Columnista Edgar Mereles

Por: Edgar Mereles Ortíz

“Se fue doña Amalia,
y no dejaremos que muera.”

Hermenegildo García

Mi catarsis.

Hace aproximadamente una semana mientras cumplía un hospedaje involuntario en el Instituto Nacional de la Nutrición y Ciencias Médicas “Salvador Zubirán”, me puse a releer dos libros que han influido mucho en mi pensamiento desde mi juventud: El viaje del elefante de José Saramago y Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

La verdad es que he descubierto que entre sondas, enfermeras, médicos especialistas, pacientes y familiares, los espacios de lectura y escritura se convierten en métodos de terapia más importantes y nutritivas, especialmente cuando los camaradas de cuarto son un profesor de la Universidad Pedagógica, un contador público de los hoteles Hyatt y un maestro herrero con veinte años de experiencia en soldaduras para naves marítimas.

El profesor adora a Saramago, me describió un pasaje del libro con sabiduría, picardía y emoción. Puedo confesar que El viaje del Elefante es uno de mis libros favoritos del portugués pero después de escuchar al pedagogo le encuentro más sentido, esencia y sensibilidad al autor portugués. Saramago hace de la gracia, una cualidad para entender el esfuerzo del viaje, ironiza la condescendencia con que el rey portugués mira el regalo que recibió y se lo envía a Maximiliano de Austria. El viaje es un acto de perseverancia que nace de la lealtad del sirviente al monarca y concluye en la amistad que se forja entre el sirviente y el paquidermo. Perseverancia de los hombres de trabajo, lealtad a los obsequios y desdén de los hombres del poder eso es el símbolo de El viaje del Elefante.

En una de esas tardes de descanso cuando sólo quedamos los pacientes y enfermeras se inició una conversación por el libro de libros de Eduardo Galeano. Las venas de América Latina se convierte en un acicate para cualquier lector, es una forma de escribir la historia y contarla con una prosa donde entendemos el dolor, el sufrimiento y la explotación que nuestro continente desde el Río Bravo hasta la Patagonia ha resistido. No se trata de un método permanente de “pobretearnos” ni de asumirnos como los eternamente jodidos; se trata de decir, sin mayor carga que la demostración de los hechos, lo que los explotadores desde siempre han hecho para someter a los eternamente explotados.

La historia de América Latina es de traiciones, impunidad y desprecio, pero también, de resistencia, luchas y persistencia, el señor contador decía con cierta dosis de amargura: somos nuestros propios enemigos, nuestras idiosincrasia nos impiden hacer una bloque de naciones como en Europa. Cierto, son más los intereses individuales que la visión colectiva.

La conversación tomó el rumbo del momento: el populismo latinoamericano que vive de un discurso permanente donde la pobreza es destino y la riqueza es la maldad eterna. Discurso que logra mantener a los jodidos controlados, a los rencorosos amaestrados y a los opositores difamados. El populismo desde la Patagonia hasta el Río Bravo alimenta emociones, exacerba sentimientos y genera contención del pensamiento libérrimo. Disfraza la corrupción en virtud, convierte la mediocridad en cualidad y hace de la impunidad su valor social.

Desde el siglo XVI los populistas han lucrado con la pobreza , nuestro fenómeno político no es de hoy ni nació con Perón o Cárdenas o Getulio o Fidel. El populismo existe desde el momento en  que los indígenas pactaron, para traicionar a otros indígenas, con los españoles, los mestizos hablaron por los indígenas y los criollos representaron a los mestizos. Son siglos de males acumulados, sólo el liberalismo en sus variadas formas de expresión lo pudo contener y confrontar.

En fin entre enfermos crónicos y terminales poco se puede hacer para planear el futuro. En el Instituto se vive en el día a día y, cada amanecer es una victoria para unos y una carga para otros.

El viernes nos despedimos con la promesa de volvernos a ver, me fui sabiendo que al profesor no lo volveré a ver y hoy confirmé mi profecía. Quiero concluir mi lectura ya habrá otro dilecto conversador.

Ciudad de México a 20 de abril del 2026.


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