Las mujeres que no caben en la foto oficial

Por: Kary Fernández
Ser mujer en la política mexicana es como jugar ajedrez con las piezas rotas, en un tablero que nunca fue pensado para nosotras. No basta con saber mover las fichas; hay que reconstruirlas mientras los demás te explican condescendientemente las reglas del juego que inventaron para ganar sin ti.
Y aun así, muchas jugamos. Algunas con tacones, pregúntenle a Yessica de Lamadrid, otras con botas de campaña o con huipil. Porque ser mujer en la política es, ante todo, una declaración de resistencia: la de no aceptar que el poder solo se conjugue en masculino.
La política mexicana, tan dada al performance, presume avances de paridad, cuotas de género y discursos incluyentes. Pero la realidad es menos fotogénica. La mayoría de las mujeres que llegan al poder lo hacen a costa de la paz mental, la vida privada o la credibilidad. A veces, de todo al mismo tiempo. Las llaman “cuotas”, las acusan de “no tener mérito propio”, o les inventan padrinos, amantes y favores. Nadie cuestiona, en cambio, los apellidos, compadrazgos o herencias políticas masculinas que son tradición nacional.
Ser mujer en la política mexicana implica vivir en un reality show donde el público aplaude más tu caída que tu propuesta. Porque la política, para muchas, no es una carrera; es una resistencia continua al acoso, a la descalificación y al doble rasero.
Cuando un hombre se equivoca, “fue un error táctico”.
Cuando una mujer se equivoca, “confirmó que no estaba lista”.
Así de sencillo, así de brutal. Así de gris!
El lenguaje también tiene su propia misoginia institucional. Una mujer “ambiciosa” en política es peligrosa; un hombre ambicioso es visionario. Ella es “mandona”, él es “líder”. Ella “divide”, él “tiene carácter”. Las palabras, igual que los presupuestos, no son neutrales. Y aunque las leyes digan que somos iguales, el subconsciente colectivo todavía no lo cree.
Sin embargo, el cambio no se hace esperando que nos cedan espacio; se hace cuando lo tomamos. No pidiendo permiso, sino abriendo la puerta, aunque chirríe.
Romper las brechas de género en la política mexicana no se trata solo de lograr paridad en las boletas electorales. Eso es apenas la foto oficial. La verdadera transformación ocurre cuando las mujeres dejan de replicar modelos masculinos de poder y comienzan a ejercer uno propio: más horizontal, más empático, más ético.
No queremos ser la versión “femenina” del político tradicional, queremos redefinir lo que significa gobernar.
El poder, cuando pasa por manos femeninas, suele adquirir otra textura. No es coincidencia que las políticas con mejor aceptación social, locales o internacionales… sean las que priorizan la educación, la salud, la seguridad emocional, y la gestión cercana. Las mujeres entienden que un país no se gobierna con discursos, sino con cuidados.
Y eso, muy queridos míos, en una nación como México, donde el machismo es estructura y no actitud, es ultra revolucionario.
Pero el reto no es menor. No. La violencia política de género es una realidad que no siempre aparece en las noticias, pero sí en los expedientes, en los chats, en las campañas sucias, en los “no la inviten”, “no la tomen en serio”, “no la pongan al frente”. La estrategia más vieja para mantener a las mujeres fuera del poder sigue siendo el descrédito.
Por eso, romper las brechas implica también blindarse emocionalmente. Tener un escudo hecho de convicción, mucho humor y memoria.
Convicción, para seguir en la lucha cuando el ruido mediático pretende silenciarte.
Humor, para no volverte piedra ante la estupidez estructural.
Y memoria, para no olvidar que cada avance femenino fue arrancado, no regalado.
México tiene mujeres brillantes, preparadas y valientes en todos los niveles de gobierno. Pero no basta con tenerlas: hay que escucharlas, creerles y apoyarlas. Porque si la mitad del país está representada por mujeres, pero las decisiones siguen obedeciendo la lógica masculina del poder, entonces no hay equidad: hay utilería.
Las mujeres no deben ser relleno de gabinete, deben ser brújula de gobierno.
Romper las brechas también implica aliarnos entre nosotras. Dejar de competir por las migajas del poder y empezar a construir redes de influencia real, de acompañamiento y de formación. La sororidad política no significa pensar igual, sino protegernos diferente: defender el derecho de otra a existir, disentir y decidir sin ser destruida.
Las nuevas generaciones están reescribiendo el guion. Ya no se disculpan por tener voz, ni por usarla. No piden permiso para sentarse en la mesa: llegan con su propia silla. Están politizadas desde la calle, desde el feminismo, desde la gestión comunitaria y desde la rabia legítima de ver cómo el país que aman sigue normalizando su exclusión.
El futuro político de México tiene rostro de mujer, pero no cualquier mujer: una que no está dispuesta a ser adorno, ni mártir, ni símbolo vacío. Una que trabaja, estudia, confronta, negocia, construye y, cuando es necesario, rompe.
Porque no se trata de “incluir mujeres”, se trata de incluir justicia.
Y la justicia se construye con decisiones: las de elegir la transparencia sobre la complicidad, la empatía sobre la simulación, el servicio sobre la fama.
Quizá el mayor acto político de una mujer mexicana hoy sea no rendirse. No retirarse cuando la política se vuelve campo minado. No normalizar la violencia. Y seguir, a pesar de todo, con el mismo fuego con el que las que vinieron antes abrieron camino.
Porque las mujeres en la política no están pidiendo entrar al poder para parecerse a los hombres, sino para salvar la política de ellos.
Just saying…
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