Fracking: la decisión que México ya no puede seguir postergando

enrique torres

Por: Enrique Torres Rivera

La política energética de un país no puede construirse sobre dogmas. Debe sustentarse en evidencia científica, análisis económico y una visión estratégica de largo plazo.

México enfrenta hoy una realidad ineludible: el país necesita más gas natural para sostener el crecimiento económico, abastecer a la industria y garantizar el suministro de electricidad.

Sin embargo, la producción nacional resulta insuficiente y nuestra dependencia de las importaciones, principalmente provenientes de Estados Unidos, continúa aumentando. Esta situación no surgió de la noche a la mañana.

México depende en aproximadamente un 70% a 75% del gas natural importado de Estados Unidos para satisfacer su consumo nacional. Esa dependencia ha venido aumentando durante la última década y hoy es una de las mayores vulnerabilidades energéticas del país.

Algunos datos relevantes:

* Entre 70% y 75% del gas natural que consume México proviene de EE. UU.

* Más del 60% de la electricidad en México se genera con gas natural, por lo que cualquier interrupción en el suministro estadounidense tendría un impacto inmediato en el sistema eléctrico nacional.

Esto explica por qué el debate sobre el fracking ha cobrado tanta relevancia. Si México desarrolla responsablemente sus recursos de gas no convencional, reduce el venteo y la quema de gas asociado en campos petroleros, y aumenta la producción nacional, podría disminuir gradualmente esa dependencia sin comprometer la seguridad energética.

Durante el sexenio anterior se cancelaron las rondas petroleras, se suspendieron nuevas asociaciones con empresas privadas y prácticamente se abandonó el desarrollo de proyectos en aguas profundas.

Estas decisiones respondieron más a una visión ideológica que a una evaluación integral de las necesidades energéticas del país. El resultado es evidente.

México produce cada vez menos hidrocarburos convencionales, mientras que la demanda de gas natural continúa creciendo.

Cerca del 60% de la electricidad del país se genera en centrales de ciclo combinado que utilizan gas natural como combustible, por lo que cualquier interrupción en el suministro representa un riesgo para la seguridad energética nacional.

Las aguas profundas siguen representando un enorme potencial para México. No obstante, desarrollar esos recursos implica inversiones de miles de millones de dólares, tecnología altamente especializada y horizontes de producción que normalmente requieren entre siete y diez años antes de generar resultados comerciales.

En contraste, los recursos no convencionales contenidos en lutitas (roca sólida, y conocidas en inglés como ‘shale’) pueden desarrollarse en tiempos considerablemente menores utilizando la fracturación hidráulica o fracking.

México posee uno de los mayores recursos técnicamente recuperables de gas de lutitas del mundo, concentrados principalmente en la Cuenca de Burgos y la Cuenca Tampico-Misantla, regiones cuya geología comparte características con la formación Eagle Ford de Texas, una de las más productivas de Norteamérica.

Es cierto que el fracking genera preocupaciones ambientales legítimas.

Sin embargo, también es cierto que la tecnología ha evolucionado significativamente durante las últimas dos décadas.

Hoy se emplean sistemas que reducen el consumo de agua por pozo, incrementan la reutilización de fluidos, mejoran el monitoreo de acuíferos, fortalecen la integridad de los pozos y disminuyen considerablemente los riesgos de contaminación cuando la actividad se desarrolla bajo regulaciones estrictas y supervisión técnica permanente.

Ninguna actividad extractiva está exenta de impactos ambientales. Tampoco la minería, la producción petrolera convencional o incluso la construcción de grandes presas hidroeléctricas. La verdadera discusión no consiste en elegir entre una actividad con riesgos y otra sin ellos; consiste en determinar cuáles riesgos pueden mitigarse mediante regulación, tecnología y vigilancia efectiva.

México necesita una política energética pragmática.

La transición hacia energías limpias continuará avanzando, pero durante las próximas décadas el gas natural seguirá siendo el combustible de transición más importante para garantizar electricidad confiable, competitividad industrial y estabilidad del sistema eléctrico.

El país dejó pasar una oportunidad valiosa al frenar la exploración de aguas profundas y desalentar inversiones internacionales que habrían fortalecido la producción nacional.

Hoy, frente a una creciente dependencia energética, resulta indispensable reabrir el debate sobre el fracking con base en datos, ciencia y visión de Estado.

La pregunta ya no es si el fracking es políticamente correcto. La verdadera pregunta es si México puede darse el lujo de seguir renunciando a recursos energéticos estratégicos mientras aumenta su dependencia del exterior.

Diez datos que ponen el debate en perspectiva:

1. México depende crecientemente del gas natural de Estados Unidos. En la última década las importaciones por gasoducto prácticamente se duplicaron, convirtiendo a México en el principal comprador del gas estadounidense.

2. Más del 60% de la electricidad del país se genera con gas natural, por lo que cualquier interrupción en el suministro afecta directamente la seguridad energética nacional.

3. La producción nacional de gas ha venido disminuyendo desde hace más de una década, mientras el consumo continúa creciendo.

4. Los proyectos en aguas profundas requieren enormes inversiones y normalmente tardan entre siete y diez años en comenzar a producir comercialmente.

5. México posee uno de los mayores potenciales de gas de lutitas (shale gas) del mundo, con recursos localizados principalmente en Burgos, Sabinas-Burro Picachos, Tampico-Misantla y Veracruz.

6. Estados Unidos transformó su seguridad energética gracias al fracking. La combinación de perforación horizontal y fracturación hidráulica convirtió formaciones como Eagle Ford y Permian en motores de producción de petróleo y gas.

7. La tecnología ha evolucionado significativamente. Hoy existen mejores sistemas para reducir el consumo de agua, reutilizar fluidos, monitorear acuíferos y mejorar la integridad de los pozos que hace dos décadas.

8. El verdadero debate no es fracking sí o no, sino si México puede desarrollar estos recursos bajo regulaciones ambientales estrictas, supervisión independiente y transparencia.

9. No desarrollar recursos propios también tiene costos. Una dependencia excesiva del gas importado expone al país a riesgos geopolíticos, interrupciones del suministro y volatilidad de precios.

10. La seguridad energética es un asunto de Estado. La transición hacia energías limpias continuará, pero durante las próximas décadas el gas natural seguirá siendo un combustible fundamental para mantener la competitividad de la industria y la estabilidad del sistema eléctrico.

Algunos aspectos que no puede ignorarse:

En cualquier decisión sobre el uso del fracking existe un elemento que exige la mayor atención: el manejo del flowback, es decir, el retorno a la superficie de los fluidos utilizados durante la fracturación hidráulica junto con agua de formación, sales, hidrocarburos y otros compuestos que requieren un tratamiento especializado.

La viabilidad del fracking no puede evaluarse únicamente desde la perspectiva energética o económica. La protección del medio ambiente debe ser una condición indispensable, con una regulación estricta, supervisión permanente, tecnologías de tratamiento de última generación y absoluta transparencia en la disposición final de esos residuos. El desarrollo energético del país no puede construirse a costa del deterioro de sus recursos naturales.

Al mismo tiempo, México debe replantear profundamente el papel de Pemex. Resulta contradictorio debatir la necesidad de producir más gas natural mientras diariamente se continúa quemando un volumen significativo de gas asociado en los campos petroleros. Ese gas, que hoy se desperdicia, representa una oportunidad inmediata para fortalecer el abasto nacional, reducir importaciones y disminuir emisiones contaminantes si se invierte oportunamente en infraestructura de captura, procesamiento, transporte y aprovechamiento.

El tiempo juega en contra de México. No se trata de elegir entre una alternativa u otra, sino de trabajar simultáneamente en todos los frentes: aprovechar el gas que hoy se desperdicia, modernizar a Pemex, fortalecer la infraestructura nacional y evaluar responsablemente el desarrollo de los recursos no convencionales bajo los más altos estándares ambientales. En materia energética, el tiempo también es dinero, y cada año de inacción incrementa la dependencia del país y el costo económico de las decisiones postergadas.

Consideraciones finales:

La verdadera discusión no debe centrarse en si el fracking es ideológicamente aceptable, sino en si México puede permitirse seguir dependiendo del gas producido mediante fracking, pero del otro lado de la frontera.

La seguridad energética no admite dogmas. México necesita debatir con base en evidencia científica, análisis económico y visión de Estado.

Posponer las decisiones estratégicas también tiene un costo, y ese costo termina pagándolo toda la sociedad.

Por ello, el Gobierno Federal, en esta discusión, parece estar tomando ya una decisión ante lo inminente de la situación que prevalece, y en la evaluación para explotar gas no convencional mediante fracking, se condicionará cualquier proyecto a la existencia de agua salada en el subsuelo.

Disponible en: Substack


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