzan, han avanzado con un discurso que desprecia abiertamente la historia, como los ideólogos cercanos a Milei, que han llegado al absurdo de decir que el fascismo es izquierda socialista. La mentira es un arma de propaganda de esta nueva derecha, pero también lo es el desprecio, de ahí que esté creciendo ese “zurdos de mierda”, traída por Salinas Pliego desde Argentina. Es momento de hablar de esa estrategia verdaderamente polarizante y antidemocrática, que ya llevó a atentar contra la democracia en al menos dos ocasiones claras: el asalto al Capitolio en los Estados Unidos y el intento de impedir que Lula Da Silva tomara protesta en Brasil. Estamos a tiempo de detener este crecimiento del neofascismo.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la postura editorial de Cadena Politica. El contenido ha sido publicado con fines informativos y en ejercicio de la libertad de expresión.