¡Ah, Chihuahua!

El cártel de la corrupción, el más peligroso de todos.

Como cada semana, en nuestro resistente México se estrenan nuevas tragicomedias político-electorales, hay más escándalos de corrupción que Estado de derecho.

La filtrada lista de los beneficiarios de Panama y Paradise Papers parece lista de Forbes, los más ricos del mundo llevando sus recursos a paraísos fiscales; no siempre es delito, en algunos casos, es simulación o evasión fiscal, quizá algunos activos de ahí sean de servidores públicos y empresarios mexicanos, exgobernadores y particulares asociados para fines ilícitos. Otros, de delincuencia organizada.

Esa historia es sabida en nuestro país, la corrupción política tan arraigada en las entrañas del sistema, donde, como neurona en el sistema nervioso, emite ondas eléctricas a todas partes del cuerpo; sus reacciones impactan de manera certera en un objetivo: la multigeneración de dinero y favores.

Ojalá el problema de la corrupción fuera sólo en el norte del país, donde el gobernador Corral ha convocado a diversas figuras en torno a su movimiento contra la corrupción, pero no sólo es de Chihuahua el grito de alerta, es añejo, de décadas de saqueo y simulación fiscal y financiera, donde las administraciones públicas han abusado de manera insultante; donde los familiares de políticos ven al proletariado nacional sólo en National Geographic; en su realidad, es de ficción.

No es el hilo negro, es la oportunidad política electoral que se lee elemental contra el adversario partidista; mediatizar y polemizar sobre asuntos jurisdiccionales hacen que la gesta anticorrupción se convierta en instrumento político para golpear a los rivales del voto.

Pareciera una competencia para ver quién resulta más corrupto, no quién resuelve mejor una crisis presupuestal por el desvío de recursos públicos. El objetivo es contar con el mayor número de elementos para hacerlos valer ante un juez.

Las exhibiciones de músculo con opinólogos, políticos en desgracia, aspirantes a cargos públicos y contados intelectuales; además de multitudes perfectamente sentadas con asientos numerados y ordenados en plazas públicas, son como niños de escolta, ultraaliñados, con discursos de formato y campañas en redes sociales coordinadas por agencias especializadas, que sólo sirven para la foto de ocasión. No se espera de ello más que polémica mediática y balas de salva; en la lucha por el poder toda expresión se convoca en la pose y en el discurso, pero sin efectos legales; quedará para la hemeroteca, no para el antecedente jurisprudencial.

He tarareado los últimos años la canción del genial Joaquín Sabina: ¡Al ladrón, al ladrón! Que resume así: …ya no eres más que aquel carterista de guante blanco y alma de artista, los buenos tiempos no han de volver, que con la artrosis se te resiste más de un bolsillo, que cada bolso es una odisea, tú que tenías la más exclusiva clientela, en cada golpe dejabas sello de autor, los modales son esenciales para robar…

En el país, la poca vergüenza y el cinismo son suficientes para desfalcar miles de millones de pesos, dinero de la población; esos carteristas de Sabina no son de un solo régimen o gobierno, se sofisticaron al nivel de paralizar el ejercicio gubernamental, como toda conducta delictiva sin freno, son ahora profesionales, no ladronzuelos.

El cuello blanco tiene que ser redefinido. Lo he acuñado públicamente, el cártel de la corrupción es el más peligroso, goza de poder público y económico y de miembros que se enorgullecen de su impunidad y riqueza, vida pretenciosa que otros admiran como héroes de serie televisiva de moda, como de narcos.

El afán primordial debe ser no continuar devaluando la lucha anticorrupción real, que institucionalmente no ha comenzado, sería muy revelador ver cómo los miembros del Sistema Nacional Anticorrupción pudieran abordar, desde un discurso de Estado, un embrollo que involucra al gobierno federal, a un exgobernador en fuga, otro en pánico y a la sociedad civil. ¡Ah, Chihuahua!

@Ricar_peralta

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