La protesta desarrollada dentro del marco jurídico que nos rige y sin causar daños a terceros, es un derecho que todo mexicano tiene.

Este derecho se vio ultrajado hace unos días, cuando una protesta pacífica de estudiantes de bachillerato de la UNAM, fue interrumpida abruptamente por “porros”, quienes los atacaron con bombas caseras, piedras, palos y navajas.

Los porros se remontan a la década de los cuarenta, cuando la disputa por el control de la Universidad Autónoma de México (UNAM), echó mano de grupos de choque (orquestados según se dice, por las autoridades universitarias y el gobierno), con la finalidad de realizar o romper huelgas universitarias de manera violenta, persiguiendo ciertos intereses particulares.

Me parece increíble que hasta el día de hoy, perduren este tipo de actos vandálicos y que se distorsione el concepto de autonomía, dejando el orden público, fuera de la competencia de las autoridades federales.

Entiendo lo sucedido hace casi cincuenta años y la represión que vivieron los estudiantes que protestaron en ese entonces; no era la forma, pero no por ello se debe dejar pasar por alto este tipo de situaciones.

La UNAM es nuestra máxima casa de estudios, un espacio de conciencia, creatividad, pluralidad y libertad de expresión.

México reprobó enérgicamente lo sucedido y a pesar de las denuncias que interpuso la universidad ante la Procuraduría General de Justicia Capitalina (PGJCDMX) y de la República (PGR), en contra de quien resulte responsable, considero que en un momento de histórica impunidad como el que se vive hoy en México, es imperativo tomar cartas en el asunto y erradicar definitivamente este tipo de situaciones que frenan el progreso y evolución de nuestro país. ¡Fuera porros!

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