* “Baila, baila, de otra manera estamos perdidos”: Pina Bausch

 

En la clasificación general de las actividades humanas, la danza popular urbana ocupa un lugar de excepción: es, para la mayoría, redentora y gratificante a un mismo tiempo, es fuente de goce estético y placer erótico también. Ayer y hoy bailar es necesario: nos abre caminos de comunicación con los demás.

 

Los poetas han dedicado al baile piezas de extraordinaria belleza: Paul Valéry escribió su diálogo socrático L’Âme et la danse(1921) y su ensayo Degas danse dessin(1936), en los que concibe el baile como una fiesta gratuita y liberadora del movimiento; yo recuerdo especialmente el elogio de Ramón López Velarde (1888-1921) a la danzarina española Antonia Mercé, La Argentina (1890-1936), de visita en México hacia principios del siglo XX; aquellos versos reverencian el arte de la dama, pero sobre todo describen el profundo deseo del poeta “por dormirse en la tersa amnistía de tu gloria”…

 

El baile es, a final de cuentas, expresión de cada uno, e identidad de quienes lo practican en conjunto. Eso pensé después de unos minutos de ver a las parejas que todas las semanas por la tarde llenan el patio de la ex Concha Acústica de la ciudad de Toluca, Estado de México, en el corazón de los conocidos Portales; una práctica social que se realiza también en algunos espacios públicos de otras ciudades de México. En el caso de Toluca, los participantes provienen de las colonias Sánchez, la Retama, Santa Bárbara, San Miguel Apinahuzco o Zopilocalco… Después de las cinco de la tarde, al ritmo de cumbia y cumbiamba, danzones y montunos, mujeres y hombres de cualquier edad se reúnen para enlazar sus manos y practicar vueltas de ronda amplia o en contrapunto, los más avezados, y para impulsar su corazón con la misma inercia… Miradas y ritmos, respiraciones y destrezas muestran el feelin’de un elegante paso señorial o una vuelta lenta en la que reinan la gracia y la fuerza de dos que trenzan, impecablemente, parsimonia y libídine.

 

Bailan sin detenerse, sudan, insisten o reinventan el paso, evitan mirarse a los ojos, buscan indefinidamente en la multitud que los observa en corro un rostro que admire, así sea desde la contenida tramoya del anonimato, su valentía de librar esta batalla íntima contra el sórdido egoísmo de nuestro tiempo… y salir victoriosos del encuentro.

 

Quizás el que baila es sólo “un corrector honorario de lo contrahecho y lo superfluo”, como escribió el poeta zacatecano en un ditirambo inmortal. Y aunque el encanto se extinga al final de cada pieza, para volver todos a la imperturbable distancia del respeto-por-la-pareja, prevalece en la soberana pista vespertina de Toluca el recuerdo del fuego de las almas que se han vuelto paralelas con sus cuerpos, y que con ello nos han regalado el perenne ejemplo de cómo vencer al son de coplas inmortales la indiferencia del aire, que a su quietud vuelva una vez que la tarde del baile espontáneo se extinga.

 

Ahí reside la fervorosa aspiración por ser feliz. Tal vez en eso pensó la inolvidable bailarina y coreógrafa alemana Pina Bausch (1940-2009) cuando dijo: “Baila, baila, de otra manera estamos perdidos”.

 

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