Por Liébano Sáenz
En el país se vive un respiro: el T-MEC alcanzó a blindarnos de las medidas punitivas que el presidente Trump impuso prácticamente a todos los países. La presidenta Sheinbaum ha sido reivindicada por la forma en que enfrentó la relación bilateral; frente a lo ocurrido con otros, México y Canadá salieron menos mal librados.
Sin embargo, el escenario futuro no es promisorio. Primero, porque hay aranceles que ya se aplican o se aplicarán, y aunque sean globales, afectan a sectores clave de la industria nacional. Segundo, porque avanza la determinación del gobierno norteamericano de relocalizar en su territorio la manufactura; algunas automotrices ya iniciaron el proceso, y una de ellas ha suspendido temporalmente actividades en México. Tercero, porque el acuerdo comercial ya fue calificado como injusto por Washington, lo que anticipa que su revisión se convierta, en los hechos, en renegociación.
La reacción negativa de los mercados, prácticamente en todo el mundo, representa una descalificación a la decisión de Trump. Incluso dentro de su gobierno se reconoce que habrá impacto inflacionario, aunque el mayor temor existente es el riesgo latente que la economía norteamericana se encamine hacia la recesión, lo cual plantea un escenario desastroso para todos, incluidos sus principales socios comerciales. Trump entonces podría verse obligado a matizar su postura en la negociación del acuerdo, pero sin abandonar su propósito de reducir el déficit comercial.
El alivio, aunque entendible, no debe traducirse en regocijo. El Plan México es una hoja de ruta deseable, pero imprecisa, porque abunda en acertados objetivos sin detallar los medios. Mucho de lo ahí propuesto queda comprometido por la precariedad fiscal y la baja inversión, factores que empeorarán si se reduce el crecimiento, como ya lo anticipó el propio gobierno.
La crisis ha fortalecido a la presidenta Sheinbaum; en el extranjero se le reconoce habilidad en el manejo de la situación. Bien por ella. Pero la incertidumbre no ha desaparecido, persiste para el país y los mexicanos. Lo que viene no sólo es inédito, sino adverso, y exige una postura razonablemente proactiva y, sobre todo, sentido de Estado. Es decir, una presidenta de todos los mexicanos, cuya causa sea la de México.