Justicia y fe – Homilía XXVII Domingo Ordinario

Comienzo la propuesta de reflexión para hoy con esto: La fe es la respuesta al amor de Dios; la justicia es la respuesta de amor al prójimo.

Estas son las lecturas para este domingo 27 del tiempo ordinario: Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; 2 Timoteo 1, 6-8.13-14; Lucas 17, 5-10.

La lectura del profeta Habacuc toca nuestra almas y nuestros sentidos porque actualmente vivimos ese hartazgo de violencia y destrucción; lo cual nos hace tener presente que los primeros versículos de capítulo de san Lucas que hoy nos ocupa hablan la advertencia acerca del escándalo hacia los pequeños y del perdonar siempre al ofensor, por eso los apóstoles creen que se necesita más fe para superar aquello. Y Jesús con la parábola de la mostaza habla del poder de la fe y del equilibrio que ha de haber entre juicio y gracia. No se trata de más fe sino de vivir con el poder que da la fe, aún cuando sea pequeña como la semilla de mostaza.

Enseguida comparto lo siguiente: Recién ordenado diácono trabajé en la prisión y ahí me di cuenta que había presos que purgaban culpas, pero también había inocentes que por culpa de los caciques de los pueblos estaban ahí. Organizando a varias personas se pagaba la fianza que era muy poca, lamentablemente, poco tiempo después por caciques los volvían a meter a la prisión con sus artimañas. Esto nos muestra cómo entre justicia y fe debe haber equilibrio.

La fe es un don que se recibe por pura gracia de Dios y consiste en creer fiel y firmemente en aquello que aún no vemos. Valga el siguiente ejemplo, un bebé en el vientre de su madre aún no la ve, incluso nacemos sin ver con claridad y dimensionalidad, es un sentido que va madurando paulatinamente, sin embargo ese bebé conoce a su madre y a su padre por la voz.

Justicia, dice, Ulpiano el jurista Romano: “Es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo es suyo”. Pero para la Biblia, justicia es “ajustarnos a la voluntad de Dios”. Y ¿cuál es la voluntad de Dios? Es que seamos felices, que nos realicemos en plenitud, pero lo impide el pecado que oferta falsas soluciones.

Por eso San Pablo en la lectura de hoy, en su segunda carta dice a Timoteo: “reaviva el don que recibiste por la imposición de mis manos”, imposición de las manos que no sólo se hace para la ordenación sacerdotal. También se imponen las manos para el sacramento de la reconciliación, de la confirmación y en la bendición nupcial.

Los discípulos tienen una fe insuficiente porque no han vivido la plenitud de la resurrección, hoy en día hay quien tiene en su conocimiento doctrinal la resurrección de Jesús pero viven como si fuera viernes santo en “un valle de lágrimas”, sin la alegría de la resurrección, sin el sentido de la fe que supera la adversidad y da frutos de justicia y de paz.

Amén, amén, Santísima Trinidad.

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