El 2027 que ya comenzó

Por: Jorge Iván Domínguez
México vive en un tiempo que no le pertenece. Es como si un reloj invisible hubiera corrido hacia adelante sus manecillas. Los políticos, presos de esa mecánica heredada del sexenio anterior, se ven obligados a moverse en una danza anticipada. Apenas se apagaron los ecos de las urnas de 2024, y ya los actores de todos los partidos tejen alianzas, disputan territorios, pintan bardas, recorren municipios, como si la elección de 2027 estuviera a la vuelta de la esquina, y en cierta manera lo está.
Pienso, entonces, en Borges, que decía que el tiempo es un río que nos arrebata pero nosotros somos el río, México es ese río: sus partidos se adelantan porque saben que si se quedan quietos, se ahogan. No saben hacer otra cosa que competir; ¿para qué? No importa, tal vez sólo para lo obvio, para ganar. Pero también hay una paradoja: cuanto más se adelantan, más parecen repetir la misma historia. Porque el tiempo aunque parezca ir hacia adelante, es más como una serpiente que se muerde la cola.
La sucesión de 2024 dejó cicatrices y aprendizajes. Morena entendió que el secreto de su hegemonía es no detener nunca la maquinaria: mover corcholatas antes de tiempo, inventar eufemismos para disfrazar la campaña y luego coronar al ungido como si la democracia hubiera sido una liturgia pactada. La oposición, en cambio, descubrió en carne viva que improvisar liderazgos a última hora es una condena: el impulso ciudadano necesita un rostro que le sea familiar, un símbolo que se cocine a fuego lento y llegue hondo hasta su inconsciente colectivo.
Pero este adelanto no es solo un cálculo político: es también un síntoma cultural. La polarización ha convertido cada elección en un duelo existencial. Para unos, si Morena pierde se extingue la Cuarta Transformación; para otros, si Morena gana se extingue la democracia. No hay matices, y en la lógica binaria la única estrategia posible es correr antes que el otro. Así, la política mexicana se ha transformado en una carrera de resistencia donde nadie sabe cual es la meta, pero todos corren.
El costo de este tiempo adelantado es alto. Los recursos públicos se confunden con el marketing personal, la gestión se sacrifica en aras de la propaganda, la ciudadanía se convierte en espectadora de un teatro infinito. Y mientras los políticos se adelantan, el país real —con sus carencias, su violencia, su economía frágil— parece quedar detenido en un presente incierto.
Quizá la verdadera tragedia sea esta: hemos confundido la política con el electoralismo estéril, lleno de forma y ausente de fondo. El reloj adelantado no sólo marca los tiempos de los partidos, también marca la ansiedad de una clase política que corre sin detenerse a pensar los porqués profundos del ejercicio de gobierno y una sociedad qué tampoco sabe muy bien lo que está eligiendo.
El 2027 ya empezó y tal vez ese sea el nuevo sino de nuestra historia: una política que vive adelantada, como si temiera que detenerse un instante equivaliera a desaparecer. Y como no, si tenemos políticos sin oficio, que viven sólo del espectáculo y de la inercia natural de aspirar por el solo hecho de respirar.
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