JESÚS TRANSFIGURADO

Homilía II domingo de cuaresma
Sacerdote Daniel Valdez García

Estamos celebrando litúrgicamente, subrayo litúrgicamente este segundo domingo de cuaresma, lo cual explicaré más adelante.

Tengamos en cuenta que las lecturas de este tiempo de preparación a la celebración de la Pascua son un camino con sentido bautismal y penitencial. Para lo cual escuchamos textos del Antiguo y del Nuevo testamento. Los primeros nos refieren las victorias de Dios llevando a su pueblo a la liberación de toda esclavitud y el evangelio nos acerca al camino de Jesús preparando a sus discípulos para ese final del escándalo de la cruz y la nunca explicada suficientemente resurrección. De tal manera que el resucitado es el crucificado. El crucificado es aquel que por su muerte era considerado maldito (Deuteronomio 21,23; Gálatas 3,13)2, pero en el plan de Dios es su Siervo sufriendo (Isaías 52 y 53). Tengamos en cuenta que el jueves inmediato al miércoles de ceniza el evangelio nos habló del primer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús que dejó confundidos a los discípulos de Jesús. Ahora escuchamos el bello relato de la transfiguración lleno de símbolos, antecedido por la lectura del libro del Génesis sobre el sacrifico inconcluso del hijo único de Abraham. No se nos dice ahora que Jesús anuncia por segunda vez su muerte a lo que Pedro reacciona enérgicamente y Jesús lo reprende. Vamos a centrarnos en la transfiguración.

En estas dos escasas semanas he vivido muy de cerca el dolor y el sufrimiento de dos mujeres cuya esperanza de vida estaba en cuenta regresiva. A una la casé y a la otra le bauticé a su criatura. Las vi llorar de impotencia y después de dicha indescriptible. Literal, las vi transfiguradas en el momento de vivir sus sacramentos. Las palabras no me alcanzan para describir esta obra que solo puede ser de Dios.

Comparto esta experiencia de vida porque ese es el sentido de la cuaresma y el relato de la transfiguración en este día, se trata de vivir la liturgia que santifica, de “recibir toda la gracia de Dios para que nos convirtamos” (oración sobre las ofrendas del viernes de la primera semana de cuaresma). Este camino cuaresmal está lleno de prácticas piadosas como la ceniza, el ayuno, el rezo del viacrucis, procesiones y muchas cosas más que solo disponen pero no dan la gracia de Dios. Nadie debe quedarse en la cuaresma ni en las prácticas piadosas sino llegar a vivir esa transfiguración de Dios en nuestras vidas. Y esto tiene grandes consecuencias en nuestra vida, por ejemplo, valorar y vivir el ayuno eucarístico que es litúrgico.

La cruz lleva a la resurrección es el grito de la transfiguración. No debemos quedarnos en el dolor y ni en la muerte.

Se trata pues de llegar al encuentro de Jesús reconocible, pero totalmente otro. Jesús acompañado de sus discípulos, de Moisés y de Elías, es decir de la Ley y los profetas. Él es el Hijo de Dios proclamado en su bautismo y confirmado en su divinidad en el monte Tabor. Este es el gran detalle de Dios para nosotros, se trata de transformar dando belleza y luminosidad, esta es la ayuda preciosa de la cuaresma camino a la pascua.

Ya estamos en el tiempo de la irrupción de Dios en nuestra vida, déjenos lo lúgubre y tenebroso, superemos lo meramente piadoso y hasta folclórico. Es necesario mirar a Dios de otra manera, ir con Jesús de la muerte a la resurrección. Comencemos por dar al evangelio el lugar que le corresponde; vayamos hasta los desamparados y vulnerables no importa que solo sean dos. Lo que no hagamos nadie más lo hará por nosotros porque para eso nos ha traído Jesús hasta la transfiguración, como lo hizo con Pedro, Santiago y Juan, para ser testigos de la transfiguración que él y solo él puede obrar en quien escucha al Padre celestial que nos dice: «este es mi Hijo amado, escúchenlo.» Pues sepan todos que esa transfiguración acontece en cada misa, en cada sacramento porque solo él tiene el poder para hacerse presente igual pero diferente. Y no basta con decirlo, hay que vivirlo y seremos testigos de su luminosa presencia.

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