La diáspora que México no ha entendido

DANIEL LEE

Por: Daniel Lee

Hay que decirlo, México ha normalizado la ausencia de millones de sus ciudadanos, convirtiendo la migración en una válvula de escape en lugar de una política de desarrollo

Los datos que ofrecen el Migration Policy Institute (MPI) y el U.S. Citizenship and Immigration Services (USCIS) ponen en perspectiva esto, y lo cierto es que deberían avergonzar a un país antes que enorgullecerlo.

Que más de 11 millones de mexicanos vivan hoy en Estados Unidos no es, por sí mismo, una historia de éxito; es la evidencia de una deuda histórica que México sigue sin querer saldar. Durante años nos acostumbramos a celebrar las remesas, a presumir que la comunidad mexicana es la más grande entre los inmigrantes en Estados Unidos y a repetir que nuestros paisanos son ejemplo de trabajo y resiliencia.

Todo eso es verdad, pero también profundamente insuficiente. Detrás de esos números existe una realidad incómoda: millones de personas no abandonaron su tierra por aventura, sino porque su país fue incapaz de ofrecerles condiciones para construir aquí el futuro que terminaron edificando allá.

Mientras México discutía sexenio tras sexenio cómo combatir la pobreza, la inseguridad o la falta de oportunidades, millones resolvieron el problema con los pies: cruzaron la frontera. Hoy esa diáspora alcanza 40.5 millones de personas de origen mexicano, una población equivalente a la de un país entero que trabaja, paga impuestos, emprende empresas, forma profesionistas y participa en la vida pública estadounidense.

Paradójicamente, el gobierno de Estados Unidos entiende mejor el peso económico y político de esa comunidad que el propio Estado mexicano. Aquí seguimos reduciendo a los migrantes a un monto de remesas o a una fotografía oficial cada vez que una crisis migratoria obliga a pronunciar discursos. La pregunta ya no debería ser cuántos mexicanos viven fuera del país, sino por qué México sigue actuando como si esa nación extendida más allá de sus fronteras no formara parte de su presente y de su futuro.

Lo verdaderamente preocupante no es que la población nacida en México haya comenzado a disminuir ligeramente en Estados Unidos después de su máximo histórico de 2007, ni siquiera el endurecimiento de las políticas migratorias que hoy amenazan a millones de familias.

Lo más grave es que México continúa sin construir una política de Estado hacia la mayor comunidad mexicana del mundo. Mientras otros países convierten a sus diásporas en motores de inversión, innovación, comercio, conocimiento e influencia internacional, aquí seguimos atrapados en una lógica asistencialista y reactiva.

Cinco millones y medio de mexicanos viven sin documentos; cientos de miles dependen de programas como DACA para no ser deportados; millones enfrentan redadas, incertidumbre y discriminación, y aun así sostienen sectores completos de la economía estadounidense y contribuyen decisivamente a la estabilidad económica de México.

No necesitan compasión; necesitan representación, instituciones que los defiendan y una visión nacional que deje de tratarlos como ciudadanos de segunda por haber cruzado una frontera. La migración ya no puede entenderse como un problema de política exterior ni como un asunto consular. Es un tema de desarrollo nacional, de derechos, de economía y de democracia.

México tiene más de 40 millones de razones para replantear su relación con su diáspora. La verdadera riqueza del país no está únicamente dentro de sus fronteras; también vive, trabaja, vota, emprende y sueña del otro lado. El día que el Estado mexicano comprenda que esa comunidad no es una ausencia, sino una extensión de la nación, habrá dado uno de los pasos más importantes para reconciliarse con una parte de sí mismo que lleva demasiado tiempo viviendo lejos de casa. O, usted ¿que opina?

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