Sin decencia

Por: Vidal Garza Cantú

La dignidad es un valor inherente a los seres humanos. Es nuestro derecho a ser respetados y valorados. Pero la dignidad inicia con nuestras acciones y obligaciones, no esperando las de los demás.

Con los ejemplos a diario de violencia, noticias falsas y conflictos políticos, perdemos la oportunidad de reencontrarnos con el principio fundamental de nuestra existencia: ser personas de bien.

Esta falta de decencia ha permitido a la delincuencia organizada apoderarse de cientos de miles de familias con o sin su voluntad.

Por supuesto, también ha tenido que ver la clara descoordinación en materia de seguridad, de inteligencia y de falta de presupuesto de nuestras autoridades en los tres niveles de Gobierno.

En todos los Estados de nuestro País tenemos 220 mil policías, frente a un número similar de delincuentes organizados. En Nuevo León, de acuerdo con el Inegi, solo tenemos 7 mil 669 policías estatales frente a 95 mil que tiene, por ejemplo, la CDMX.

Hemos perdido en muchos aspectos de nuestra vida la decencia. Tanto que se habla sobre la corrupción, pero con tan pocos casos sentenciados en México, provoca que el ciudadano considere que si es corrupto, al no descubrirse, no pasará nada.

Cómo olvidar enero de 1995, cuando un Secretario de Educación renunció a su cargo al ser descubierto que aún no tenía el grado de doctor que ostentaba.

Ahora, al descubrirse algún error, mentira, plagio evidente o flagrante acto de corrupción, el primer argumento que se utiliza es el ataque político. La defensa es una negación de la indecencia y un lanzamiento de culpa al atacante.

Sin embargo, la realidad es una pérdida de dignidad enorme. Mientras tantos candidatos cuestionados por su falta de decencia continúan buscando nuevos puestos públicos.

No hay ninguna duda que tanto en las obras federales como también en Nuevo León y sus municipios, cuando son asignadas de manera directa y la información es resguardada por motivos de seguridad, se está ocultando algo.

Es esta falta de transparencia la que obliga a pensar que nuestros Gobiernos nos están robando, pero sobre todo están atacando y destruyendo nuestra dignidad de ciudadanos.

Ante la denuncia de corrupción para cancelar una obra, no hubo ni un solo caso, ni persona enjuiciada por corrupción, en el aeropuerto que llevaba un 30 por ciento de avance en Texcoco. Ante las denuncias del engaño y corrupción en la Sedesol, o Pemex o Segalmex, pocos fueron llamados ante la justicia.

Si alguien se pregunta por qué las obras de infraestructura terminaron costando tres y hasta cuatro veces más, son calificados de enemigos a una transformación que parece más impulsada por fanáticos sin decencia.

Cuando la dignidad del ciudadano no merece ninguna consideración cuando cuestiona a su autoridad, estamos en la antesala de un régimen autoritario.

La corrupción de Odebrecht en toda América Latina, incluso Estados Unidos, causó el encarcelamiento y la reposición de dinero robado en muchos países, pero no en México.

En Perú, el ex Presidente Alan García, al ser señalado solamente de haber recibido un soborno de Odebrecht, se quitó la vida. No tuvo la vergüenza para enfrentar la justicia por sus actos.

La honradez de pensamiento y de acción es la primera pieza angular de la decencia y no tiene nada que ver con la riqueza material. Hay pobres y ricos sinvergüenzas como también los hay decentes.

En una sociedad, la dignidad se refleja en cómo tratamos a los demás, cómo respetamos sus derechos y libertades, y cómo trabajamos juntos para mejorar la vida de todos.

Se encuentra en nuestras acciones diarias, cuidando a nuestra familia, a vecinos, a la comunidad, protegiendo nuestros recursos naturales. La decencia se demuestra en nuestra empatía hacia los demás y en nuestra voluntad de procurar la justicia y la igualdad.

Por lo tanto, nuestra dignidad está en nuestras manos. Está en cómo elegimos vivir nuestras vidas y cómo elegimos tratar a los demás. Y aunque a veces puede parecer que se ha perdido, la dignidad siempre está presente, solo necesitamos recordarla y honrarla.

Nota original publicada en: elnorte.com