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En México, el político derrochador es una figura tan vieja como el eco de los pregones en Palacio Nacional. Antes fueron los priistas de charola de plata, los panistas de misa y yate, los gobernadores que convertían el erario en herencia de familia. Hoy, el rostro del despilfarro ha tomado otra tonalidad en la solapa: la guinda.

Morena, aquel movimiento que nació con el estandarte de la austeridad republicana, con la promesa de gobernar para los pobres y sin privilegios, se ve atrapado en la repetitiva trampa de los espejos dorados donde se reflejan aquellos que se convierten en lo que juraron combatir.

El país entero mira, incrédulo, cómo algunos de sus líderes viajan a paraísos de postales, se pasean en fastuosas fiestas con boletos de miles de pesos, lucen relojes que valen más que una casa en provincia con una vida propia de aquella aristocracia  neoliberal que sacaron del gobierno hace menos de una década.

La dirigencia de ese movimiento, advierte con voz cansada que si dañan al partido, el país pierde su alternativa. Pero las palabras, como ocurre siempre que hay resaca de placer, se evaporan antes de llegar al estómago. La presidenta del país mira el tablero y sabe que su propio gobierno, con todos los equilibrios técnicos que ha logrado construir, puede naufragar si la nave partidista se hunde por la vía del descrédito.

El problema no es solo moral: es electoral. A dos años de la gran cita de 2027, Morena enfrenta el riesgo de que su narrativa fundacional se rompa como una jarra de barro en el zócalo, que las bases se sientan traicionadas y la oposición encuentre en la opulencia oficialista el discurso que no supo inventar.

No basta con pedir mesura; el partido tendría que abrir sus cajones y mostrar, sin maquillaje, de dónde sale cada peso de esos lujos, corregir sus declaraciones patrimoniales, sancionar ejemplarmente a quien mienta, recuperar la coherencia con gestos concretos: renunciar a privilegios, donar lo que sobra y tratar de pisar tierra firme.

Porque si no lo hace, el guion de austeridad que le dio el triunfo se convertirá en comedia involuntaria. Y el ciudadano, ese que vota, que observa y que no olvida, no perdona las contradicciones inmediatas. Lo sabe la historia: los políticos mexicanos pueden gastar sin medida, pero el día que el pueblo siente que se ríen de él, la factura llega, y para eso no hay boleto VIP de retorno.

De ninguna manera podemos pensar que es el fin de los guindas, tienen poder político, estructuras electorales y clientelas políticas que será difícil que la estéril oposición pueda menguar, pero si no muestran una verdadera y legítima intención de rectificar, el germen de la ira nacional los irá corroyendo poco a poco, hasta que en 2030 sea el momento de las sorpresas y de los sorprendidos.