Por: Enrique Rodríguez Martínez / Latitud Megalópolis

Han comenzado las campañas políticas y con ellas la abrumadora tormenta de promesas de candidatos y partidos que buscan convencer a los electores rumbo a la elección del 6 de junio en que estarán en juego 20,415 cargos de elección popular a nivel federal y local.

La renovación de los 500 curules en la Cámara de Diputados, 15 gubernaturas y la totalidad de los cargos de ayuntamientos y alcaldías en 30 entidades del país, producirá un gasto de más de 9 mil 500 millones de pesos de dinero público, para posibilitar que 94 millones de potenciales electores decidan en las urnas el relevo y en algunos casos la continuidad de legisladores y gobernantes.

Como ocurre cada tres años, los partidos se acuerdan por necesidad de supervivencia de cuál debería ser el objetivo central de sus esfuerzos cotidianos.

Los candidatos salen a las calles y las plazas públicas movidos por intereses de grupo e incluso personales, no por una convicción real de mejorar las condiciones del país.

 

La clase política reciclada, camaleónica, convenenciera, incongruente, ambiciosa y utilitaria busca la permanencia de sus privilegios, la obtención de posiciones para negociar los temas prioritarios de la nación como fichas de cambio para sumar mayorías que ofrezcan rentabilidad a sus proyectos.

 

La política como búsqueda del bien común a través del diálogo y la construcción de acuerdos para fortalecer al Estado y sus instituciones en un clima democrático, es una aspiración inconclusa y lamentablemente irreal con la que se juega en el discurso para convencer, sin el compromiso real de cumplir lo que se ofrece.

 

Los partidos políticos, son para algunos rentables negocios en donde las cúpulas mandan y utilizan a sus bases como mercancía operacional.

 

¿Los peores se fueron del poder y llegaron los demócratas, liberales comprometidos con las mejores causas del país para llevarnos a una nueva transformación? No.

 

¿Se acabó la corrupción y la ineficacia gubernamental? No.

¿Somos un mejor país que en 2018? No.

¿Un Congreso federal con mayoría del nuevo partido de Estado ha marcado diferencia para darnos leyes que mejoren nuestros enormes rezagos y desigualdad cómo país? No.

¿Tenemos mejor seguridad, educación y salud? No.

¿Se acabó la violencia o al menos disminuyó? No.

¿Tenemos mejor crecimiento económico y somos más competitivos? No.

¿Se terminó la impunidad? No.

¿Se erradicaron los privilegios de los cercanos al Presidente y la austeridad se predica con el ejemplo? No.

¿Tenemos una mejor procuración e impartición de justicia? No.

¿Se combate con eficacia la pobreza y tenemos mejores oportunidades de empleo para nuestros jóvenes? No.

¿Tenemos una mejor perspectiva para la libertad de expresión y la tolerancia al disenso? No.

Si al responder estas preguntas, usted encontró al menos un sí, considero que es susceptible de comprar las desgastadas promesas de bienestar que le van a repetir hasta el hartazgo en las próximas semanas a través de las dos decenas de millones de spots de radio y TV.

Morena le dice que el país va muy bien y se consolida su cuarta transformación.

El PAN dice en sus spots “nos chingaron”.

Para el PRI, el protagonismo de Alejandro Moreno, su líder nacional, es tan desagradable como su ofrecimiento para dar pasos adelante. Una frase hueca, general y sin mayores compromisos.

Entre malos, muy malos y hasta ridículos podríamos catalogar los cientos de mensajes durante las campañas.

Es claro que desde un análisis no militante y desprendido de la ideología presidencial, el país no va bien.

Es justo decir que el contexto de la pandemia ha pulverizado la esperanza de mejores perspectivas, sin embargo las calificaciones para Morena rumbo a las elecciones intermedias son reprobatorias.

Promesas incumplidas de bienestar, una política energética regresiva, un sistema de salud desmantelado, una pandemia mal manejada con más de 200 mil muertos y la corrupción afianzada en las entrañas del gobierno y sus beneficiarios, dan un contexto que hace previsible el voto de castigo para el partido de AMLO, que pese a la pobreza de resultados mantiene elevados niveles de aprobación que tendrá su referéndum en las urnas dentro de 2 meses.

A pesar de la mezquindad generalizada de las opciones políticas, el ejercicio del voto ciudadano sigue siendo el mejor mecanismo que nos ofrece la democracia para calificar a nuestros gobernantes y renovar a los destinatarios del mandato ciudadano.

Por eso la autonomía del INE es un factor de equilibrio que debemos preservar e incluso defender.

El voto razonado puede evitar que quienes desgastan, descalifican y pretenden desaparecer a esta institución de nuestra democracia, no sean favorecidos por el respaldo de los electores que con su decisión pueden redireccionar la ruta del país.

EDICTOS

Para ejemplificar la pobreza de contenidos en las propuestas de los candidatos, basta encontrar ocurrencias tan mal logradas como la de Carlos Mayorga, candidato del Partido Encuentro Social (PES) a una diputación federal por Ciudad Juárez, a quien algún “genio” le sugirió arrancar su campaña desde un féretro con todo y carroza fúnebre allá en el zona fronteriza de Chihuahua. Sin duda ganó notoriedad para una campaña que nació muerta.

El suplicio de los 20 millones de spots