A la memoria de mi primo Aarón Hernández, quien falleció recientemente de Covid 19. Que tu espíritu indomable siga cabalgando feliz por las praderas de la libertad, aunque los demás digan misa, querido Aarón. También dedicado a la memoria de los más de 200,000 mexicanos muertos por la pandemia.

Ayer miércoles fui a la tienda que acostumbro a comprar leche, pan y tortillas. Todo bien, hasta que un señor estornuda junto a mí y casi se cae del estornudo. No llevaba cubrebocas, ni se molestó en hacer el estornudo de etiqueta. Al más puro estilo perrada. Perrada amiga, pues.

Le reclamé por estornudar sin cubrirse el hocico y que además que ni el cubrebocas llevaba puesto. Él se sorprendió al principio, pero al final me contestó que respetara su creencia y que si no me gustaba, que me saliera de la tienda. El dueño de la tiendita nada más se nos quedó viendo…

Este breve episodio de la etapa pandémica de mi vida me dejó reflexionando: ¿Vivo rodeado de pura perrada? ¿Qué puedo hacer al respecto? ¿Y si este perro me contagió? ¿Y qué culpa tienen los perros?

En fin, concluí que no, no vivo rodeado de perrada, pero vivo en un país muy sui generis que se llama México. Mi pésima costumbre de diseccionar mis experiencias de la vida bajo el lente de investigador en las Ciencias Sociales me llevó a un súper viaje de marihuanaje cero, mismo que comparto con sus mercedes.

El señor de la tiendita en realidad cree que no usar cubrebocas y estornudar a los cuatro vientos como perrito es una “creencia”. Yo más bien creo que es una ocurrencia. Una ocurrencia que tiene varios orígenes, mismos que graciosamente convergen en tiempos de pandemia por el coronavirus en plena temporada de influenza y enfermedades respiratorias. Los bajos niveles de educación del mexicano promedio sería el primer factor explicativo. ¿Cómo espero que una buena parte de los mexicanos sean conscientes sobre la importancia de usar el cubrebocas, mantener la sana distancia y aplicar las más elementales normas de higiene en tiempos de Covid 19, si el 80% de los mexicanos que saben leer y que acabaron la secundaria en un plantel federal, no entienden lo que leen?

Las redes sociales sería el segundo factor. La abrumadora mayoría de los mexicanos obtienen sus noticias de las redes sociales. Éstas están plagadas de comentarios ignorantes, idiotizantes y fake news. Para una buena parte de los mexicanos, el uso del cubrebocas tiene que ver más con creencias de la gente que con acciones racionales emanadas de fuentes serias de información. Y si no me creen, esperen un poco y vean cómo se pone esto cuando empiecen los esquemas de vacunación masiva del Covid 19.

El tercer factor es la naturaleza de los gobiernos que encabezan la sociedad mexicana: el federal, el estatal y el municipal. Tanto el estatal como el municipal, en la mayor parte de México, están influenciados, para bien o para mal, por el crimen organizado y difícilmente pueden hacer algo diferente a pedir y pedir dinero, de preferencia de origen federal. El gobierno federal es otro cantar. El presidente lleva más de ocho meses insistiendo en que el cubrebocas es marginal en la prevención de la transmisión del Covid 19 y dice que usará uno hasta que la corrupción se acabe en Dinamarca, que diga, en México. López-Gatell afirma que las recientes advertencias de nuestro amigo Tedros Adhanon, el mero mero de la Organización Mundial de la Salud, en el sentido de que México necesita tomarse muy en serio la pandemia por el coronavirus, pues no fueron hechos al gobierno mexicano, sino a la sociedad mexicana. Esto es ridículo, ya que las advertencias del jefe de la OMS son hechas a los gobiernos de los países y rara vez a sus sociedades.

El gobierno mexicano también se pasó por el Arco del Triunfo la recomendación de Tedros de predicar con el ejemplo. Mientras el gobierno federal no se tome en serio a la pandemia por el coronavirus y haga oficial la política del uso de cubrebocas, señores y señoras como los de la tiendita o de los que viajan a moco suelto en el transporte público, seguirán creyendo que el uso del cubrebocas es una creencia. Si de por sí, su nivel de educación ya es un peligro latente…

Y no, señor presidente, el uso de cubrebocas no es un ejercicio libre y opcional de un pueblo sabio, ni la prohibición expresa de reuniones grandes de gente a nivel nacional es una acción autoritaria. El gobierno, en cualquier escenario de pandemia, tiene la obligación de brindar a la sociedad los lineamientos de acción para salir todos juntos adelante, para eso se le paga al gobierno en su condición de servidor público. Haga de cuenta que vivimos en un Estado-nación.

Vea usted por favor con quién nos juntamos cuando se analizan las estadísticas de los países que peor les ha ido en tiempos de Covid 19, en términos de muertos: Estados Unidos, Brasil, India, Gran Bretaña e Italia. De ninguna manera nos codeamos con los menos afectados, también en términos de muertos: Nueva Zelanda, Singapur, Eslovaquia, Hong Kong, Noruega, Grecia y Finlandia. La principal diferencia entre estos dos grupos, es que en el primer grupo las sociedades están divididas, las elites que gobiernan están divididas y la comunicación existente entre el gobierno y la sociedad sobre qué hacer ante la pandemia tiende a ser confusa. En el segundo grupo, la comunicación no es confusa y hay poca división en la sociedad y la elite gobernante en relación a lo que hay que hacer. En otras palabras, en el segundo grupo la sociedad y el gobierno actúan en conjunto para lidiar con la pandemia, mientras que en el primer grupo, esto no sucede. La responsabilidad del gobierno en ambos grupos es innegable e indispensable para que las cosas salgan bien. O mal.

Y luego viene el factor económico en esta breve tragicomedia de la vida real. El dueño de la tienda, Don Dueño, y le pongo así porque no sé su nombre, no obstante he visitado la tienda 3/7 por más de dos años, pues usa el cubrebocas el 70% de las veces y suele quejarse de aquellos clientes que no usan el cubrebocas. En realidad Don Dueño no exige el uso del cubrebocas por temor a que una buena parte de su clientela no entre a su tienda a comprar cosas. Ni pone letrerito donde invite a sus marchantes a usar el cubrebocas, ni nada. Esto también lo hace porque acabó muy afectado en las ventas y está endeudado por los efectos económicos de la primera ola de contagio y apenas y se iba recuperando… Si se pone gallito y les exige a sus clientes que si no hay cubrebocas se quedan sin servicio, pues de seguro va a tronar. Aunque su propia salud esté en riesgo. Con esta actitud, Don Dueño se la está jugando e incrementa las probabilidades de contagiarse y de que su negocio se convierta en foco de contagio. También perderá clientes como yo, pero eso parece tenerlo sin cuidado, al menos por el momento.

¿Qué hacer? Según yo, sí se puede hacer algo. Sí se puede cuidar la salud de uno y afectar la economía lo menos posible. Sí se puede ir a trabajar o a comprar cosas a la tiendita o al supermercado o al Palacio de Hierro, siempre y cuando se use el cubrebocas (bien puesto, por el amor del Supremo), se respete la sana distancia en la medida de lo posible y se lave uno las manos constantemente. Lo que no se podría hacer en la situación que se avecina es ir al cine o a conciertos o a pachangones apoteóticos o a visitar toda la familia extendida a los abuelos, a servicios religiosos atiborrados o asistir a eventos con grandes concentraciones de gente. Yo quiero ver cómo se pondrá esto en el puente Guadalupe-Reyes, con casi toda la República en semáforo más rojo que naranja. Tampoco se podría evitar el contagio al 100%, de ninguna manera, pero se puede reducir la tasa de contagio y por ende el número de muertes.

Sin una actitud seria por parte de las autoridades correspondientes, esto es, sin lineamientos coherentes y claros, (hoy por hoy algunas municipalidades adquieren una actitud mucho más seria que los gobiernos estatales o la federación a este respecto) la sociedad seguirá avanzando hacia atrás (recuerden que esto es México) toda desorientada y siempre en el top ten mundial de contagiados y muertos por Covid 19.

En lo que a mí respecta, ya no regreso a la tiendita de Don Dueño, al menos “hasta que se pase esto”. Tampoco regreso a la carnicería de Don Arcadio y su hijo Aarón, que me caen re-bien y su producto es de calidad, pero se niegan a usar cubrebocas; ni iré con El Poblano, otro Don Dueño de una tiendita en el barrio, que se ha convertido en el diseminador #1 de teorías conspiradoras por convicción propia, con tal de no usar cubrebocas. Ni con la doña de la tercera edad de las frutas y verduras, que ni siquiera se le ocurre que pedirle a sus clientes que usen el cubrebocas, lo cual le puede salvar la vida en un momento dado.

Todos estos personajes bien podrían cambiar de opinión en la dirección correcta si el gobierno mexicano fuese claro y coherente en sus lineamientos, incorporando las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, como la mayor parte de los países del planeta. Probablemente ahora haga las compras con lugares que ofrezcan entrega a domicilio gratuita, que cada vez hay más, por cierto.

Finalmente, no creo que el perro estornudador de la tiendita me haya contagiado, pero no tengo manera de saberlo. Ya veremos. Y no, los perritos no tienen la culpa, ni son responsables de nada. Al contrario, son muy lindos y listos. ¿Ya les platiqué que acabamos de adoptar a un perrito de tres meses que lo habían tirado en un basurero? Es café oscuro, muy contestatario y se llama Shaggyberto.