MÉXICO Y CANADÁ: UN MISMO VECINO, VERDADES INCONTROVERTIBLES, REALIDADES DIFERENTES

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Por: Salomón Rosas Ramírez

Somos, México y Canadá, vecinos de Estados Unidos que es el país más poderoso del mundo (militarmente hablando) y que en términos económicos resulta ser uno de los mercados más atractivos por sus dinámicas de consumo y el nivel de ingresos de su población. Siempre hemos sido vecinos y siempre lo seremos (el factor geográfico es inevitable) y también siempre nos hemos conducido (Canadá y México) por rutas distintas. Lo cierto es que cada uno enfrenta sus realidades conforme a su devenir histórico y atendiendo sus circunstancias. En el pasado reciente, muy reciente, Canadá nos hizo ver que su juego ante las negociaciones del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) era muy pero muy particular y que nada tenía que ver con el desarrollo que conviniera a ellos y a nosotros. Pero también es cierto que las cosas cambian y que nunca hay que cerrar los oídos a las verdades de los demás porque tal vez eso constituya la posibilidad de avanzar para bien de la Nación. Es por ello, por lo que hoy traemos a la mesa el gran discurso, del Primer Ministro de ese país, Mark Carney (MC), mismo que pronunciara justo el martes 20 de enero, fecha en la que Donald Trump cumplía un año de su segundo mandato al frente del gobierno de Estados Unidos. Mark Carney habló fuerte y claro en el marco del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, discurso que retumbó en todos los oídos y que, prácticamente, hizo vibrar al mundo. El político canadiense que ejerce el mando de su país desde el 14 de marzo de 2025 y que a su vez detenta el cargo de líder del Partido Liberal cuya ideología es de centro izquierda, cimbró con sus mensajes la dinámica atropellada del vertiginoso cambio de régimen mundial para hacer que todos hicieran una pausa. No hay que pasar por alto que MC antes de llegar a su actual cargo fue gobernador del Banco de Inglaterra y que por lo tanto es un conocedor y experto en los temas económicos. Aunque de inmediato vinieron las reacciones amenazantes del gigante enardecido (mismas que provocaron muchos silencios obligados por temor), el clamor de los aplausos soterrados se alcanzó a escuchar en todo el orbe, no tanto por estruendoso su sonido sino porque el contenido de sus palabras estuvo lleno de verdades incontrovertibles. Es por ello por lo que nos parece fundamental puntualizar algunos pasajes de su mensaje.

Mark Carney comenzó diciendo “hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción. Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Puntual señaló que “cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias … Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad. No es así.

Gandhi afirmaba que creer en algo y no vivirlo, es deshonesto. Por ello, el arrojo de la convocatoria que hace MC es de valorarse cuando afirma en su discurso que “el poder del sistema no proviene de su veracidad, sino de la voluntad de cada uno de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: en cuanto una sola persona deja de actuar así, en cuanto el frutero retira su letrero, la ilusión comienza a desmoronarse”. Al desnudar la simulación del sistema de normas sobre el cual se rigieron por décadas en la comunidad de las naciones y desnudando lo que todos vimos y vemos de “que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera” sin ambages denuncia que “esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias.

Así que colocamos el letrero en el escaparate. Participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad. Este compromiso ya no funciona” y remata diciendo que “es imposible «vivir en la mentira» de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación”. La propuesta de Mark Carney se centra en su creencia de que “es posible compartir las inversiones relacionadas con la autonomía estratégica y la protección de la soberanía. Es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades benefician a todos …. la cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. Se trata más bien de determinar si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos mostrar más ambición”.

En una parte de su discurso plantea un posicionamiento firme que sostiene: “Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza”. Y enseguida puntualiza y propone que “las potencias medias deben actuar juntas, porque  ….. las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. El tamaño de su mercado, su capacidad militar y su poder les permiten imponer sus condiciones. No es el caso de las potencias medias. Cuando negociamos sólo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Eso no es soberanía. Es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación. En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos”.

Interesantes y sin duda cargados de muchas verdades contundentes; provocador y para reflexionarse los mensajes y los llamados de Mark Carney. Sin embargo, frente a la volatilidad de los acontecimientos mundiales y al protagonismo de nuestro principal socio comercial; de cara a las condiciones particulares de nuestro país (que no son las mismas que las de Canadá) conviene recordar un par de máximas: la primera de Sun Tzu que señala que “la mejor victoria es vencer sin combatir” y la segunda de Napoleón Bonaparte que afirma “nunca interrumpas a un enemigo que está cometiendo un error.

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