El reptil siempre gana… y el “hubiera” no es lo que pudo haber sido.

enrique torres

Enrique Torres Rivera

El Dr. Paul MacLean propuso una teoría conocida como el cerebro triuno, con la intención de explicar qué detona nuestra conducta desde el punto de vista neurológico.

Según esta propuesta, al tomar decisiones intervienen tres grandes sistemas: uno racional, uno emocional y otro instintivo.

Aunque hoy la neurociencia sabe que el cerebro funciona de manera mucho más integrada y esta teoría ya no representa el consenso científico, la metáfora sigue siendo extraordinariamente útil para comprender por qué, en muchas ocasiones, nuestros impulsos más profundos terminan imponiéndose sobre la razón.

Ese “cerebro reptiliano” simboliza nuestros instintos más básicos: la supervivencia, la protección, el miedo, el ataque cuando nos sentimos amenazados y, sobre todo, la preservación de nuestra descendencia.

Por eso solemos decir que la emoción vence a la razón, o que el corazón tiene razones que la razón no comprende.

Es fascinante pensar cómo las motivaciones humanas pueden inducir conductas.

Quien comprende esto sabe que, para comunicar de manera efectiva, debe hablarle a los tres “cerebros”: al racional con argumentos, al emocional con empatía y al instintivo con aquello que toca nuestras motivaciones más profundas.

¿Por qué decimos que “el reptil siempre gana”?

Porque por un hijo somos capaces de hacer lo impensable. Los hijos representan, para la mayoría de los padres, la motivación más poderosa para actuar. Es la metáfora del “cerebro reptiliano” en su máxima expresión.

También en el reino animal abundan ejemplos conmovedores de sacrificio en favor de las crías.

Proteger la vida y asegurar la continuidad de la especie es uno de los impulsos más poderosos de la naturaleza y de la vida misma.

Se ha dicho que un hijo es una pregunta que le hacemos al destino. Y cuando no nos gusta la respuesta, salimos a luchar. Es entonces cuando la moral debería guiarnos, ‘si la hubiera’.

Pero quiero detenerme ahora en otra palabra que pesa profundamente sobre la existencia humana: el “hubiera”.

La vida no se escribe con “si hubiera…”

Es una frase que todos pronunciamos alguna vez: “Si hubiera sabido…”

Pero hay una verdad que solemos olvidar: no lo sabías.

Decidiste con la conciencia que tenías entonces, con tus miedos, tus heridas, tus ilusiones y la experiencia acumulada hasta ese momento.

Es injusto juzgar a quien fuiste con la sabiduría que solo el tiempo pudo darte.

También decimos: “Si hubiera sido en otro momento…”

Pero la vida nunca ocurre en otro momento. Siempre sucede aquí y ahora.

El pasado solo puede visitarse con la memoria; el futuro apenas puede imaginarse. El único lugar donde realmente podemos vivir es el presente.

Muchas veces quisiéramos regresar para cambiar una decisión. Sin embargo, el tiempo no retrocede.

No porque sea cruel, sino porque su propósito no es devolvernos al punto de partida, sino transformarnos a través de lo vivido.

El sufrimiento se vuelve más profundo cuando insistimos en cambiar aquello que ya no puede cambiarse.

La paz comienza cuando dejamos de negociar con el pasado y empezamos a construir desde el presente.

La vida no nos exige haberlo hecho todo bien. Nos pide aprender, aceptar y seguir caminando.

Cada error puede convertirse en un maestro si dejamos de verlo como una condena.

No somos nuestras equivocaciones; somos la forma en que decidimos levantarnos después de ellas.

El pasado merece gratitud por sus enseñanzas, no cadenas para el presente.

Por eso, la pregunta importante no es: ¿qué habría pasado si todo hubiera sido diferente?

La verdadera pregunta es: ¿Quién elijo ser a partir de todo lo que he vivido?

Porque la vida no es lo que pudo haber sido.

La vida es lo que es y, sobre todo, en quién decides convertirte desde este momento.

Disponible en: Substack


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