Vacaciones: nuestro derecho a la pereza
Por: Antonio López
El filósofo sur coreano, Byung-Chul Han, ha dicho que la nuestra es una sociedad del rendimiento, es decir, vivimos en una época en la que el paradigma de la explotación externa es reemplazado por una auto exigencia que nos convierte en nuestros propios esclavos y amos, de esta forma, nuestra preocupación por la salud se convierte en una competencia por rendir y producir más; nuestras lecturas se cuantifican para el siguiente año mejorar ese número, ya no buscamos conocer más o aprender nuevas cosas, ni siquiera debatir nuestro entorno, todo es parte de una relación con la productividad y el rendimiento; ni qué decir de los espacios laborales con sus tablas de indicadores y competencias, los restaurantes de comida rápida, con sus “empleados del mes” son un excelente ejemplo de esta competencia y la auto exigencia de estar en el “cuadro de honor” no es más que un síntoma de que estamos contagiados por la enfermedad del rendimiento neoliberal.
Esto tiene implicaciones profundamente políticas, porque al creer en la narrativa de la productividad dejamos de responsabilizar al Estado por los fracasos colectivos, la pobreza se convierte en un asunto de voluntad individual y no en una condición estructural, dice Han, la actual sociedad del rendimiento produce individuos depresivos en lugar de sujetos revolucionarios, ya podemos imaginar de dónde viene esa ideología y porqué se promueve tanto; otra consecuencia perversa de esa ideología es el aumento en el consumo de sustancias que nos permitan rendir más o ser más eficientes, hablamos del café de la mañana que ayuda a despertar, pero en ese mismo rubro están los estupefacientes que “nos dan energía”.
No es casual que cada vez haya más casos del síndrome de burnout, es decir, de trabajadores que llevaron al extremo su auto exigencia de rendir más y terminaron agotados física y mentalmente. Por esto, creo que estas vacaciones son un excelente momento para repensar la forma en la que estamos descansando, porque, en general, nuestros descansos no son más que una continuación del trabajo, los tomamos sólo para retomar fuerzas y seguir produciendo, en ese sentido, se convierten en parte activa de nuestra productividad, de esta forma, la sociedad del rendimiento neoliberal ha logrado suprimir las pasiones y placeres de los trabajadores para convertirnos en máquinas de productividad.
Insisto en las consecuencias de una sociedad que vive para producir en términos del capital: hemos dejado de cuestionar nuestro entorno, nuestra política pública y a nuestros gobernantes, y esto es así porque para hacerlo se necesita tiempo, se necesitan fuerzas para salir y tomar las calles y plantear un debate sobre la forma en la que se debe organizar el espacio público, Paul Lafargue era más incisivo al respecto, para él, el amor al trabajo era una “extraña locura” que se estaba apoderando de las clases obreras en los países capitalistas y su consecuencia era una “degeneración intelectual”.
Hoy México vive un momento decisivo para que las y los trabajadores puedan tener más tiempo libre, la lucha por las 40 horas laborales a la semana no es un capricho, es una necesidad que permitirá que las familias tengan más tiempo para sí mismas, que los trabajadores tengan tiempo de ocio y evitará que sigamos teniendo casos de trabajadores agotados física y mentalmente, lo que necesitamos es hacer uso de nuestro bendito derecho a la pereza, como escribió Lafargue: “¡Oh, pereza, madre de las artes y las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!”.
