Luis Vega opinión

Por: Luis Vega

Para el Papa León XIV, Donald Trump, Vladimir Putin y otros políticos, el concepto de “Paz” significa realidades distintas.

El presidente de Estados Unidos dijo que la ONU simplemente no ha sido de mucha ayuda en resolver guerras en el mundo. Para Trump, paz es un estado de estabilidad garantizado por la supremacía de EU.

Para el líder de los católicos, La Paz “no es solo la ausencia de guerra o un simple estado de tranquilidad”; es un “camino de esperanza” que se construye con esfuerzo, diálogo y reconciliación. Es un objetivo profundo y precioso al que aspira toda la humanidad.

En una visión parcial y de corto plazo en México, muchos reducen los problemas de la Paz a la generación de violencia producto del narcotráfico, pero es más profundo que eso. La ausencia de paz en el país es un problema estructural que pasa a todas las formas de gobierno en la historia, desde la Conquista hasta el momento.

De camino al Segundo Diálogo Nacional por la Paz,organizado la Conferencia, del Episcopado Mexicano,jesuitas, religiosos, académicos, empresarial, organizaciones civiles, entre otros, coinciden en que la paz no debe ser una promesa de campaña ni un gesto de buena voluntad del gobierno en turno, sino una responsabilidad histórica que supera calendarios electorales y cambios de administraciones.

Todas las voces que van a participar este fin de semana en el encuentro a celebrarse en Guadalajara, Jalisco, piden que construir LA PAZ en el país se convierta en el gran objetivo de la política del Estado mexicano (no solo el gobierno) para el presente y los próximos años.

Los obispos y religiosos de México advierten que: “la paz no se decreta: se construye juntos”. La paz no puede ser un proyecto sexenal ni un eslogan gubernamental, sino un trabajo profundo y sostenido que involucre a toda la sociedad. La advertencia incomoda porque evidencia que las instituciones públicas han normalizado la violencia como si fuera un destino inevitable.

México vive en un duelo que no termina. Los homicidios de sacerdotes, periodistas, defensores de derechos humanos, madres buscadoras o jóvenes,son solo una parte visible de una tragedia nacional que no se ha procesado ni reconocido. El Diálogo Nacional por la Paz surge como respuesta a esa urgencia: la necesidad de que la sociedad tome la palabra y reconstruya lo que la violencia ha roto.

La Iglesia llama a la no confrontación, sino a la reconstrucción. “Sin verdad y justicia para las víctimas no hay paz para nadie. México no está condenado a la violencia. La paz es posible, es medible y debe comenzar hoy”, afirman.

Apostar por este Diálogo es apostar por un país que cree en sí mismo. Recordemos que la paz no se decreta, se construye desde abajo, paso a paso, con todos; con verdad, justicia y voluntad. Y aunque el Estado no parezca tener prisa, la realidad sí. La paz no puede esperar.

Estaremos en Guadalajara esta semana y la próxima platicaremos de las conclusiones de este Segundo Diálogo Nacional donde participan más de 2,000 personas, representantes de diversas organizaciones religiosas y de la sociedad civil.

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