Tití me preguntó…
Cada vez que el nombre de Bad Bunny aparece ligado al escenario del espectáculo más visto del planeta, resurge el coro de guardianes de la moral pública que descubren, súbitamente, que la música popular puede ser incómoda. Como si el halftime show hubiera sido históricamente un seminario de etiqueta victoriana y no un escaparate de cultura masiva, riesgo creativo y provocación calculada.
Se acusa a Benito de letras explícitas, de dobles sentidos y de una estética que no pide permiso. Curioso, porque el mismo escenario ha celebrado a artistas que también hicieron de la irreverencia su marca registrada. Hubo himnos sobre sexualidad, poder, rebeldía y exceso que hoy se recuerdan con nostalgia académica, como si el paso del tiempo lavara cualquier atrevimiento.
Cuando ciertos iconos del pop y del hip-hop cantaron sobre deseo sin metáforas, nadie organizó un tribunal doméstico para juzgar su influencia sobre la crianza ajena. Se entendía, con una dosis mínima de alfabetización cultural, que una canción no es un manual de conducta sino un espejo, a veces exagerado, de la realidad que consume.
El contraste es evidente: al puertorriqueño se le exige pureza lírica mientras se aplaude retrospectivamente a quienes también tensaron los límites del horario familiar (Prince… por ejemplo). La vara moral cambia según el acento, el género musical y, admitámoslo, según los prejuicios de quien escucha. La disrupción solo incomoda cuando viene en un ritmo que no dominamos.
El Super Bowl… ese coliseo contemporáneo donde convergen deporte, publicidad y narrativa cultural… no invita a artistas para impartir catecismo, sino para condensar conversaciones globales en trece minutos de alto voltaje. Que un fenómeno latino ocupe ese espacio no es una amenaza; es un dato sociológico: el mercado habla español, consume urbano y exige representación.
Además, la presencia de un creador que escribe desde la calle y para la calle introduce en la transmisión más cara de la televisión una conversación sobre clase, identidad y aspiración. Eso también educa, aunque no lleve violines ni Rosarios. La cultura popular, bien leída, amplía vocabularios emocionales y obliga a discutir lo que muchos preferirían barrer bajo la alfombra.
Resulta más cómodo culpar a un compositor por las groserías que repite un adolescente que asumir la tarea, bastante menos glamorosa, de formar criterio. Querido lector … lo conmino a reflexionar … si no le cabe… no reparta !! Ninguna playlist sustituye a una conversación en casa sobre respeto, consentimiento, responsabilidad y consecuencias. Pretender que un coro pegajoso sea el villano pedagógico es renunciar, con elegancia, a la autoridad parental.
La inteligencia emocional no se descarga en streaming. Se construye con límites claros, ejemplo cotidiano y capacidad de distinguir entre ficción artística y conducta deseable. Si un joven confunde narrativa con permiso, el problema no es la rima, sino la ausencia de guía. Exigirle pureza a la industria para compensar vacíos domésticos es un mal negocio.
Comparar letras disruptivas de distintas generaciones revela más sobre nuestra tolerancia selectiva que sobre la supuesta peligrosidad de un género. Ayer fue escándalo, hoy es clásico de catálogo. Mañana, probablemente, el mismo estribillo que hoy incomoda será citado en paneles universitarios como síntoma de su época.
En lugar de rasgarnos las vestiduras por un verso, convendría aprovechar el foco global para discutir qué historias queremos amplificar y cómo acompañamos a las nuevas audiencias a interpretarlas. La música no cría hijos; los adultos sí. Y cuando el escenario más visto del mundo abre su micrófono a voces incómodas, la sociedad tiene la oportunidad… si quiere… de escucharse sin filtros.
Que un artista urbano participe en ese escaparate también reconfigura la conversación sobre quién decide qué es “apto” para audiencias masivas. Durante décadas, esa decisión se tomó desde centros culturales específicos que validaban ciertas estéticas y desestimaban otras como ruido pasajero. La inclusión de propuestas que nacen fuera de esos círculos no degrada el evento; lo actualiza, lo vuelve espejo de una audiencia diversa que ya no pide permiso para existir en prime time.
Si algo incomoda, quizá sea la velocidad con la que cambian los referentes culturales. La tarea adulta no es censurar el termómetro, sino aprender a leerlo y enseñar a los jóvenes a procesar el contexto sin perder criterio propio. Así, el espectáculo deja de ser amenaza y se convierte en aula pública donde conversación, responsabilidad y cultura popular coexisten sin pánico.
Just saying…
Por Ana Karina Fernández
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