¿Qué significaba la muerte para los mexicas?
En la cosmovisión mexica, la muerte no representaba un final, sino una transformación espiritual. Según el Mexican Cultural Institute of Washington DC, las personas que fallecían de forma natural emprendían un largo recorrido hacia el Mictlán, el inframundo gobernado por Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl. Este camino estaba compuesto por nueve niveles, cada uno con desafíos que el alma debía superar antes de alcanzar el descanso eterno.
¿Cómo era el camino hacia el Mictlán?
El viaje iniciaba en Itzcuinlan, “el lugar donde habita el perro”. Allí, el alma debía cruzar el río Apanohuacalhuia con la ayuda de un Xoloitzcuintle. Solo aquellos que en vida habían tratado con respeto a los perros podían recibir su guía.
El segundo nivel, Epeme Monanictlan, o “lugar donde se juntan las montañas”, desafiaba a las almas a atravesar un paso entre dos montañas que chocaban continuamente. Cruzarlas requería valor y precisión.
En el Itztepetl, la “montaña de obsidiana”, los difuntos enfrentaban cuchillas afiladas que desgarraban su cuerpo espiritual. Este nivel simbolizaba el desapego total de lo terrenal.
El cuarto nivel, Cehueloyan, era un paraje helado gobernado por Mictlampehécatl, dios del invierno. Las almas soportaban un clima gélido y ventiscas eternas que ponían a prueba su resistencia.
Luego, en el Pancuetlacaloyan, “lugar donde se flota como bandera”, los vientos intensos levantaban y desorientaban a los viajeros. Esta etapa representaba la confusión y la pérdida del control.
En el Timiminaloyan, sexto nivel, las almas cruzaban un campo donde eran atravesadas por flechas de obsidiana, recuerdos de antiguas batallas. Algunas versiones mencionan un río oscuro custodiado por Xochitonal, una iguana gigante que protegía el paso.
El séptimo nivel, Teyollo Cualoyan, mostraba jaguares que devoraban el corazón de los difuntos, símbolo de la entrega del alma y la pérdida del ego humano.
¿Qué esperaba al final del camino?
En el octavo nivel, Apano Hualoyan, las almas volvían a cruzar el río sagrado, liberándose finalmente del cuerpo.
Por último, en el Chicunamictlan, el “lugar de las nueve aguas”, una neblina densa envolvía a los espíritus, llevándolos a la reflexión y la purificación final.
Solo entonces podían presentarse ante Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, quienes los recibían en paz. Así, el recorrido por los nueve niveles del Mictlán simbolizaba el renacer espiritual, una travesía que convertía la muerte en un acto de transformación y retorno a los orígenes.