¿Por qué están muriendo el PRI y el PAN?

Jorge Ivan

Por: Jorge Iván Domínguez

Cuenta una antigua parábola sufí —o acaso el fragmento de un sueño olvidado— que hubo una vez un rey que, despojado de su corona por una guerra civil, escapó de su propio reino disfrazado de mendigo. Pasaron los años, y con ellos el polvo del tiempo le devolvió parte de su imperio, mas no su dignidad. Ya no anhelaba gobernar, sino corregir la forma en que la historia lo recordaba. La imagen del fugitivo envuelto en harapos lo perseguía como un espectro. Ordenó entonces que se erigieran millares de espejos en cada rincón del reino, y que su efigie imperial colgara en todas las plazas. Vestía cada aurora con ropajes dorados, deseando que los espejos lo reflejaran y le devolviera el fulgor del monarca invencible.

Pero el reflejo no mentía: le ofrecía siempre la misma silueta vencida de un hombre temeroso, no la figura del soberano, sino la del exiliado interior. Encolerizado, rompió todos los espejos y mandó a prisión a los artesanos que los forjaron. Hasta que un niño —huérfano de aquella guerra que aquel mismo rey desató— se atrevió a decirle con la crudeza de los inocentes: “No estás en los espejos, ni en los retratos… estás en el pasado. Y de ahí no has logrado escapar.”

Traigo a colación este antiguo cuento porque pareciera que ese mismo padecimiento que sufría aquel viejo rey, tiene aprisionados también al PRI y al PAN. Ataviados con las vestiduras de sus glorias antiguas, frente a los espejos rotos de su historia, negando que ya no están. Buscando el reflejo de su viejo poder en alianzas vacías, en discursos raquíticos y en estructuras que ya no existen. Pero el espejo nacional —el del voto, el de los ciudadanos— ya no les devuelve lo que fueron. Les devuelve lo que son: una oposición extraviada.

Los partidos políticos, como las religiones, viven de mitos fundacionales. El PAN alguna vez fue la congregación moral que enfrentó al Leviatán autoritario del PRI. Era el partido de la clase media, de los valores católicos, del orden, la ley y la economía familiar. Tenía una mística: la de los mártires cívicos, los que daban la pelea aunque perdieran siempre.

El PRI, por su parte, era el demiurgo del sistema. Construyó un país a su imagen y semejanza: el estado moderno, las instituciones, los símbolos patrios. Su mito era el del poder absoluto que se autorregulaba, que sobrevivía a cada crisis inventando nuevas versiones de sí mismo. El ogro filantrópico que detalladamente describió Octavio Paz.

Hoy, ambos viven como zombis políticos: cuerpos con forma, pero sin alma. El PAN renunció a su mística cuando vendió su doctrina por cuotas y padrones; el PRI, cuando entregó su relato revolucionario al cinismo de su dirigencia. La gente no abandona a los partidos por los errores que cometen, sino porque dejan de creer en lo que representan. Y hoy, ¿qué representa la oposición?

¿Quién en el país se levanta por la mañana con la esperanza de que “el PRI regrese”? ¿Qué joven universitario cree que el PAN es una alternativa ética frente al oficialismo? ¿Qué trabajador, comerciante o madre de familia escucha sus discursos sin sentir un déjà vu oxidado?

No es que la oposición no tenga líderes. Es que los que tiene son impresentables y por lo tanto sepultureros de sus propios organismos. Alejandro Moreno, alias “Alito”, se aferra a la dirigencia del PRI como quien abraza una bomba sin seguro. No hay discurso, ni plan, ni humildad. Solo un instinto de supervivencia tan burdo que hace que las antiguas escuelas priistas —las de Cárdenas, Reyes Heroles o Colosio — parezcan cuentos de hadas. “Alito” no dirige: administra escombros.

En el PAN, Jorge Romero ha tomado el timón con la parsimonia de un burócrata sin poesía. Su liderazgo limitado a la retórica hueca, no inspira, no moviliza, no sacude. Mientras el país vive en polarización, él vive en conciliábulos internos, preocupado más por los padroneros y por alianzas que parecen fantasmas que se le escapan de las manos,  que por construir un proyecto de nación. El líder nacional sigue pensando que el país es una versión ampliada de la alcaldía Benito Juarez.

La tragedia de la oposición no es haber perdido el poder. Es haber perdido la memoria. No recuerdan qué defendían. No saben a quién le hablan. No entienden el país que ya cambió.

Y sin mito, sin mística, sin mensaje… no hay mañana. Lo que queda es una oposición decorativa, que grita sin que nadie la escuche. Una maquinaria electoral oxidada que no enciende ni con gasolina. Una cúpula que vive de los recursos públicos mientras el pueblo, ese que los llevó al poder hace décadas, ya los dejó atrás.

México necesita contrapesos, sí. Pero necesita más que eso: necesita visiones. Necesita liderazgo. Necesita partidos que miren al futuro con los pies en la tierra, no al pasado con los ojos llenos de nostalgia.

Quizá la verdadera reconstrucción no venga de los actuales dirigentes, sino de la ceniza. Porque para que la oposición pueda ser congruente sus dirigentes tendrían que estar lejos de los escándalos de corrupción, pero ese es precisamente el problema, que los dirigentes están imposibilitados moralmente para encabezar una oposición que por lo menos en la percepción, pueda proyectar congruencia.

O quizás no. Quizás no se dan cuenta del daño que ambos líderes le hacen a sus partidos y al sistema democrático, y sigan como hasta ahora, buscando su reflejo en los espejos rotos del pasado.