La diáspora como activo, no como fuga

Ana Karina fernández

Ana Karina fernández

Por: Kary Fernández

Cada vez que escuchamos la palabra diáspora solemos imaginar despedidas en aeropuertos, familias divididas y países que pierden a su gente. Es una visión incompleta. Una diáspora también es una red internacional de talento, capital, consumo, conocimiento e influencia. La diferencia entre una tragedia económica y una ventaja competitiva rara vez está en el número de personas que se fueron. Está en la capacidad del país para seguir conectado con ellas.

Marruecos lo entendió antes que muchos.

Durante décadas, millones de marroquíes emigraron principalmente a España, Francia, Bélgica, Países Bajos e Italia. España, por cercanía geográfica, terminó convirtiéndose en uno de los principales destinos de esa movilidad humana. Muchos llegaron para trabajar en el campo, la construcción, el turismo y los servicios. Otros fundaron empresas, estudiaron, crecieron profesionalmente y formaron una nueva generación de ciudadanos con doble identidad cultural.

Durante años esa salida fue interpretada como una pérdida. Sin embargo, el tiempo terminó demostrando algo distinto. La diáspora marroquí comenzó a enviar remesas, invertir en vivienda, abrir empresas, importar productos de su país de origen y convertirse en un puente comercial permanente entre dos economías.

Lo interesante no es que enviaran dinero. Lo interesante es que nunca dejaron de pertenecer y ese detalle cambia completamente la ecuación económica.

Un migrante deja un territorio, pero no necesariamente abandona su mercado. Sigue comprando productos, promoviendo inversiones, generando contactos, recomendando proveedores y atrayendo turismo. En otras palabras, exporta influencia.

Ahí es donde México tiene mucho que aprender.

Millones de mexicanos viven en Estados Unidos. Durante décadas hemos hablado de ellos casi exclusivamente desde la perspectiva de las remesas. Claro que son fundamentales. Representan una de las principales fuentes de divisas del país y sostienen miles de comunidades. Pero reducir la diáspora mexicana al dinero que envía cada mes es desperdiciar el verdadero valor estratégico que posee.

La comunidad mexicana en Estados Unidos también controla empresas, participa en universidades, ocupa posiciones directivas, desarrolla tecnología, invierte en bienes raíces y forma parte de cadenas globales de suministro. Es una enorme red de inteligencia económica que pocas veces aprovechamos de manera organizada.

Y no es casualidad que las economías más sofisticadas diseñen políticas específicas para mantener cerca a quienes ya viven lejos.

Porque la distancia física no rompe el capital social.

La misma lógica aparece cuando observamos los movimientos migratorios provenientes de Centro y Sudamérica hacia México.

Durante mucho tiempo México fue visto principalmente como un país de origen de migrantes. Hoy también es un país receptor. Venezolanos, colombianos, argentinos, cubanos, hondureños, salvadoreños y personas de muchas otras nacionalidades han decidido establecer aquí empresas, consultorías, restaurantes, despachos, proyectos tecnológicos y nuevas inversiones.

Muchos llegaron huyendo de crisis políticas pero otros encontraron en México un mercado atractivo. Otros simplemente identificaron una mejor oportunidad para desarrollar su talento.

El patrón vuelve a repetirse y las personas migran, pero también migran sus conocimientos, sus redes de contacto, sus hábitos de consumo y su capacidad para crear riqueza.

La economía rara vez distingue entre un pasaporte y una buena idea.

Por eso las tres historias, Marruecos hacia España, México hacia Estados Unidos y Centro y Sudamérica hacia México, comparten un elemento que suele pasar desapercibido.

La diáspora nunca mueve únicamente personas sino mercados.

Cuando un marroquí abre un negocio en Madrid, probablemente compra productos marroquíes, emplea compatriotas, promueve inversiones cruzadas y mantiene relaciones comerciales con su país de origen.

Cuando un mexicano funda una empresa en Texas, genera clientes para proveedores mexicanos, recomienda talento nacional, facilita exportaciones y fortalece cadenas productivas entre ambos países.

Cuando un colombiano o un venezolano emprenden en Ciudad de México, también conectan economías, acercan inversionistas y crean nuevas oportunidades regionales.

La movilidad humana termina construyendo corredores económicos invisibles.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre estos tres casos.

Marruecos ha convertido buena parte de su diáspora en una política de Estado. Existen programas para fortalecer el vínculo con los marroquíes residentes en el extranjero, facilitar inversiones y mantener una identidad nacional activa.

México, en cambio, todavía suele reaccionar más que planear. Celebramos las remesas, pero aprovechamos poco el enorme potencial empresarial, tecnológico y diplomático de nuestros connacionales en el exterior.

Con Centro y Sudamérica ocurre algo similar. México ha recibido una enorme cantidad de talento extranjero, pero aún carecemos de una estrategia suficientemente articulada para transformar esa diversidad en una ventaja competitiva permanente y eso tiene un costo.

En un mundo donde el conocimiento pesa más que muchas materias primas, dejar ir talento sin conservar el vínculo significa perder oportunidades de innovación, inversión y crecimiento porque la globalización cambió las reglas y antes las personas emigraban y desaparecían del mapa económico nacional. Hoy siguen conectadas diariamente mediante plataformas digitales, inversiones internacionales, comercio electrónico y redes profesionales.

La diáspora dejó de ser una simple despedida.

Ahora es una extensión del territorio económico y es por eso que medir únicamente cuántas personas salen de un país resulta insuficiente. La verdadera pregunta debería ser otra.

Cuánto valor sigue generando esa persona para su país de origen?

Porque hay naciones que exportan talento y nunca vuelven a verlo pero existen otras que exportan talento, pero importan conocimiento, inversiones, innovación y prestigio gracias a ese mismo talento.

La diferencia está en la estrategia y mientras algunos gobiernos administran fronteras, otros administran relaciones. Mientras unos contabilizan migrantes, otros construyen comunidades globales.

Ahí reside la lección que comparten Marruecos, España, México, Estados Unidos y buena parte de América Latina.

La movilidad humana ya no debería analizarse exclusivamente desde el debate migratorio sino entenderse como una variable económica.

Cada profesional que cruza una frontera transporta consigo años de educación, experiencia, contactos y capacidad productiva. Ese capital intangible puede desaparecer para un país o multiplicarse mediante políticas inteligentes.

En una economía basada en datos, innovación y confianza, el recurso más valioso ya no es el petróleo, el litio ni el oro sino la GENTE .

Y cuando esa gente mantiene vínculos activos con su lugar de origen, la diáspora deja de ser una fuga para convertirse en una red internacional de influencia.

Quizá por eso el verdadero error no consiste en que las personas se marchen sino en que el país deje de buscarlas.

Porque las fronteras delimitan territorios pero las diásporas construyen mercados.

Y los países que entiendan esa diferencia competirán con millones de embajadores económicos repartidos por el mundo, mientras los demás seguirán viendo en cada migrante únicamente una ausencia, cuando en realidad también puede ser el inicio de una nueva forma de prosperidad.

 

Just saying.


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