Australia es un continente de extremos y ahora algunas de sus ciudades están experimentando esa peculiar característica. Según informan los medios locales, las granjas y pueblos de las regiones del este están enfrentando oleadas de ratones.

La plaga de ratones lleva meses causando estragos en los cultivos, dañando los cables eléctricos e incluso mordiendo a las personas. Los pequeños animales también llegaron a los suministros de agua potable, enfermando a algunas personas y agravando las consecuencias de la sequía.

Aunque todo esto parece sacado de un cuento medieval, las plagas de ratones no son ratas en Australia. Los ratones domésticos (Mus musculus) son una especie introducida, pero muy bien adaptada para soportar los duros años de sequía del continente.

De hecho, los ratoncitos prosperan una vez que las condiciones se vuelven favorables. “Un solo par de ratones puede dar lugar a 500 ratones en una temporada de reproducción”, explica Steve Henry, de la Agencia Científica Nacional de Australia, CSIRO.

Eso fue justamente lo que ocurrió. La región tuvo un verano muy húmedo, el cual provocó un gran crecimiento de cultivos y vegetación, con la consecuente abundancia de alimento para ratones. El subsiguiente suave otoño le dio a los ratones las condiciones para reproducirse en masa.

Desafortunadamente, la defensa más eficaz que tienen los granjeros y los residentes es el veneno. El gobierno del Estado más afectado, Nueva Gales del Sur, ha solicitado la aprobación urgente del organismo regulador para un pesticida de segunda generación llamado bromadiolona.

No obstante, los científicos advierten que el uso generalizado de este químico solo causará más daño. “Los raticidas de segunda generación pueden saturar toda la red alimentaria, afectando todo, desde babosas hasta peces”, escribió el ecólogo Robert Davis de la Universidad Edith Cowan.

Su investigación encontró el mencionado veneno en serpientes tigre, eslizones omnívoros que comen vegetación y caracoles, y en una serpiente que come ratones. Algunos depredadores bioacumulan rodenticidas y por lo tanto logran sobrevivir el tiempo suficiente como para pasar el veneno a otros depredadores.

“Los raticidas de primera generación funcionan más lentamente, pero se descomponen muy rápido, generando un menor impacto en los animales nativos que podrían comer ratones envenenados”, dijo el biólogo conservacionista de la Universidad Curtin, Bill Bateman.

A algunos agricultores también les preocupa que tratar de mantener a raya las tormentas de polvo de Australia contribuya al problema. Esto se hace manteniendo la base de los cultivos anteriores en el suelo para fijar la tierra, lo que proporciona mejores condiciones de reproducción para los ratones.

“Tratar las plagas de ratones domésticos como si el ecosistema estuviera desequilibrado no es realmente una opción viable en Australia”, explicó Maggie Watson, científica ambiental de la Universidad Charles Sturt.

De hecho, mucho antes de la llegada de los ratones, Australia ya tenía plagas de antechinus, un pequeño marsupial muy parecido a los ratones. En general, los ciclos ambientales de “auge y caída” son naturales en Australia debido a los impredecibles patrones de lluvia del continente.

Como solución, los expertos sugieren una combinación de medidas. Primero generar mejores instalaciones de almacenamiento de granos, y luego aprovechar a las aves rapaces que se alimentan de los roedores. Hacer las cosas a la mala, definitivamente no servirá.