La dificultad para adaptarnos a los cambios a los que nos estamos enfrentado derivados de las restricciones de convivencia, ha traído como consecuencia una fatiga pandémica entre los adolescentes y adultos jóvenes.

La fatiga pandémica, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, está asociada a la angustia, preocupación por la enfermedad, cansancio, desmotivación, depresión, estrés y temor.

Entre las formas más peculiares de las personas para enfrentar este miedo están el asegurar que no pasa nada, que se trata de un invento o salir a la calle sin cuidarse bajo la frase “de Algo Me he de morir, pero podría ser resultado de una fatiga.

La OMS advierte que “la fatiga pandémica es una respuesta natural y esperada a una crisis de salud pública prolongada, sobre todo porque la gravedad y la escala de la contingencia sanitaria ha exigido la implementación de medidas invasivas con impactos sin precedentes en la vida diaria de todos”.

Los más vulnerables a presentar esta fatiga son aquellos que están en etapas escolares, las personas en edad productiva o los adultos mayores con una dinámica de socialización muy intensa.

Algunas de las estrategias de cuidado son: mantenerse adecuadamente informado; tener claras las medidas efectivas de cuidado, que son el uso de cubrebocas, lavado frecuente de manos y no salir de casa si no es por algo esencial; mantener las rutinas; no descuidar la higiene personal; si se tenía una actividad física, adaptarla a la circunstancia; si se trabaja desde casa, no extender o modificar los horarios.

Además, conservar el contacto con familiares y amigos mediante todas las herramientas que la tecnología ofrece; dormir y alimentarse bien; evitar hacer predicciones; prescindir del consumo de alcohol y el de cualquier otra sustancia, así como limitar el tiempo frente a las pantallas.