Píntalo de negro

La política, sin duda hace a extraños, compañeros de cama; frase que se atribuye a Churchill aunque sea más resonante en voz de Groucho Marx.

Tricolores, amarillos y azules irán en poco menos de la mitad de los distritos electorales federales, que son 500, además de diez gubernaturas, en alguna forma de asociación electoral, sea candidatura común o coalición conforme la Constitución y la Ley General de Partidos Políticos con la intención de recuperar o ganarle espacios a marrones que hoy son mayoría, acompañados por sus aliados en la última elección los rojiamarillos y a reserva de cualquier cambio en su cromática, morados y los exaliados verdes del PRI.

En naranja se quedan quienes en un arriesgado cálculo de ir solos, confiados en sus propias fuerzas geopolíticamente muy localizadas sobre todo al occidente del país y con la expectativa de atrapar tránsfugas de los partidos que dejen fuera a quienes se sienten con razonables méritos para ser candidatos de sus partidos y quedaron fuera, liderazgos locales y algún simpatizante de izquierda moderada.

Hay desgarros de vestiduras dentro y fuera del hasta hoy incipiente frente antimorena.  Azules se niegan a mezclar su sangre con los tricolores y los pocos amarillos no por eso son menos radicales. Innumerables análisis se harán sobre las posibilidades numéricas de conjuntar estas fuerzas restando el voto del militante, formal o ideológico radicalizado en su pureza partidista, contra la matemática de la popularidad presidencial, rondando el 62% y la suma de colores que en mayor o menor medida le permitan a la 4T conservar la esencial mayoría en la Cámara de Diputados pero también ganar gubernaturas y presidencias municipales.

Antiguos contendientes, muchas veces enemigos irreconciliables, hoy se plantean sumarse a una alianza ideológicamente amorfa en términos de las clasificaciones clásicas, pero con un objetivo muy claro: arrebatar espacios a la cuarta transformación, y ésta con una misión que no se antoja fácil pero tampoco imposible, conservar la mayoría legislativa e incrementar los espacios gobernados.

El fin del político es obtener y conservar el poder, los fines son personales aunque para efectos mediáticos y electorales se abrace con la misma facilidad con la que se deja tal o cual color, tal o cual causa. Por eso mismo los partidos políticos que estructuran institucionalmente aspiraciones colectivas de varios individuos para llegar al poder flexibilizan sus estrictos postulados ideológicos pues ante el electorado se trata de un bien superior, el bien de la patria.

El primer gran conflicto se presentará al interior de los partidos, espacios naturales del ego y la  dedocracia. Cada uno de los aspirantes argumentará más lealtad ideológica, más luchas partidarias, más arrastre, más popularidad y más capacidad para los tiempos que vienen.

Los partidos, ciertamente planteados y ofertados ante el electorado como garantes y custodios de las ideas, de la visión de un país siempre mejor y más justo, siempre bajo su plan de nación, no hacen sino cumplir su misión y destino reales: buscar el poder. Las banderas ideológicas y la narrativa radical sirven para cierta clientela muy específica y segmentada, sin embargo, la fórmula ganadora en los últimos tiempos es el discurso emotivo, superficial, de contraste adjetivado, de soluciones fáciles aun cuando inviables, de enemigos imaginarios y amenazas espectrales. Los partidos desdibujan cada vez más su propuesta ideológica, su oferta programática, su visión de futuro.

Las elecciones significan poder sí, pero sobre todo recursos; ningún candidato o partido, salvo las candidaturas idealistas testimoniales de las cuales cada vez encontramos menos, participan en la expectativa de perder. Todos hacen sus cálculos, sus cuentas más que alegres, felices, desde sus procesos internos hasta la elección constitucional. Todos son el caballo ganador o cuando menos el caballo negro. Invertir en ellos es inversión segura, imposible perder.

Pero como ocurre en donde hay ilusos, siempre habrá desilusionados, que con la misma vehemencia con la que envolvían en la bandera del tinte y tonalidad del momento, cambiarán de pigmentación al no ser los ungidos.

París siempre valdrá una Misa.