Tras de más de un año de preparativos, la pandemia se ha llevado casi todo por delante. Sin embargo, como todos los años se llevó a cabo el tradicional desfile militar en la emblemática plaza Syntagma, en esta ocasión sin los miles de ciudadanos que disfrutan año tras año el desfile militar y el de colegiales.

Durante esta edición el centro de Atenasse encontraba quieta y, tomada por miles de policías y con la única presencia en la parada militar de políticos de todos los partidos y algunas personalidades del extranjero que no podían faltar a tan simbólico evento.

El 25 de marzo constituye la fecha simbólica del comienzo de la liberación, una revolución que todavía duraría siete años y contribuyó de forma decisiva a la creación del Estado griego moderno en 1830. Luego de permanecer cuatro siglos bajo las órdenes del Imperio otomano.

La celebración coincide con un periodo en el cual las relaciones de Grecia con Turquía, siempre delicadas, viven un momento de alta tensión, aunque ambos países retomaron recientemente los contactos en un esfuerzo de solucionar sus diferencias.

A pesar de todas las restricciones, el desfile contó por primera vez con la presencia de representantes de alto nivel de Reino Unido, Francia y Rusia, países que en 1827 impidieron al Imperio otomano aplastar la revolución y contribuyeron de forma decisiva a la creación del Estado heleno en 1830.

Así, el Príncipe de Gales y su esposa, Camila de Cornualles; la ministra de Defensa francesa, Florence Parly; el primer ministro ruso, Mijaíl Mishustin, y el presidente de Chipre, Nikos Anastasiadis, fueron de las pocas personas que vieron pasar ante sí militares de todos los cuerpos, soldados y marineros vestidos de revolucionarios, así como un pelotón de la guardia presidencial, los famosos evzones, con sus características faldas blancas, y todos con la rigurosa mascarilla que reclaman las circunstancias.

El cielo de Atenas fue sobrevolado por aviones y helicópteros de combate acompañados, por primera vez, de cazas Rafale franceses, de F-16 estadounidenses y de aviones de abastecimiento británicos Voyager.

Diversos países rindieron su propio homenaje: en Sidney la ópera se iluminó con la bandera nacional griega, al igual que las cataratas del Niagara, mientras en Bruselas, el Manekken-Pis se vistió de revolucionario.

En el último siglo hubo dos largos periodos de calma (1930-1952 y 2001-2016), pero las relaciones fueron siempre tensas y llevaron a los dos países dos veces al borde de la guerra: en 1974, tras la invasión de Turquía en Chipre, y en 1996.

Como consecuencia de ello, en ambos países predomina una visión negativa del vecino. Mientras que para los griegos “el turco” representa una eterna “amenaza” para la existencia del Estado heleno, para los turcos “el griego” es el niño mimado del Occidente cristiano y ejecutor de sus conspiraciones contra Turquía.

Bajo estas circunstancias las sociedades a ambos lados del Egeo son poco receptivas a solucionar sus múltiples diferencias, y sus líderes ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre el número de problemas a resolver.