BTS, cómo convertir fans en PIB

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20 DE NOVIEMBRE DE 2023. CIUDAD DE MEXICO. RETRATOS DE IRENE MUÑOZ PARA SU COLUMNA EN EL UNIVERSAL. FOTO: GERMAN ESPINOSA

Por: Irene Muñoz.

Mientras muchos países siguen discutiendo cómo atraer turistas con campañas tradicionales, Corea del Sur acaba de recordarle al mundo que la verdadera competencia global ya no está en los folletos, sino en la capacidad de generar deseo. El regreso de BTS no fue un lanzamiento musical, fue una operación económica de escala nacional.

El nuevo álbum ARIRANG y su concierto de regreso en Seúl, transmitido en vivo por Netflix, reunieron a más de 18 millones de espectadores globales en una sola noche. No es un dato menor, es la prueba de que Corea puede, desde una plaza pública, capturar la atención simultánea de decenas de países y convertirla en consumo, turismo e influencia. Ninguna oficina de promoción turística logra eso en una década.

Detrás del fenómeno hay cifras que explican por qué BTS dejó de ser una banda para convertirse en activo estratégico. Su nueva gira global podría generar más de 5,300 millones de dólares en derrama económica en las ciudades que visita, mientras que solo en boletaje se estiman ingresos cercanos a los 1,800 millones de dólares. En Corea del Sur, su regreso ya provocó aumentos inmediatos contando con ventas de mercancía que crecieron hasta 430% en tiendas duty free, retail con incrementos de hasta 48% y hoteles que multiplicaron tarifas ante la demanda anticipada.

Pero el verdadero impacto no está en los números inmediatos, sino en lo que BTS ha construido durante años, un puente emocional con el mundo que Corea supo convertir en política pública. Desde hace tiempo, se estima que el grupo aporta alrededor de 0.3% del Producto Interno Bruto (PIB) del país, una cifra extraordinaria para un fenómeno cultural. Más aún, uno de cada 13 turistas que llegan a Corea lo hacen motivados, directa o indirectamente, por BTS.

Eso no ocurre por accidente. Corea del Sur entendió antes que nadie que la cultura es infraestructura. Nombró a BTS y a sus miembros como embajadores del turismo, integró su imagen en campañas globales y alineó industria, gobierno y plataformas digitales para amplificar el alcance del fenómeno. El resultado es una estrategia donde la música no solo entretiene, posiciona ciudades, impulsa aerolíneas, llena hoteles, vende cosméticos y coloca al país en la conversación global.

Hoy, más del 30% de los turistas internacionales reconoce que su interés por Corea está vinculado a la ola coreana. Es decir, el K-pop dejó de ser un producto cultural para convertirse en un motor económico, y BTS es su expresión más poderosa.

Lo más relevante es que Corea no exporta canciones, exporta aspiración. Exporta la idea de una vida moderna, estética, vibrante, deseable. Exporta idioma, moda, gastronomía, valores. Exporta, en el fondo, un estilo de país; y eso tiene un valor incalculable en un mundo donde la percepción define decisiones de viaje, inversión y afinidad.

Mientras tanto, otros países siguen viendo la cultura como gasto y no como inversión. Siguen separando turismo de entretenimiento, economía de identidad, promoción de narrativa. Corea hizo exactamente lo contrario, integró todo en un solo ecosistema y lo convirtió en ventaja competitiva.

El regreso de BTS deja una lección incómoda, el PIB del futuro no solo se mide en manufactura o exportaciones industriales, sino en la capacidad de generar emoción a escala global. Corea del Sur lo entendió hace años y hoy cobra los dividendos.

Ante esto, la pregunta ya no es si otros países pueden replicarlo; el verdadero planteamiento es cuánto tiempo más van a seguir ignorándolo. Mientras otros convierten cultura en economía, emoción en influencia y entretenimiento en ventaja competitiva, seguimos sin entender que en esta nueva disputa global no gana el que más produce, sino el que más conecta, y el problema no es no haberlo entendido aún, el problema es descubrirlo cuando el liderazgo, la atención del mundo y las oportunidades… ya estén ocupadas por alguien más.

 

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