La infancia bajo el algoritmo: una cuestión de soberanía nacional
Por: Hannah de Lamadrid
No es la familia. No es la escuela. Son las plataformas digitales. Y aquí es donde el debate deja de ser tecnológico para convertirse en político.
Hay una discusión que México aún no se atreve a tener con la profundidad que merece. Mientras debatimos carreteras, presupuestos, seguridad, energía o comercio exterior, una parte cada vez más importante de la formación de nuestras nuevas generaciones está siendo determinada por actores que no elegimos, no regulamos y, en muchos casos, ni siquiera conocemos. Me refiero a los algoritmos.
Durante décadas entendimos que la educación de niñas y niños era una responsabilidad compartida entre las familias, las escuelas y la comunidad. Sin embargo, en apenas una generación apareció un nuevo educador silencioso. Uno que acompaña a nuestros hijos durante horas todos los días, que decide qué contenido mostrarles, qué emociones reforzar, qué temas volver relevantes y qué modelos de comportamiento convertir en aspiracionales.
No es la familia. No es la escuela. Son las plataformas digitales. Y aquí es donde el debate deja de ser tecnológico para convertirse en político.
Cuando millones de niñas y niños reciben información, construyen su autoestima, desarrollan su identidad y forman sus opiniones a través de sistemas diseñados por corporaciones extranjeras, estamos frente a un asunto de interés público. Porque quien influye en la manera en que una generación piensa, siente y se relaciona con el mundo, también influye en el futuro de una nación.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿quién está educando a las infancias mexicanas?
Hoy gran parte de esa tarea está mediada por algoritmos cuyo funcionamiento es opaco. No responden a los valores constitucionales mexicanos. No responden a nuestra historia, nuestra cultura ni a nuestras prioridades nacionales. Responden a modelos de negocio cuyo objetivo principal es capturar atención, recopilar datos y generar rentabilidad.
Mientras tanto, millones de menores de edad entregan diariamente información sobre sus hábitos, gustos, emociones, horarios, amistades e intereses. Estamos hablando de uno de los activos más valiosos del siglo XXI: los datos.
Por ello, la discusión sobre la infancia digital es también una discusión sobre soberanía. Durante años entendimos la soberanía como la capacidad de controlar el territorio, las fronteras o los recursos naturales. Pero en la era digital existe una nueva frontera: la información. Y hoy una parte significativa de esa frontera se encuentra en las pantallas que acompañan a nuestras hijas e hijos.
México necesita construir una agenda nacional de soberanía digital que coloque a las infancias en el centro. Necesitamos transparencia algorítmica, protección efectiva de datos personales de menores, alfabetización digital desde la educación básica y mecanismos de rendición de cuentas para las grandes plataformas tecnológicas.
No se trata de censurar ni de combatir la innovación. Tampoco de caer en alarmismos. Se trata de reconocer que la formación de una generación no puede quedar exclusivamente en manos de intereses comerciales globales.
Porque cuando un país pierde capacidad de influir en la educación cultural, emocional y cívica de sus niñas y niños, no sólo pierde control sobre sus datos. Pierde capacidad para decidir su propio futuro.
Y pocas discusiones deberían ser más importantes para la política mexicana que esa.
Por Hannah de Lamadrid
Analista política
@hdelamadrid
