Los ritmos circadianos de los adolescentes se retrasan 3 horas sobre el del resto de personas, lo cual justificaría que se retrasara también el horario de la escuela. Eso redundaría en un mejor aprendizaje y salud, según un estudio realizado en Estados Unidos.

Arne Duncan, ministra de Educación estadounidense, tuiteó en 2013: “Dejad que los jóvenes duerman, y vayan más tarde a la escuela”. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Oxford (Reino Unido), Harvard Medical School y la Universidad de Nevada (EE.UU.) ha encontrado que las horas de comienzo de la escuela y la universidad actuales están dañando el aprendizaje y la salud de los estudiantes.

Basándose en las investigaciones de los últimos 30 años sobre el sueño, los autores concluyen que las horas de comienzo deben ser las 08:30 o más a los 10 años; 10:00 o más a los 16; y 11:00+ a los 18. Eso debería proteger a los estudiantes de la privación crónica del sueño, que está vinculada a problemas de aprendizaje y de salud.

Estas conclusiones, informa AlphaGalileo, surgen de una comprensión más profunda de los ritmos circadianos, más conocidos como el reloj del cuerpo, y los genes asociados con la regulación de este ciclo diario cada 24 horas.

Es en la adolescencia cuando se produce la disparidad entre los ritmos circadianos inherentes y la jornada de trabajo típica. Los ritmos circadianos determinan nuestras horas óptimas de trabajo y concentración, y en la adolescencia éstas cambian a casi 3 horas más tarde.

Se utilizaron estos cambios genéticos en los patrones de sueño para determinar los tiempos de comienzo de la escuela que optimizan el aprendizaje y la salud.

El Departamento de Salud de Estados Unidos también ha publicado recientemente un artículo a favor de cambiar las horas de inicio de la escuela entre los 11 y los 18 años.

Investigaciones anteriores, como ésta de la Universidad de Kentucky (EE.UU.), ya habían descubierto este fenómeno, especialmente entre los adolescentes de clase media-alta (los de clase baja sufren tantos factores que el del sueño es uno más). También el Bradley Hasbro Children’s Research Center, de Rhode Island (EE.UU.), descubrió ese mismo efecto.