Columnista Edgar Mereles

Edgar Mereles Ortíz.

“Fueron amigos hasta

que quisieron lo mismo.”

M. L. G.

La mano del caudillo.

La noche había sido fría, en las horas de la madrugada una leve lluvia cayó por los amplios y magníficos pastos de la Hacienda La Chingada.

Al amanecer una bruma levantaba el sol cuando rompía el frío del césped y su vapor como satín de velo de vestido va incorporándose a la atmósfera. Había frío, humedad y sol.

El caudillo fiel a sus hábitos matutinos se despertó a las siete de la mañana, hizo uso de las instalaciones sanitarias para desahogar la vejiga, beber agua tomar las medicinas para el corazón, asearse para después vestirse con un pantalón de lona color azul y una guayabera de tonos rosados pálidos y discretos.

Estaba por salir de su recamara cuando el interfono sonó, apretó el botón del auricular y escuchó: buenos días señor, sus visitas para desayunar han llegado. Eran las ocho de la mañana en punto; contestó con cortesía: gracias, ya bajo, por favor, que pasen al comedor del corredor exterior.

El comedor estaba dispuesto para ocho personas, una mesa de madera de acabados rústicos, sillas plegables blancas; al centro de la mesa una bandeja de panes chiapanecos, dos jarras de jugos de naranja y mango, una bandeja más con frutas y un platón con semillas diversas y nueces.

Cuando el caudillo salió al corredor los cinco acompañantes de pusieron de pie. El caudillo caminó con paso firme directamente hacia el lugar de su preferencia, saludo a todos con una expresión un tanto desenfadada y con desgane. Un edecán de la defensa nacional de inmediato corrió la silla hacia atrás, la ajustó hacia las piernas y ayudó a que el hombre tomara asiento, de inmediato todos se sentaron en sus lugares.

La mañana es fresca pero en uno minutos la humedad y el calor empezarán a hacerse sentir, pronóstico con voz de sabiduría el caudillo. -Desayunemos y conversemos.- ordenó

Los platos empezaron a fluir en los lugares de cada uno de los comensales, tamales, huevos en salsa de pasilla, carnitas de puerco, tortillas hechas a mano y salsa tatemada de jitomate, cebolla, ajo, orégano, chile morita, clavo, canela, pimienta y sal.

La conversación inició con un informe de las exigencias que el gobierno de los Norteamericanos estaban presentando de manera más enfática y cada vez menos diplomática. Después se hizo una evaluación de la situación política del país, el gobierno, el movimiento y el grupo en el poder. Hubo medias verdades y reclamos velados. No hubo eufemismos por parte del caudillo:

Nosotros somos el grupo político más influyente en el país y Latinoamérica. Nuestra presencia no debe estar subordinada a los caprichos o deseos de los gringos. ¡Ustedes son los más altos funcionarios del gobierno de México, dense su lugar, asuman su posición y tengan carácter!

Los asistentes escuchaban en silencio. Entró un edecán con un teléfono celular en la mano, antes de entregarlo, dijo: Gracias por esperar, lo comunico.

-Es el socio del occidente.- Susurro al oído del caudillo mientras le entregaba el aparato telefónico.

-¡Qué gusto saber de ti!

Su rostro se descompuso, colocó su vista y recorrió a cada uno de los presentes.

No creía lo que escuchaba. No entendía los gritos de su interlocutor.

-¿!Cómo!?

-¡No, no puede ser! No te pongas violento, esto lo resuelvo ahora mismo.

Colgó y se mantuvo de pie.

Los teléfonos de los asistentes sonaron, un grupo de mandos y oficiales del ejército y la secretaría de seguridad entraban a la propiedad hasta llegar al corredor donde se celebraba el desayuno. Todos se pusieron de pie. Un coronel del ejército tomó la palabra y daba el informe de que El Mencho estaba rodeado, que esperaban instrucciones.

El caudillo gritó: ¡no esperen! esto va a provocar un derramamiento de sangre, el movimiento no puede iniciar una guerra.

Una voz dijo: -lo siento, está oportunidad no la podremos tener en otra ocasión- giró su cabeza, miró con fuerza al General Secretario y le dijo: -mi general, dé la orden, muchos efectivos están en riesgo, algunos mandos de supervisión de los Seal Navy están con ellos, si damos marcha atrás todas las agencias de los Estados Unidos sabrán que nosotros lo protegimos. No estamos solos en esto.-

El General Secretario volteó a ver al coronel y le ordenó que procedieran a la detención y que se asegurarán de mantener con vida al objetivo prioritario.

El caudillo, viendo la enfática decisión del Secretario de la Defensa y la actitud de los demás, comprendió que los acontecimientos lo rebasan, que las circunstancias estaban, por mucho, imparables; en una postura gélida, sombría, con la boca seca, la mirada fija en el césped finalmente podado, dictó sus palabras mayores: de preferencia, muerto.

Todos entendieron, asintieron y lo acataron. La vida del criminal más despiadado de la historia moderna de México siempre estuvo en las manos del caudillo.


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