La palabra de un presidente

Joe Biden cuenta a Evan Osnos, quien en 2008 ganó el Premio Pulitzer por periodismo de investigación, que después de que Barack Obama juró como presidente habló con sus hijos.

 

Y les dijo “no me vuelvan a decir que las cosas nunca cambian”, pero que con la toma de posesión del presidente Trump se expuso la fragilidad de tal afirmación.

 

En la entrevista Biden comenta al periodista que, “me da vergüenza decirlo, pero pensé que podíamos derrotar al odio. No se puede. No se esconde”.

 

Y añadió que, “se mete debajo de las piedras, y luego, cuando le infunde vida cualquiera que tenga un poco de autoridad, sale con las garras en alto”.

 

“Lo que he observado, continúa Biden, es que las palabras de un presidente, por más malo que sea, importan”.

 

Y que estas “te pueden llevar a la guerra, pueden traer paz, pueden fortalecer los mercados o hacerlos fracasar. Pero también pueden darle vida al odio”.

 

El ahora presidente de Estados Unidos advierte sobre el poder que tienen las palabras de quienes gozan de una posición de autoridad.

 

Para Biden, Trump, con su autoridad presidencial pronunció palabras que despertaron el odio que estaba escondido. Lo hizo florecer.

 

Todas las palabras dicen, pero dicen más, se quiera o no, cuando las pronuncian las autoridades políticas o religiosas. Cuando estos las dicen, adquieren otro valor.

 

Hemos sido testigos como las palabras de Trump despertaron los demonios de los blancos que se sienten superiores, de los xenófobos y los racistas.

 

Y también hemos sido testigos como las palabras del presidente López Obrador polarizan a la sociedad mexicana y desatan el odio, de uno y otro lado, en las redes sociales.

 

Las palabras no son neutras dicen e invitan a seguir ciertos comportamientos y actitudes de parte de quienes las escuchan.

 

Entre más autoridad se tenga más capacidad de que la palabra influya. Se puede usar, para construir, pero también para destruir.

 

La historia muestra, para bien y para mal, las consecuencias del uso de la palabra de quienes detentan el poder político y religiosos.

 

Las y los hombres del poder deben cuidar lo que dicen y cómo lo dicen. Es parte fundamental de toda ética pública. El costo de la irresponsabilidad es enorme. Destruye los países.

 

Twitter: @RubenAguilar

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