Imperios de la mente—. ¿Hacia una sociedad terminal?

 

 

 

Autor: Dr. José Martín Méndez González

 

 

A principios de la década de los 70’s, un joven doctor es invitado a ver a un paciente que está siendo tratado con electrodos implantados a su cerebro. Los cables de los electrodos que emergen de su cabeza están directamente conectados a una computadora. El tratamiento basado en los electrodos le parece horrendo y, asombrado de que no parezca existir una discusión pública sobre los peligros éticos (por lo menos) de este tipo de tratamientos y su investigación médica, decide escribir una novela.

En 1972 se publica “El hombre terminal”. La trama se centra en un paciente que, a raíz de un accidente automovilístico, ahora sufre de convulsiones violentas, las cuales pueden llevarlo a la pérdida de conocimiento. Durante uno de estos ataques, su comportamiento se torna violento y termina atacando e hiriendo de gravedad a un par de personas. Según los estudios realizados, el paciente es el candidato perfecto a una novedosa intervención quirúrgica—psicocirugía—consistente en la implantación de una especie de “marcapasos neuronal” en la amígdala, región donde se procesan las reacciones emocionales. El algoritmo del “marcapasos neuronal” es capaz de detectar cuando se aproxima una convulsión y enviar pulsos eléctricos para mitigar el ataque, reduciendo la posibilidad de un comportamiento violento.

En la introducción a la novela, el autor Michael Crichton (el mismo que escribió “Parque Jurásico”, entre otras), hace hincapié en que este tipo de cirugías orientadas al “control de la mente” llevan algunas décadas realizándose con mayor o menor éxito y, quizás, en condiciones que hoy no consideraríamos éticas. En la breve semblanza histórica de las psicocirugías que da Crichton, cita una de 1969, donde un chimpancé ha sido enlazado por radio a una computadora que programa y suministra estimulaciones eléctricas al chimpancé.

A medio siglo de distancia, ¿cómo luce este campo hoy en día? ¿Cuánto se ha avanzado en las interfaces cerebro-máquina? Este año la empresa Neuralink, quien tiene como fundador a Elon Musk, reveló un video donde se aprecia a un macaco con un chip implantado que le permite controlar con la mente un video juego de ping-pong. Esto es tan sólo la punta del iceberg del potencial de este tipo de tecnologías.

Una población objetivo que se beneficiaría enormemente de las interfaces o simbiosis cerebro-máquina son aquellas personas incapaces de moverse libremente a causa de alguna lesión cerebral. El equipo de trabajo de Neuralink establece como primer objetivo “devolver a las personas con parálisis su libertad digital”.

Y Neuralink no está sólo cuando se trata de moldear el futuro utilizando el potencial de las neurociencias.

BrainGate está constituido por un grupo multidisciplinario de investigadores que buscan “desarrollar tecnologías de interfaz cerebro-computadora para restaurar la comunicación, la movilidad y la independencia de las personas con enfermedades neurológicas, lesiones o pérdida de extremidades.” La restauración se lleva a cabo a través de microelectrodos implantados en el cerebro que sirven para detectar las señales neuronales involucradas en la movilidad (o en la intención) de una extremidad. Las señales neuronales son “decodificadas” en tiempo real por una computadora para luego enviar las señales apropiadas para operar los dispositivos externos de interés.

Como se lee en su página, la investigación en torno a BrainGate ya permite a personas con lesiones de médula espinal, derrames cerebrales, e inclusive Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), controlar el cursor en una computadora con tan solo pensar en cómo lo moverían con su mano o brazo si no estuvieran paralizados. Esta tecnología permite desde agarrar objetos con un brazo robot a manera de prótesis hasta maniobrar aviones en simuladores de vuelo.

Hasta ahora, los ensayos clínicos de BrainGate han contemplado más de 20 personas, de los cuales uno de ellos destaca. Dennis DeGray, quien perdió la movilidad del cuello para abajo en un accidente doméstico, posee el récord del “mecanógrafo cerebral”—por así decirlo—más rápido del mundo. Utilizando sus señales cerebrales fue capaz de escribir 8 palabras correctas por minuto “moviendo” un cursor sobre un teclado virtual. Eso fue antes de la pandemia. Ahora, ha pulverizado su récord al llevarlo a 18 palabras por minuto. ¿Su secreto? Imaginó que estaba escribiendo a mano cartas con las palabras dadas. Si imaginar, visualizar una actividad específica puede llegar a mejorar el desempeño de implantes cerebrales en interfases cerebro-máquina para realizar tareas específicas, entonces hallar o construir la(s) imagen(es) correcta(s) también debería(n) ser parte del protocolo de investigación. De descubrirse imágenes o visualizaciones más apropiadas para ciertas tareas, ¿serán universales o serán culturalmente dependientes?

Ahora bien, regresando a la trama en la novela de Michael Crichton: ¿es posible controlar las emociones? Quizás sí. Es más, parece que también nos pueden sacar de una depresión. En junio de 2020, a Sarah, una mujer de 36 años que vive en California, se le insertaron implantes en su cerebro que enviaban señales a zonas específicas para trata su profunda depresión (inclinación suicida, incapacidad para decidir algo tan simple como qué desayunar).

El proceso se ha denominado neuroestimulación de lazo cerrado, y los resultados en la paciente de 36 años se reportaron en la revista Nature Medicine en octubre. Como primer paso, los científicos tuvieron que “cartografiar” la actividad cerebral de Sarah durante 10 días. Esto fue fundamental para identificar la región específica de la amígdala donde, aparentemente, surge la depresión de Sarah. A su vez, también hallaron que estimular con pequeñas ráfagas de electricidad la región llamada estriado ventral mejoraba significativamente su estado de ánimo. De esta manera, calibraron el dispositivo de neuroestimulación para que, cuando detecte ciertos niveles de actividad relacionados con la depresión, envíe un pulso de electricidad para contrarrestarla.

Aunque Sarah puede sentir los pulsos eléctricos, sus síntomas de depresión han disminuido apreciablemente. En sus propias palabras: “Sentí una sensación de alegría intensa y la depresión se convirtió en una pesadilla lejana”. Y añade: “También me hizo darme cuenta de que la depresión no es un defecto personal, sino una enfermedad tratable”.

De momento el protocolo al que sometió Sarah es experimental, pero demuestra—aunque sea sólo un caso—que el tratamiento personalizado es sumamente tentador. Casos de éxito como el de Sarah motivarán a otras personas a dar el paso y enrolarse en protocolos como éste para crear una base de datos lo suficientemente grande para mejorar y escalar el protocolo.

Lo que he descrito son casos de éxito enfocados a mejorar una condición de salud. La otra cara de la moneda es: ¿cómo mejorar el desempeño de ciertas actividades en personas comunes y corrientes utilizando técnicas cuando se vuelvan no invasivas? ¿Estaremos en el umbral de un nuevo tipo de explotación de uno de los recursos naturales más complejos, i. e. el cerebro humano? Así como las compañías petroleras fueron (¿o siguen siendo?) el símbolo de poderío económico del siglo pasado, ¿las compañías en neurociencias tomarán la batuta durante este siglo para convertirnos en una sociedad terminal?