COVID-19: del egoísmo a la solidaridad

Israel

La reacción social frente a un fenómeno sanitario que impacta con virulencia diferentes regiones del planeta, proyecta lo peor de la naturaleza humana. Circulan historias en los medios de comunicación sobre el comportamiento de personas, colectivos y empresas ante la pandemia. Actitudes que tienen por fundamento el miedo y sus secuelas de egoísmo, exclusión y discriminación. La crisis económica prevaleciente, las devaluaciones monetarias y los anuncios de una inminente recesión global se suman a la incertidumbre por la pérdida de empleos, a la angustia por la obligatoriedad de la cuarentena y a la preocupación social por la expansión incontrolada del virus. Por si fuera poco, en el imaginario colectivo se radica la preocupación por la evidente escasez de estructuras hospitalarias, el desabasto de medicamentos y la manipulación de la información sobre el desarrollo de los contagios.

Así ha ocurrido en México con el anuncio de la operadora de restaurantes Alsea, administradora de importantes marcas, quien estableció un plan de salida para miles de sus trabajadores por 30 días sin goce de sueldo. Actitud censurable y poco solidaria que también han adoptado otras empresas, líneas aéreas, bancos e instituciones del más diverso tipo. Se conocen múltiples quejas de personas que dieron positivo al contagio del COVID-19 y que sufren marginación, discriminación, hostigamiento y rechazo social cuando sus vecinos, amigos o familiares se enteran de que son portadores de la enfermedad. El racismo y la xenofobia contra personas de otras nacionalidades, principalmente de China, Italia y España, así como de migrantes provenientes de países pobres, se manifiestan peligrosamente.

El egoísmo es una enfermedad social. Representa un comportamiento que privilegia los intereses individuales y no los colectivos. Se opone a la solidaridad enfatizando la idea de que las personas están motivadas por su propio interés. El egoísmo concede una importancia preponderante de sí mismo y de los propios juicios, sentimientos o deseos, sin interesarse por los demás. Durante siglos se consideró una actitud natural de la persona.

Numerosos pensadores han analizado las implicaciones sociales y políticas del egoísmo, como Thomas Hobbes, quien en su Leviatán (1651), niega todo tipo de altruismo natural en el individuo derivado de su rapacidad innata; Adam Smith que en su Teoría de los Sentimientos Morales (1759), lo concibe como una de las emociones fundamentales de las personas; Jeremy Bentham quien en su obra Introducción a los Principios de Moral y Legislación (1789), formuló la tesis del “amor de sí mismo” bajo la premisa: “¿por qué debería sacrificar mi felicidad por la mayor felicidad de otro?”, o Friedrich Nietzsche quien en Genealogía de la Moral (1887), lo concibe como parte del sentimiento aristocrático afirmando que el altruismo esconde un egoísmo sublimado. Más recientemente Richard Dawkings en su maravillosa obra: El Gen Egoísta. Las Bases Biológicas de Nuestra Conducta (1976), demostró que son los genes y no los individuos los agentes sobre los que opera la evolución, lo que explica las relaciones sociales, la agresión, el racismo e incluso, el conflicto generacional. Postula que nuestro ADN hace uso de nosotros creando un mundo salvaje de competencia con la única finalidad de prevalecer.

El egoísmo produce conflictos e intolerancias. La ética pública no tiene los medios del derecho, de la economía o de la persuasión, pero puede contribuir a disminuir el conflicto o incluso a evitarlo. Representa una de las vías para la reconstrucción de la solidaridad social que actualmente necesitamos con urgencia.

isidrohcisneros 

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